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MAR ABIERTA

María Gudín  

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Fragmento

1
Oak Park

Santo Domingo, abril de 1655

A veces aún me despierto con el recuerdo del roble centenario en lo alto de la loma que desciende hacia el vado de las ovejas. Tras la loma se oculta Oak Park, la Casa del Roble. Siempre es el mismo recuerdo, reiterativo, y en él me veo corriendo hasta llegar al árbol que da nombre a la propiedad. Desde allí se divisa la gran mansión de piedra donde me crié y adonde quizá ya no retorne nunca más.

En el jardín posterior, junto a la casa, una figura, pequeña en lo lejano, me busca nerviosamente. Piers… Debe de estar pensando que una vez más me escabullo de las lecciones, que mademoiselle Maynard se enfadará y ordenará que me encierren en el cuarto oscuro en los sótanos, en el lugar donde se rumoreaba que se oían ruidos raros. Donde, aún hoy, se oculta un secreto atroz.

Entonces Piers me ve y agita las manos, indicándome que baje. No le hago caso. Mientras él sube por la colina, doy vueltas alrededor del tronco girando y girando como una peonza hasta que me mareo y caigo al suelo riéndome. De repente, Piers está junto a mí, enfadado y, pese a todo, sonriente.

En aquella época yo era aún una niña, pero el amor que me llenaba el corazón no es menor al que le tengo ahora, cuando ha transcurrido tanto tiempo sin verle. Últimamente su rostro se me ha ido desdibujando en la mente y quiero que vuelva, atraerlo de nuevo hacia mí.

Por entonces el sol que atravesaba las ramas del roble me parecía cálido, quizá porque él, Piers, estaba conmigo; sin embargo ahora, que vivo en un lejano y ardiente lugar del trópico, pienso en el verano de las tierras inglesas y reconozco que el sol de mi pasado era tibio, incluso frío.

Nunca hablo del ayer, que se me almacena en la memoria de un modo amargo y dulce a la vez. Llevo largo tiempo sin apenas pronunciar palabra. Sospechan que me he vuelto loca, que los ingleses, con quienes transcurrió mi infancia, me maltrataron o quizá me embrujaron. No es cierto, aunque no me importa que lo crean así. Piensan que no entiendo bien el habla hispana, de sonidos recios, la lengua que un día aprendí de mi madre. No la he olvidado, pero prefiero guardar silencio.

Desde que llegué aquí, al lugar donde vive mi tío, en la lejana isla de La Española, a menudo me encuentran ensimismada y, cuando me hablan, les respondo con monosílabos o con muy escasas palabras. Al principio mi tío hizo venir a físicos que me practicaban sangrías, y luego a monjes dominicos de capas negras que me echaban agua bendita intentando que el diablo —decían que un demonio me había poseído— me abandonase. En su preocupación, no ha mucho tiempo, mi señor tío, el excelentísimo don Juan Francisco de Montemayor y Córdoba de Cuenca, oidor decano de la Real Audiencia de Santo Domingo, incluso llegó a traer a un brujo de un poblado próximo, un mulato cubierto con una máscara que comenzó a dar saltos mientras golpeaba rítmicamente un pequeño tambor. Al ver el espectáculo me entró una risa absurda, que contuve unos momentos hasta explotar. Mi tío debió de confirmar con aquello sus sospechas sobre mi locura. Hizo salir al hombre y me habló seriamente pidiéndome que guardase la compostura. Cesó la risa loca y comencé a llorar.

Creo que fue doña Luisa Dávila quien sugirió que mis pesares terminarían si yo le relataba a una buena cristiana, como cree ser ella, lo ocurrido tiempo atrás en tierras inglesas, en esa nación descreída y cismática. Para lograr ese fin, comenzó a acosarme con preguntas y a obsequiarme con una oficiosidad importuna y ridícula. Cuanto más inquiría ella, tanto más me callaba yo; y es que la dama me provoca rechazo y cierta repulsión. Quizá me recuerda a Elizabeth Leigh, la elegante hermana de Piers, a quien no puedo menos que atribuir gran parte de nuestras desgracias. Así que mi tío, al notar que yo me encerraba aún más en mí misma, le pidió que me dejase tranquila. La entrometida de doña Luisa nos ofreció entonces a Josefina, una esclava negra con fama de sanadora, para que me cuidase e intentase curarme la locura.

Mi señor tío, a quien yo desconocía antes de llegar a la isla, dudó pero terminó por aceptar. No entendía entonces ni entiende ahora lo que me ocurre y no sabe bien qué hacer. Me doy cuenta de que a veces me mira pensativo: a esta sobrina de cuya existencia se enteró recientemente, a esta mujer joven herida por la pesadumbre de un pasado del que no quiero hablar porque me tortura.

Me gustaría realmente haber perdido el seso, ser una demente a la que los recuerdos se le han borrado de la memoria. En cambio me atormentan, tornan una y otra vez, como en una bruma, y hacen que permanezca callada. Ahora que he entrecerrado los ojos y comienzo a dormitar, en mis sueños hay sangre, gritos, fuego, el olor de carne y madera ardiendo, los soldados parlamentarios, los terribles Cabezas Redondas, entrando en Oak Park, quemando el parque y destrozando la casa de los Leigh. Una vez más, grito al despertarme.

Se han debido de escuchar mis quejidos. Golpean con suavidad la puerta y, sin esperar respuesta, entra Josefina, la criada negra. La oigo regañarme por lo bajo mientras cruza mi habitación:

—Señorita Catalina, esto no está bien. Las ventanas son para abrirlas…

Es cierto. En mi cuarto no penetra el sol porque no lo dejo pasar; me suele doler la cabeza y la luz brillante del trópico me molesta.

Pese a mis protestas, la negra descorre con energía los cortinones y una cálida brisa húmeda y la luminosidad del exterior inundan la estancia. A contraluz, se dibuja el contorno de Josefina con sus pechos voluminosos y su cabeza grande, leonina. Cuando se gira, dando la espalda a la ventana, me envuelve con su sonrisa de boca inmensa, labios gruesos y dientes mellados, y me mira con sus ojos joviales, sin pestañas pero de mirar dulce, de un color castaño tan oscuro que es casi negro. Se mueve balanceándose con gracia, como un lento y panzudo barco en una mar calma, como el navío que me trajo hasta aquí. Josefina se acerca a la cama sin parar de parlotear con su cadencia caribeña; yo la escucho sin hacerle mucho caso, aunque me hace gracia su forma de hablar, zalamera y amable.

Cuando doña Luisa la trajo a casa la recibí con prevención, la consideré una espía de nuestra oficiosa vecina, deseosa de enterarse de mi pasado. La sierva se dio cuenta de que yo no tenía confianza en ella; sin embargo, no se sintió intimidada y, como yo no le dirigía palabra, ella empezó a contarme su historia. Al principio no atendía, pero después lo que me iba relatando entró en mi mente: su infancia en una tribu de África, la captura, los horrores del barco negrero, la llegada a Cartagena de Indias y, de allí, a La Española. Lentamente creció en mí una cierta simpatía y me compadecí de un pasado perdido como el mío. Las primeras palabras que articulé en mucho tiempo fueron de consuelo hacia ella. Desde entonces empecé a hablar algo más. Mi señor tío, al ver el cambio, le pidió a doña Luisa que le vendiese a Josefina, a lo que ella se negó. La esclava es una excelente curandera y partera, y la distinguida dama se cobra buenos dineros por los servicios que presta. Sin embargo doña Luisa, que deseaba estar a bien con mi tío, no sólo oidor decano de la Audiencia sino también gobernador provisorio de Santo Domingo, nos la dejó como sirvienta a cambio de una pingüe compensación económica. Con frecuencia la negra de­saparece para realizar los encargos que le ordena doña Luisa.

Desde que está con nosotros, muchas tardes Josefina se sienta junto a mí y, mientras permanezco acostada, me acaricia la mano que pende de la cama. Nos quedamos así muchas horas. Yo tendida, mirando al techo de vigas de madera sin verlo, evocando Oak Park, mis juegos infantiles, el amor en los verdes ojos de Piers, la guerra que asoló la casa, y ella a mi lado, envolviendo mis dedos finos y blancos entre los suyos, gruesos y negros, quizá recordando las tierras africanas donde aún mora su familia. Cuando estamos así se me calma el dolor, la desesperación se transforma en una tristeza algo más serena.

Hoy Josefina no me pregunta qué me pasa. Habla de las novedades en la ciudad, de la llegada del nuevo gobernador y de la flota mientras me obliga a levantarme, me peina y me sienta en el gran sillón frailero. Canturrea cuando arregla la alcoba haciendo la cama, limpiando el polvo y fregando los suelos. Por el rabillo del ojo, vigila si estoy bien o necesito algo.

Afuera, sobre un arbusto, una cigua palmera desgrana su canto alegre. En el patio, una cotorra imita la voz de mando de mi tío. Al oírla sonrío y Josefina se alegra de ver aquel cambio.

Mientras la negra sigue trajinando, salgo a la galería porticada del primer piso a la que da mi habitación. Abajo en el patio los sirvientes entran y salen de las cuadras, con baldes de agua sucia que arrojan a los canalones del suelo de tierra. Al cabo de unos minutos de estar allí observándoles, ellos se dan cuenta de mi presencia y levantan los ojos, fijándolos en mí tal como se mira a las locas, con compasión a la vez que con recelo. Regreso a mi cuarto, donde Josefina ya casi ha acabado. Me asomo a la ventana, más allá fluye la caudalosa corriente azul del río Ozama, refulgente por la luz del sol y limitado a mi vista por las antiguas y gruesas fortificaciones donde se apoya la residencia de mi tío. Por él navega un galeón, aunque sobre la muralla únicamente se divisan sus mástiles y las velas semidesplegadas. Me abstraigo ante el sonido del puerto fluvial pero, para mí, en el mundo ya no hay nada, porque mi amor de infancia se perdió en las aguas de ese mar que parece ahora alegre y rutilante.

2
Las clases

Oak Park, verano de 1640

Me parece estar aún en la sala donde compartía estudios con las hermanas de Piers: Margaret y Ann Leigh. Recuerdo el ventanal de vidrio emplomado que abrían al llegar el buen tiempo y una brisa fresca moviendo las cortinas. Delante del mismo se situaba mademoiselle Maynard para explicar las lecciones con un acento inequívocamente francés. A menudo yo no la escuchaba; me distraía intentando divisar, a través del retazo de ventana, a Piers y a su hermano mayor, Thomas, quienes solían lograr que el señor Reynolds les permitiese terminar antes las clases para salir a galopar por los campos.

A la hora del almuerzo, nos reuníamos en un pequeño comedor cercano a la sala de estudios, donde comíamos con los tutores. Nos distribuíamos siempre de la misma manera: el preceptor de los chicos y nuestra institutriz frente a frente en el centro de la mesa, los chicos junto al señor Reynolds y las chicas junto a mademoiselle Maynard, dispuestos a ambos lados en orden de edad.

Como Piers y yo éramos los más pequeños nos sentábamos a uno de los extremos de la mesa. Nos dábamos patadas por debajo o nos hacíamos señas. Ann y Margaret, algo mayores que nosotros, ya no se sentían a gusto con nuestros juegos infantiles y nos mandaban callar o nos reñían diciéndonos que estuviésemos quietos. Piers discutía tanto con ellas como se compenetraba con Thomas. Para Piers, que entonces tenía doce años, éste era más que un amigo; había sido su compañero de juegos pero, en la época en que yo llegué a Oak Park, Thomas Leigh estaba a punto de marcharse para iniciar sus estudios de leyes en Oxford y, como se consideraba mayor, le hacía menos caso. A Piers no le quedó más remedio que aceptarme si no quería aburrirse solo. Los dos éramos inquietos, hechos —ahora lo veo bien y es como si un trozo de mí misma me faltase— el uno para el otro. Teníamos ese mismo punto de humor que hace que dos personas se entiendan casi sin hablar. Jugábamos a trepar a los árboles, a escondernos o a reírnos con cuentos e historias graciosas… De cuando en cuando leíamos juntos algún libro o nos peleábamos, y aquellas trifulcas constituían parte de la diversión. Algunas veces, sobre todo en las lecturas, se nos unía Ann, que le llevaba unos dos años a Piers pero que se consideraba ya una damita, y procuraba actuar con decoro y compostura; en realidad, aún era una niña y, cuando la institutriz no se hallaba presente, participaba de nuestros juegos alocados.

En mi mente se ha fijado Ann Leigh como era entonces, cuando llegué a Oak Park. Una jovencita de cabello rubio ceniza más bien oscuro, en el que a veces brillaban hilos de oro bajo el sol, con unos grandes ojos azules de pestañas claras y la nariz fina y alargada. Era tímida y le gustaban la vida sosegada, los largos paseos por el campo, las veladas leyendo junto al fuego en la biblioteca. La de la casa de los Leigh estaba bien surtida, y Ann tenía preferencia por Shakespeare y los poemas de amor de John Donne. A veces ella y yo nos sentábamos en la parte posterior de la casa, bajo un abeto desde donde se divisaban la magnífica silueta de Oak Park, las ruinas de la abadía cubiertas por musgo, el estanque y los jardines. Allí, me iba leyendo historias de las que, a menudo, se inventaba el final.

Margaret, un año mayor que Ann, era más viva y alegre. Tocaba muy bien el clavicordio, era hábil en las labores, y hablaba y hablaba mientras bordaba o cosía. Le encantaban los chismes y las habladurías, sobre todo de la corte, y lo único que le vi leer alguna vez eran los pasquines que conseguía a través de los criados o el preceptor de los chicos. Me parece escuchar aún su risa agradable y contagiosa ante cualquier anécdota o suceso que se comentase, captando siempre el aspecto cómico y divertido. Era una belleza escondida, que se descubría poco a poco, de piel blanca, ojos oscuros y cabello negro, un corte de cara ovalado y una nariz de suave curvatura aguileña.

Las dos hermanas disfrutaban con la música y la danz

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