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MAR DE MAñANA

Margaret Mazzantini  

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Fragmento

Farid y la gacela

 

Farid nunca ha visto el mar, nunca ha entrado en él.

Se lo ha imaginado muchas veces. Punteado de estrellas como la capa de un pachá. Tan azul como el muro azul de la ciudad muerta.

Ha buscado conchas fósiles enterradas hace millones de años, cuando el mar penetraba en el desierto. Ha perseguido los peces lagartija que nadan por debajo de la arena. Ha visto el lago salado y el lago amargo y los dromedarios color de plata avanzar como raídos barcos piratas. Vive en uno de los últimos oasis del Sáhara.

 

Sus antepasados pertenecían a una tribu de beduinos nómadas. Se detenían en los uadi, los lechos de los ríos cubiertos de vegetación, para montar allí sus tiendas. Las cabras pastaban, las mujeres cocinaban sobre las piedras ardientes. Jamás abandonaron el desierto. Sentían cierta desconfianza hacia la gente de la costa, mercaderes, corsarios. El desierto era su casa, abierta, ilimitada. Su mar de arena. Jaspeado por las dunas como la piel de un jaguar. No poseían nada. Tan solo huellas de pasos que la arena volvía a tapar. El sol movía las sombras. Estaban acostumbrados a resistir la sed, a desecarse como dátiles, sin morir. Un dromedario les abría camino, una larga sombra retorcida. Desaparecían en las dunas.

Somos invisibles para el mundo, pero no para Dios.

Se desplazaban con este pensamiento en el corazón.

En invierno, el viento del norte que atravesaba el océano de rocas volvía rígidos los barraganes de lana sobre los cuerpos, la piel se aferraba a los huesos, desangrada como la de cabra en los tambores. Antiguos maleficios caían del cielo. Las fallas de arena eran cuchillos, tocar el desierto significaba herirse.

Los viejos eran enterrados allí donde morían. Abandonados al silencio de la arena. Los beduinos volvían a ponerse en marcha, flecos de tela blancos e índigos.

 

En primavera nacían nuevas dunas, rosadas y pálidas. Vírgenes de arena.

El siroco ardiente se acercaba junto con el gemido ronco de un chacal. Pequeños bucles de viento cual espíritus en viaje pellizcaban la arena aquí y allá. Después, ráfagas rasantes, tan afiladas como cimitarras. Un ejército resucitado. En un instante, el desierto se elevaba y devoraba el cielo. Y ya no había fronteras con el más allá. Los beduinos se plegaban bajo el peso de la tormenta gris, se protegían contra los cuerpos de los animales puestos de rodillas, como bajo la costra de una antigua condena.

 

Más tarde se detuvieron. Construyeron una muralla de greda, y un pastizal cerrado. Había surcos de ruedas sobre la arena.

De vez en cuando, una c

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