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MARAVILLOSA REDENCIóN (LOS HERMANOS MADDOX 2)

Jamie McGuire  

4


Fragmento

Capítulo 1

El control era lo único real. Había aprendido desde muy pequeña que la planificación, el cálculo y la observación podían evitarnos la mayor parte de las cosas desagradables de la vida: riesgos innecesarios, desilusiones y, lo más importante de todo, que nos rompieran el corazón.

Sin embargo, planificar no era siempre fácil, y eso se había vuelto evidente en las tenues luces del bar Cutter’s.

La docena de signos de neón que colgaban de las paredes y el riel de débiles halógenos que a lo largo del techo iluminaban las botellas de alcohol detrás de la barra no eran sino un ligero consuelo. Todo lo demás volvía aún más evidente lo lejos que estaba de casa.

El bar céntrico, con la madera de granero reciclada que cubría las paredes y el pino blanco manchado de negro, había sido diseñado especialmente para parecer un tugurio, pero todo estaba demasiado limpio. La pintura no estaba saturada de un humo centenario ni las paredes susurraban historias de Capone o Dillinger.

Hacía dos horas que estaba sentada en el mismo taburete desde que había terminado de desembalar las cajas en mi nuevo apartamento. Había estado acomodando, tanto como había soportado mi paciencia, las cosas que conformaban quien yo era. Explorar el vecindario era mucho más atractivo, sobre todo en ese tibio aire nocturno, a pesar de tratarse del último día de febrero. Estaba experimentando mi nueva independencia y, como añadido, la libertad de que nadie reclamara un informe acerca de dónde me encontraba.

El almohadón del asiento que mantenía cálido con mis nalgas estaba forrado de cuero artificial naranja, y tras haberme bebido un porcentaje considerable del incentivo por traslado que el FBI había depositado tan generosamente en mi cuenta esa misma tarde, me las estaba ingeniando para seguir sentada sobre él lo más erguida posible.

El último de los cinco manhattan de la noche se había esfumado del vaso como por arte de magia, bajando por mi garganta como un fuego chisporroteante. El bourbon y el vermut sabían a soledad. Al menos eso me hacía sentir en casa. Mi casa, sin embargo, o lo que hasta el día anterior había sido mi casa, quedaba a miles de kilómetros de distancia, y cuanto más tiempo seguía ahí sentada en uno de los doce taburetes que bordeaban la barra curva del bar, más lejos me parecía.

Pero no estaba perdida. Era una fugitiva. En mi nuevo apartamento del quinto piso había pilas de cajas, cajas que había empaquetado con entusiasmo mientras mi exnovio, Jackson, permanecía con cara larga de pie en un rincón del diminuto piso de Chicago que compartíamos.

No quedarse mucho tiempo en el mismo destino era clave para subir los escalones jerárquicos del FBI y yo me había vuelto muy buena en ese juego en muy poco tiempo. Jackson se había mostrado impávido la primera vez que le dije que iban a trasladarme a San Diego. Incluso en el aeropuerto, justo antes de que me subiera al avión, me había jurado que lo nuestro todavía podía funcionar. A Jackson le costaba horrores dejar que algo se fuera. Había amenazado con amarme para siempre.

Mecí alegremente mi copa vacía delante de mí con una sonrisa expectante. El barman me ayudó a apoyarla ruidosamente sobre la barra, y luego me sirvió otro trago. La cáscara de naranja y la cereza bailaban lentamente entre el fondo y la superficie, como yo.

—Esta va a ser la última, cariño —dijo, mientras limpiaba la barra a los lados de mi copa.

—No te esmeres tanto. No doy buenas propinas.

—Como todos los federales —aseveró sin juzgar.

—¿Es tan obvio? —pregunté.

—Muchos viven por aquí. Todos habláis igual y os emborracháis la primera noche que estáis lejos de casa. No te preocupes. No tienes las letras FBI pintadas en la cara.

—Gracias al cielo —exclamé, alzando el vaso. No lo decía en serio. Amaba el FBI y todo lo que tuviera que ver con él. Incluso había amado a Jackson, que también era un agente federal.

—¿De dónde te han trasladado? —preguntó. Su pulóver negro de cuello en V demasiado ajustado, sus cuidadas cutículas y su cabello perfectamente peinado con gel delataban lo que fingía su seductora sonrisa.

—Chicago —dije.

Primero estiró hacia atrás los labios y después los frunció hasta parecer casi un pez, mientras abría mucho los ojos.

—Tendrías que estar celebrándolo.

—Supongo que no debería estar triste, a menos que se me acaben los lugares a los que huir. —Bebí un trago y me lamí los labios, degustando el ahumado ardor del bourbon.

—Oh. ¿Escapando de tu ex?

—En mi campo de trabajo, en realidad jamás escapas.

—Vaya. ¿También es agente federal? Donde se come no se caga, cariño.

Contorneé el borde del vaso con el dedo.

—En realidad no te preparan para eso.

—Lo sé. Ocurre muy a menudo. Lo veo todo el tiempo —dijo, meneando la cabeza, mientras lavaba algo en una pila llena de espuma detrás de la barra—. ¿Vives cerca?

Lo miré, desconfiando de cualquiera que pudiera olfatear a un agente e hiciera demasiadas preguntas.

—Que si vas a venir por aquí con frecuencia —aclaró.

Viendo adónde iba con su interrogatorio, asentí con la cabeza.

—Es probable.

—No te preocupes por la propina. Las mudanzas son caras, y también lo es emborracharse para olvidar lo que dejaste atrás. Tendrás tiempo de compensarlo más adelante.

Sus palabras hicieron que mis labios se curvaran hacia arriba como hacía meses que no lo hacían, aunque tal vez nadie hubiese podido notarlo, salvo yo.

—¿Cómo te llamas? —pregunté.

—Anthony.

—¿Alguien te llama Tony?

—No si quieren beber aquí.

—Tomo nota.

Anthony atendió a la única otra clienta que había en el bar en esa noche de lunes (o tal vez sería más correcto decir «esa madrugada de martes»). La mujer regordeta de mediana edad con ojos rojos hinchados llevaba un vestido negro. En ese momento, se abrió la puerta y un hombre de mi edad entró y se sentó a dos taburetes de donde yo estaba. Se aflojó la corbata y se desabotonó el cuello de la camisa blanca perfectamente planchada. Lanzó un vistazo en mi dirección y, en ese medio segundo, sus ojos avellana verdosos registraron todo lo que quería saber de mí. Después, apartó la mirada.

Mi móvil vibró en el bolsillo de mi chaqueta y lo saqué para mirar la pantalla. Era otro mensaje de texto de Jackson. Junto a su nombre, había un pequeño seis encerrado entre paréntesis que indicaba el número de mensajes que había enviado. Esa cifra atrapada entre paréntesis me recordó la última vez que Jackson me había tocado, durante un abrazo del que había logrado soltarme después de mucho insistirle.

Estaba a casi tres mil quinientos kilómetros de distancia de Jackson y todavía tenía la capacidad de hacerme sentir culpable, aunque no lo suficiente.

Apreté el botón lateral del móvil y oscurecí la pantalla, sin responder el mensaje. Después, alcé un dedo en dirección al barman, mientras terminaba de un solo trago lo que quedaba del sexto vaso.

Había encontrado el bar Cutter’s justo a la vuelta de mi nuevo apartamento en el centro de la ciudad, una zona de San Diego ubicada entre el aeropuerto y el zoológico. Mis colegas de Chicago estarían en ese momento usando las típicas parkas del FBI encima de sus chalecos antibalas mientras yo disfrutaba del clima más templado de lo habitual de San Diego vestida con un top sin tirantes, una chaqueta y unos vaqueros superajustados. Me sentía demasiado abrigada y un poco sudorosa. Claro que también podía ser por la cantidad de alcohol que había en mi organismo.

—Eres demasiado pequeña para estar en un lugar como este —dijo el hombre sentado a dos taburetes de distancia.

—¿Un lugar como qué? —preguntó Anthony, alzando una ceja, mientras amagaba con empuñar un vaso.

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