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MARAVILLOSO ERROR (LOS HERMANOS MADDOX 1)

Jamie McGuire  

5


Fragmento

Capítulo 1

Sus palabras quedaron suspendidas en la oscuridad entre su voz y la mía. Alguna vez en ese espacio yo había encontrado consuelo, pero desde hacía tres meses solo encontraba malestar. Había pasado a ser más bien un espacio muy cómodo para esconderse. No yo, sino él. Me dolían los dedos, así que dejé que se distendieran; no me había dado cuenta de la fuerza con que había estado sujetando el móvil.

Mi compañera de piso, Raegan, estaba sentada en mi cama con las piernas cruzadas, al lado de mi maleta abierta. No sé qué cara pondría yo, pero al verme me cogió la mano. «¿T. J.?», me preguntó solo moviendo los labios.

Asentí.

—¿Puedes decir algo, por favor? —preguntó T. J.

—¿Qué quieres que diga? Tengo la maleta hecha. Ya he pedido estos días de vacaciones. Hank le ha pasado a Jorie mis turnos.

—Me siento como un completo gilipollas. Ojalá no tuviera que irme. Pero ya te lo advertí, cuando tengo entre manos un proyecto me pueden pedir que vaya en cualquier momento. Si necesitas que te eche un cable con el alquiler o lo que sea…

—No quiero tu dinero —repuse, frotándome los ojos.

—Creí que sería un buen fin de semana. Te lo juro.

—Y yo creía que estaría subiéndome a un avión mañana por la mañana y, en vez de eso, me llamas para decirme que no puedo ir. Otra vez.

—Sé que esto parece una jugarreta. Te prometo que les dije que tenía planes importantes. Pero cuando surgen temas, Cami… Tengo que hacer mi trabajo.

Me enjugué una lágrima de la mejilla, pero no quise que me oyera llorar. Me controlé para que no se me notara la voz temblorosa.

—¿Vendrás a casa por Acción de Gracias, entonces?

Suspiró.

—Quiero ir. Pero no sé si podré. Dependerá de si dejamos esto bien atado. Te echo de menos. Mucho. A mí tampoco me gusta esto.

—¿Alguna vez tu agenda cambiará para mejor? —pregunté. Tardó en contestar más de lo que hubiera debido.

—¿Y si te digo que probablemente no?

Levanté las cejas. Esperaba esa respuesta, pero no me esperaba que él fuese a ser así de… sincero.

—Lo siento —dijo. Me lo imaginé haciendo una mueca de sufrimiento—. Acabo de llegar al aeropuerto. Tengo que colgar.

—Ya, vale. Hablamos luego. —Obligué a mi voz a permanecer neutra. No quería que me oyese disgustada. No quería que pensase que era débil o que me podían las emociones. Él era fuerte, independiente y hacía lo que le tocaba hacer sin quejarse. Yo intentaba ser así para él. Ponerme a gimotear por algo que no dependía de él no habría sido de ninguna ayuda.

Volvió a suspirar.

—Sé que no me crees, pero te amo.

—Te creo —dije yo, y lo decía en serio.

Pulsé el botón rojo de la pantalla y dejé que el teléfono cayese encima de la cama.

Raegan se había puesto ya en modo control de daños.

—¿Le han llamado de su trabajo?

Asentí.

—Bueno, vale, tal vez deberíais ser un poco más espontáneos. Tal vez deberías simplemente presentarte allí y, si le llaman mientras estás con él, pues esperar a que vuelva. Y a su vuelta, retomarlo donde lo habíais dejado.

—Tal vez sí.

Me apretó la mano.

—¿O a lo mejor es un imbécil que debería dejar de poner su trabajo por delante ti?

Negué con la cabeza.

—Se ha dejado la piel para conseguir el puesto que tiene.

—Si ni siquiera sabes qué puesto es.

—Ya te lo dije. Trabaja de lo que ha estudiado. Se ha especializado en análisis y reconfiguración de datos, sea lo que sea eso.

Me lanzó una mirada recelosa.

—Sí, claro, también me dijiste que lo mantuviera en secreto. Lo cual me hace pensar que no te está contando toda la verdad.

Me levanté y, volcando la maleta, derramé en mi colcha todo lo que contenía. Normalmente solo hacía la cama cuando preparaba la maleta, por lo que ahora podía ver la tela azul claro de la colcha, con el dibujo de unos tentáculos de pulpo de color azul marino cruzándola de un lado a otro. T. J. la aborrecía, pero a mí me hacía sentir como si estuvieran abrazándome mientras dormía. Mi habitación estaba compuesta por cosas dispares y raras. Pero, en fin, así era yo.

Raegan rebuscó entre la ropa revuelta y cogió en alto un top negro con los hombros y la parte delantera estratégicamente rasgados.

—Las dos tenemos la noche libre. Deberíamos salir. Que nos sirvan unas copas a nosotras, para variar.

Le arrebaté la camiseta y la inspeccioné mientras meditaba sobre la sugerencia de Raegan.

—Pues tienes razón. Deberíamos salir. ¿Cogemos tu coche, o el Pitufo?

Raegan se encogió de hombros.

—Estoy casi sin gota y hasta mañana no nos pagan.

—Entonces va a ser el Pitufo, parece.

Tras una visita fugaz al cuarto de baño, Raegan y yo nos montamos en mi Jeep CJ tuneado de color azul claro. No estaba en óptimas condiciones pero en algún momento alguien había tenido la suficiente visión y el suficiente amor por él para transformarlo en un híbrido de Jeep y camioneta. No le había tenido el mismo cariño el chaval malcriado que había sido su propietario entre aquel dueño y yo, un universitario que había dejado los estudios a medias. El relleno de los asientos asomaba aquí y allá donde el cuero negro de la tapicería se había roto, la moqueta tenía agujeros de cigarrillos y manchas, y el techo duro pedía a gritos que lo cambiaran. Pero esa falta de cuidados se tradujo en que pude comprarlo al contado, y un coche ya pagado era el mejor tipo de coche que se podía tener.

Me abroché el cinturón de seguridad y metí la llave en el contacto.

—¿Debería ponerme a rezar? —preguntó Raegan.

Giré la llave y el Pitufo hizo un ruido ahogado que daba pena. Primero torpedeó, pero a continuación ronroneó y las dos dimos palmas. Mis padres habían sacado adelante a sus cuatro hijos con el sueldo de un peón de fábrica. Jamás les pedí que me ayudasen a comprarme un coche. Al contrario, con quince años conseguí trabajo en la heladería del barrio y ahorré 557,11 dólares. El Pitufo no era el coche con el que soñaba de pequeña, pero con 550 pavos compré mi independencia y eso no tenía precio.

Veinte minutos más tarde Raegan y yo estábamos en la otra punta de la ciudad y cruzábamos muy ufanas la explanada de gravilla del Red Door, con andares lentos, acompasados, como si nos estuviesen grabando mientras sonaba de fondo una música superchula.

Kody estaba plantado en la entrada. Sus brazos hercúleos debían de ser tan anchos como mi cabeza. Nos miró atentamente mientras nos acercábamos.

—Carnés.

—¡Vete al cuerno! —le soltó Raegan—. Si trabajamos aquí. Tú sabes la edad que tenemos.

Él se encogió de hombros.

—Aun así tengo que ver vuestros carnés.

Miré a Raegan con el ceño fruncido y ella puso los ojos en blanco y se metió la mano en el bolsillo trasero.

—Si a estas alturas no sabes cuántos años tengo, vamos mal.

—Venga, Raegan. Deja de tocarme las pelotas y enséñame el maldito chisme.

—La última vez que te enseñé algo dejaste de llamarme en tres días.

Él hizo una mueca de dolor.

—¿Es que no lo vas a superar nunca?

Ella le lanzó el carné a Kody y él lo atrapó contra los pectorales. Lo miró y se lo devolvió, y entonces me miró a mí con cara expectante. Le pasé mi carné de conducir.

—Creí que te ibas unos días —dijo en tono de pregunta mientras le echaba un vistazo a mi carné de plástico, tras lo cual me lo devolvió.

—Es una larga historia —respondí guardándomelo en el bolsillo trasero. Los vaqueros eran tan ajustados que me alucinó poder meter algo ahí detrás, aparte de mi trasero.

Kody abrió la enorme puerta roja y Raegan sonrió con dulzura.

—Gracias, encanto.

—Te quiero. Sé buena.

—Yo siempre soy buena —replicó ella, guiñándole un ojo.

—¿Nos vemos cuando salga de trabajar?

—Mmm, sí. —Me empujó para que entrase.

—Qué pareja más rara sois —comenté, hablando a g

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