Loading...

MARGARITAS OLVIDADAS (CORAZONES EN MANHATTAN 6)

Camilla Mora  

0


Fragmento

Capítulo 1

Phyllis estaba encerrada en el cubículo del cuarto de baño del bar. Había visto como Robbie se dirigía hacia allí, por lo que se había adelantado y escondido dentro. ¿Por qué aún no había entrado? Espiaba por una rendija que dejaba la puerta hacia el interior del baño, pero solo había una lamparita que funcionaba e iluminaba el extremo opuesto del lugar; el resto se encontraba en una oscuridad abrumadora. Sus manos temblaban y su corazón latía a un ritmo enloquecido. La ansiedad amenazaba con tragársela entera. Un ruido al abrirse la puerta la sacó de su ensimismamiento y de las tantas dudas que poblaban su mente. Espió. ¡Era él! O, al menos, eso parecía por su contextura y sus hombros anchos, porque la negrura ocultaba sus facciones.

En cuanto pasó por la entrada de su cubículo, lo aferró del brazo y lo atrajo hacia adentro. Cerró la puerta tras él, pero ya era tarde para percatarse de su error.

—Bien, nena. No era lo que tenía pensado, pero nunca he dicho que no a un postre delicioso.

Y antes de que Phillys pudiera decir nada para detenerlo, el hombre atacó su boca, quitándole toda posibilidad de pronunciar alguna palabra en protesta. Cuando las manos masculinas la tomaron por la espalda y la pegaron a su cuerpo, el terror la invadió. Acariciaba su columna hasta el nacimiento de su cuero cabelludo y temió que no pudiera detenerlo si quería algo más allá de sus labios. Con fuerza y pánico, forcejeó y empujó los hombros hasta lograr que se despegara de ella.

—No… —jadeó, y el miedo se apoderó de su interior—. ¡No, no!

Él se apartó de ella, pero sin soltarla del todo. Estaban tan cerca que Phyllis pudo notar su ceño fruncido y la confusión en sus ojos, que creían que eran marrones, pero no podía asegurarlo.

—Hey, tranquila. —Él le acarició la barbilla con el revés de sus dedos—. Tú me atrajiste aquí, yo solo venía a vaciar mi vejiga. —Le sonrió de una manera picaresca que poco hizo por tranquilizarla.

—Lo siento, es que me confundí de persona —dijo Phyllis de forma atropellada.

—Oh, ya veo. No soy el hombre que esperabas. —Phyllis sacudió la cabeza de un lado al otro en negativa—. Bien. —Él sostuvo sus manos en alto y se alejó de ella lo que le permitió la estrechez del pequeño espacio, y ella soltó un suspiro de puro alivio—. Envidió al tipo, no te voy a mentir, preciosa. —El extraño se encogió de hombros, le sonrió de nuevo y le guiñó un ojo antes de salir del cubículo y meterse en el de junto.

Phyllis salió disparada del baño antes de escuchar cómo el hombre orinaba.

Fred salió del cuarto de baño y, al caminar por el corredor que lo llevaba al salón del bar, escuchó como una pareja discutía. Al posar los ojos sobre ellos, se percató de que la mujer no era otra que la que lo había asaltado en el cuarto de baño. Era preciosa, con un cabello rubio ondulado que le daba un aire de princesa. Se dejó seducir por tan hermosa visión, dado que poco había podido admirarla en plena oscuridad.

—¿Es que no entiendes que ya no siento nada por ti? ¿Que tengo ahora una mujer que se preocupa por los kilos en sus caderas?

Vaya, el tipo era un h.d.p. al completo. Fred no podía salir de su asombro. La mujer tenía un cuerpo que se podría decir que no era flaco, pero tampoco la tildaría de gorda, sino normal. Con curvas un poco más amplias de lo acostumbrado por la norma que establecía la moda, pero a él lo había encandilado. Además, tenía un aire de inocencia con aquella vestimenta tan fuera de lugar en un bar en la noche, que no creía que fuera una joven que mereciese tales palabras tan hirientes.

No pudo menos que hacer un paneo por el cuerpo voluptuoso de la rubia. Tenía una delantera contundente y un trasero que nada tendría que envidiarle a Kim Kardashian, claro que ella era más rellenita en otros sitios también, pero eso no la hacía menos atractiva. Vestía un vestido azul oscuro hasta las rodillas, con gatitos coral desperdigados por toda la tela, y unos zapatos rojos planos. El que fueran rojos decía que era atrevida, pero sin tacos daba la impresión de cierta inocencia. Parecía una pequeña niña a la que le daban una reprimenda.

—Deja de perseguirme —prosiguió el hombre—, ya no hay nada de ti que me atraiga.

Algo muy parecido a un enfado, como un volcán en actividad, se prendió dentro de él y tuvo que hacer un esfuerzo por contenerse y no presentarse frente al tipejo y borrarle sus palabras de un golpe.

—Pero…, Robert —sollozó la joven rubia de mejillas sonrosadas, y Fred no pudo soportarlo.

Se aproximó a la pareja en un segundo ante la atenta mirada de los grupos a su alrededor, a los que la discusión no les había pasado desapercibida y atendían a la espera de un buen espectáculo.

—Nena, cariño —le pasó un brazo por los hombros y la atrajo a su costado—, gracias por esperarme. No logro separarme de ti ni medio segundo. —Le acarició la mejilla con la nariz y le sonrió, no obstante, ella parecía petrificada y no era para menos después de lo que acababa de ocurrir entre ellos en un espacio tan reducido que se podría haber comparado con una lata de sardinas—. Mucho gusto, Frederick Lahr, novio de esta preciosura. —Tendió su mano al idiota que lo miraba con los ojos abiertos como platos, sin soltar a la joven.

—Eh…, Robert Johnson, su exnovio.

Ex,

Sigue leyendo y recibe antes que nadie historias como ésta