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MARIANELA

Benito Pérez Galdós  

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Fragmento

INTRODUCCIÓN

1. EL CONTEXTO POLÍTICO-SOCIAL DE LA ÉPOCA

El siglo XIX es un período fundamental en la formación europea, y Galdós, como Balzac o Dickens, se convierte en testigo excepcional de los cambios de esta época. Dos grandes corrientes literarias jalonan el siglo XIX: el Romanticismo en la primera mitad de la centuria y el Realismo-Naturalismo en la segunda, el cual se inicia en Francia a partir de la década de 1870, mientras que en España la aplicación de los principios de tal escuela, como veremos más adelante, sólo adquirirá carta de naturaleza a partir de 1880.

En cuanto al ámbito político-social, la segunda mitad del siglo XIX se caracteriza en Europa por un creciente proceso de industrialización del que se derivarán dos elementos definitorios del período: el auge de la clase burguesa, que consolida su poder e impone sus gustos en el arte, la literatura, la moda y las costumbres, y el progresivo desarrollo de los movimientos proletarios, que se van fortaleciendo tras la Revolución de 1848, el mismo año en que se publica El manifiesto comunista de Marx y Engels.

En el terreno filosófico se produce el desarrollo del positivismo de Comte, que, frente al idealismo, defendía la experiencia y los hechos comprobables como base del conocimiento. En paralelo a esta corriente filosófica, en las ciencias alcanza un gran prestigio el método experimental de la mano de Claude Bernard, autor de la Introduction à l’étude de la médecine experimentale (1859), y la teoría de la evolución de Darwin, recogida en The Origin of Species (1859) y The Descent of Man (1871), así como el descubrimiento de las leyes de la herencia de Mendel.

La literatura, como no podía ser de otra manera, se hará eco de todas estas transformaciones sociales, científicas y filosóficas a través de las dos grandes corrientes que caracterizan este período histórico, el Realismo y el Naturalismo, las cuales se desarrollarán fundamentalmente en la novela y en menor medida en el teatro.

La sociedad española de la segunda mitad del siglo XIX experimenta todos estos cambios sociales con cierto retraso y lentitud, debido, en parte, a la inestabilidad política que caracteriza toda la centuria con frecuentes cambios de gobierno, pronunciamientos militares, guerras, etc., y que no favorece un desarrollo organizado y fecundo ni en el aspecto político-social ni en el ámbito cultural.

Entre los sucesos destacables de esta época en que se inscribe la producción galdosiana (1870-1920), es preciso mencionar la Revolución de Septiembre del 68, llamada también «La Gloriosa», que supuso el ascenso de la burguesía al poder y la caída de Isabel II para dar paso al Sexenio revolucionario (1868-1874), el cual no consiguió consolidar un orden social estable. Fracasan tanto el efímero intento de una monarquía constitucional, encarnada en la figura de Amadeo de Saboya, como las esperanzas de cambio depositadas en la Primera República (1873). Ésta termina en 1874 con el golpe de Estado del general Pavía y, a finales de ese mismo año, el pronunciamiento de Martínez Campos favorecerá el retorno de Alfonso XII. La Restauración monárquica dará pie a un sistema pacífico de partidos que se turnan en el poder: los conservadores — con Cánovas del Castillo al frente— y los liberales — liderados por Práxedes Mateo Sagasta—. Este sistema se sustentaba en una estructura oligárquica y caciquil, especialmente efectiva en los medios rurales, donde el cacique controlaba u orientaba el voto de los electores de su demarcación.

La cultura será el fiel reflejo de esta realidad político-social. De este modo, puede considerarse que los escritores se dividen en dos bandos. Por una parte, el de aquellos que representan el ala tradicionalista, conservadora y católica, reacia a los cambios sociales y a las innovaciones científicas que llegaban de Europa. Tal es el caso de personalidades como Jaime Balmes, Donoso Cortés y Marcelino Menéndez Pelayo; y también, en buena medida, de Pereda y el último Alarcón. Por otra parte, el de aquellos que simbolizan el pensamiento liberal influenciados por el krausismo, introducido en España por don Julián Sanz del Río y difundido por sus discípulos desde las cátedras universitarias. Entre estos últimos destaca la figura de Francisco Giner de los Ríos, fundador de la Institución Libre de Enseñanza, quien defendía una educación liberal, laica y europeísta basada en un compromiso ético y estético, y que ejercería una profunda influencia sobre los novelistas más importantes del período: Galdós y Clarín.

La novela realista hace de la observación y el estudio de la realidad cercana al escritor su tema fundamental. La descripción minuciosa se convierte en el arma esencial del novelista para reflejar tanto el aspecto social, la descripción del medioambiente y las costumbres, como el aspecto psicológico, el estudio de los caracteres de los personajes.

Junto a las obras de los grandes novelistas realistas europeos, entre las que destacan Le rouge et le noir (1830), de Stendhal, Père Goriot (1833) y Eugénie Grandet (1835), de Balzac, o Madame Bovary (1856), de Flaubert, en Francia; Oliver Twist (por entregas entre 1837 y 1839), de Dickens, en Inglaterra; y los grandes novelistas rusos como Dostoievski, con Crimen y castigo (1866), y Tolstói, con Guerra y paz (1869) y Anna Karenina (1877); debemos situar la fecunda obra narrativa de Galdós con títulos tan significativos para el desarrollo de la novela realista decimonónica como Doña Perfecta (1876), Marianela (1878), La desheredada (1881), El amigo Manso (1882), Tormento (1884), Fortunata y Jacinta (1887), Miau (1888), Tristana (1892) o Misericordia (1897), por citar sólo algunos de sus títulos más representativos.

Entre las obras mencionadas ya encontramos novelas que apuntan hacia la estética naturalista, cuyos principios formulará Émile Zola con Le roman expérimental (1880) y Les romanciers naturalistes (1881). La novela naturalista incorporará una mayor atención al aspecto fisiológico de los personajes y a la descripción de ambientes sórdidos o marginales, y tenderá a reflejar con más detalle los conflictos sociales. Zola será el pontífice de la nueva escuela con obras como L’assommoir (1877), Nana (1880), Pot-Bouille (1882) o Germinal (1885). Esta nueva corriente francesa encontrará en la novela realista española un campo especialmente abonado en la narrativa galdosiana de la segunda época, la de las llamadas «novelas contemporáneas», inaugurada con La desheredada (1881) y cerrada con Fortunata y Jacinta (1887). También se sumarán a la praxis naturalista Leopoldo Alas, Clarín, con sus artículos en La Diana (1882) y su obra ejemplar, La Regenta (1884-1885); y Emilia Pardo Bazán, quien se convertirá en una extraordinaria divulgadora de la nueva estética con sus artículos sobre el Naturalismo en La Época (noviembre, 1882-abril, 1883) — recogidos en un libro con prólogo de Clarín bajo el título de La cuestión palpitante (1883)— e incurrirá en la ficción narrativa con Los Pazos de Ulloa (1886) y La madre Naturaleza (1887), entre otros. Ahora bien, conviene precisar que la praxis naturalista en España será siempre heterodoxa y flexible, ya que nuestros escritores no comparten de un modo absoluto el determinismo filosófico de dicha escuela, la cual condicionaba la conducta de los personajes desde las leyes de la herencia biológica y el determinismo del medio.

2. VIDA Y OBRA DE BENITO PÉREZ GALDÓS

Benito Pérez Galdós nació en Las Palmas de Gran Canaria en 1843. Era el menor de nueve hermanos de una familia de clase media con ascendencia vasca por parte de madre. Desde su infancia, transcurrida en la isla, el escritor manifiesta un carácter muy observador y reservado y una imaginación muy viva, además de mostrar una gran afición a la lectura y a las demás artes; por ejemplo, aprende a tocar el piano — en sus primeros años madrileños ejercerá la crítica musical— y dibuja con gran destreza — unos dibujos que pueden considerarse verdaderos esbozos costumbristas—. Sus primeras composiciones poéticas datan de cuando el autor contaba apenas siete años.

Durante su adolescencia, Pérez Galdós solía escribir versos imitando a Calderón y cuentos que parafraseaban con gran habilidad el estilo de Cervantes y las aventuras de don Quijote, que fue a lo largo de toda su vida una continuada fuente de inspiración. Sus biógrafos aseguran que llegaba a memorizar capítulos enteros de la novela cervantina y Montesinos añade que Cervantes le había educado la mirada. Su primer amor fue su prima Sisita, y su madre, alarmada, decidió mandarlo a Madrid para poner fin a esta relación y con la finalidad de que iniciase los estudios universitarios.

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