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MARIPOSAS AMARILLAS Y LOS SEñORES DICTADORES

Michi Strausfeld  

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Fragmento

INTRODUCCIÓN

Novelas que escriben la historia

Entonces en la escala de la tierra he subido

entre la atroz maraña de las selvas perdidas

hasta ti, Macchu Picchu.

Alta ciudad de piedras escalares,

por fin morada del que lo terrestre

no escondió en las dormidas vestiduras.

PABLO NERUDA, Alturas de Macchu Picchu

Mi fascinación por América Latina arrancó con Machu Picchu, o para ser exactos con las imágenes de las películas de Hans Domnick Panamericana: Carretera de ensueño. Vi la primera parte a finales de la década de 1950 y me impresionaron profundamente las suntuosas y enigmáticas ruinas de los aztecas y los mayas en México y Guatemala. La segunda parte siguió en 1962, y al ver las grandiosas imágenes de la ciudadela en ruinas de Machu Picchu, redescubierta en 1911, lo tuve claro: ¡tengo que ir allí!

Cinco años después, en el verano de 1967, pude viajar a Perú gracias a una beca de tres meses. Fue un año decisivo en muchos aspectos para la política y la literatura: en mayo había aparecido la novela Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, la saga mágica de la familia Buendía de Macondo narrada a través de seis generaciones. Este pueblo imaginario refleja la historia de Colombia, y de manera concentrada la del continente. Una propaganda boca a boca sin precedentes hizo del libro un bestseller mundial. En octubre era asesinado en Bolivia el Che Guevara, suceso que generó un clamor de indignación en todo el continente y fue comentado en todo el mundo. En diciembre, el guatemalteco Miguel Ángel Asturias fue el primer novelista de América Latina en obtener el Premio Nobel de Literatura. Los latinoamericanos asistían con una mezcla de orgullo y perplejidad a estos acontecimientos dispares, por todas partes se originaban enérgicos debates sobre cómo superar las miserias políticas y económicas del momento y afrontar un futuro mejor.

Cien años de soledad, que en 1967 había leído trabajosamente con ayuda de un diccionario y entendido sólo a medias, seguía estando muy presente en mi vida, como todo aquel continente desconocido. Tras finalizar mis estudios quería doctorarme al respecto. Entretanto vivía en Barcelona, por aquel entonces la «capital del boom». La principal agente literaria de los nuevos autores latinoamericanos, Carmen Balcells, tenía allí su sede, al igual que la editorial de Carlos Barral, creador del Premio Biblioteca Breve, que en la década de 1960 había sido otorgado a tantos latinoamericanos (y a algunos españoles). La ciudad pasaba por ser la meca del mundo literario latinoamericano: Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, José Donoso, Salvador Garmendia, Sergio Pitol y muchos autores más jóvenes, como Cristina Peri Rossi u Óscar Collazos, vivían allí para probar fortuna y poder publicar. Otros, como Julio Cortázar, Carlos Fuentes o Alfredo Bryce Echenique, eran visitantes asiduos. El periodista Xavi Ayén dedicó en 2014 una investigación de ochocientas páginas al papel de Barcelona en la difusión mundial de la nueva literatura: Aquellos años del boom: García Márquez, Vargas Llosa y el grupo de amigos que lo cambiaron todo.

Lo cierto es que en España no salían de su asombro. Había una admiración unánime por los apasionantes libros que llegaban de América Latina y que brindaban nuevos impulsos a la acartonada vida literaria de la España franquista. Al igual que a mí, ya que el viaje a Perú de 1967 cambió mi existencia de raíz. Leí relatos de Jorge Luis Borges, poemas de César Vallejo y Pablo Neruda, ensayos del intelectual peruano y militante marxista José Carlos Mariátegui, y supe de un montón de novelas maravillosas cuyos autores me eran todos desconocidos. ¿Por qué debía seguir estudiando Filología románica e inglesa, y enfrascarme en labores filológicas, cuando podía descubrir una literatura colosal? Eran obras maestras que me procuraban conciencia política, conocimientos históricos y culturales, curiosidad por el continente y un enorme placer estético. Novelas formalmente innovadoras de Alejo Carpentier, Juan Rulfo, Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa o Carlos Fuentes contaban historias nunca antes leídas, que además revelaban a sus compatriotas datos nuevos sobre su historia que a menudo desconocían o que les eran tendenciosamente falseados. «La literatura cuenta la historia que la historia que escriben los historiadores no sabe ni puede contar», leemos en el prólogo a La verdad de las mentiras de Mario Vargas Llosa.

El éxito de las nuevas novelas espoleó la autoestima de los latinoamericanos, ya que estas obras, a las que pronto se endosó la dudosa etiqueta de «realismo mágico», despertaron entre los lectores europeos y americanos un enorme interés y una admiración por los autores, países, culturas y problemas políticos del continente. En mi caso desataron una especie de fiebre del oro y el deseo de explorar ese El Dorado literario.

En el otoño de 1970 fui gracias a otra beca a Colombia, donde pude investigar sobre el terreno para mi tesis sobre García Márquez y visitar los escenarios de Cien años de soledad: la localidad natal del autor Aracataca, las plantaciones bananeras y las ciudades caribeñas de Barranquilla y Cartagena en que había vivido. Conocí la flora y fauna, la historia del país y su situación política. Todo era nuevo. En Bogotá asistí a diversos cursos de literatura y leí estanterías y estanterías de literatura antigua y moderna. Mi fascinación no hacía sino crecer. Jóvenes novelistas y poetas colombianos a los que conocí en la librería Buchholz se encargaron de la necesaria ampliación de mi horizonte político, histórico y literario.

Pronto tuve claro que en la América Latina de aquellos años literatura y política resultaban inseparables: el entusiasmo por la Revolución cubana y la ira por los muchos asesinatos políticos —como el del joven poeta peruano Javier Heraud en 1963, el del teólogo de la liberación colombiano Camilo Torres Restrepo en 1966 y el del admirado Che Guevara en 1967— eran inmensos, eran un tema de conversación continuo. La cuestión principal era la devastadora influencia de Estados Unidos en el desarrollo de América Latina, dado que sus numerosas intervenciones perseguían el fin obvio de proteger y garantizar su hegemonía e intereses económicos. Por eso ayudaban a apuntalar a políticos sumisos, que a menudo eran sus marionetas. Se debatía con pasión la necesidad de cambios revolucionarios, ya que unas hipotéticas reformas radicales mediante procesos democráticos para vivir por fin en libertad y con autonomía parecían fuera del alcance. Diversos movimientos guerrilleros luchaban ya por materializar esas ilusiones desde comienzos de los años sesenta en Perú, Bolivia y Colombia, y desde los años setenta también en Argentina y Uruguay. Las monstruosas desigualdades sociales, las dictaduras apoyadas por Estados Unidos, las precarias condiciones de unas democracias sumamente lábiles, a menudo de grotesca ineficacia, y la falta de perspectivas hacían de estudiantes y escritores rebeldes comprometidos de izquierdas. Los segundos habían mostrado que América Latina estaba a la altura de los tiempos y que no era «subdesarrollada»; ahora sus ciudadanos exigían también a la política y la economía el salto a la modernidad, querían condiciones democráticas, un Estado de derecho fiable, el fin de la aguda desigualdad social, una educación digna de tal nombre y un modesto bienestar para todos.

Casi todo lo que veía y experimentaba me parecía una «realidad maravillosa». Debo aún más impresiones imborrables de esos años a los viajes a México y Guatemala, a Bolivia, Chile, Argentina y Brasil. Desde entonces, América Latina, esa región emocionante e inspiradora que para mí es un arca del tesoro llena de secretos, no ha dejado de cautivarme. Cincuenta años después sigo volcada en su literatura, cultura, política e historia; América Latina ha enriquecido y marcado mi vida, y he tratado de explorar esta parte del continente con curiosidad y con pasión. A ello me han ayudado viajes a casi todos sus países y un sinnúmero de libros portentosos.

Tuve además la suerte de contactar casi por azar con Siegfried Unseld, el dueño de la editorial Suhrkamp. Él andaba buscando recomendaciones fiables de novelas destacadas del subcontinente. Nació así una colaboración inolvidable que arrancó en 1974. Yo seguía viviendo en Barcelona y al mismo tiempo acabé mi tesis doctoral sobre García Márquez y la nueva novela latinoamericana, pero pronto descubrí que el trabajo editorial me fascinaba muchísimo más que ninguno otro, como el que había previsto antes en una universidad. Durante cuarenta años pude interceder de manera profesional por un mejor conocimiento de la literatura latinoamericana en Alemania —y lo hice con una gran pasión—. Este empeño me otorgó unas mejores y más hermosas claves para entender muy a fondo la región. Conocí a líderes políticos y literarios del continente, trabajé con un gran número de autores y aprendí de ellos. Esas conversaciones y encuentros, sus sugerencias y explicaciones guiaron mi camino: una ayuda inestimable, ya que a fin de cuentas yo era una autodidacta en lo referido a América Latina.

UNA HERENCIA DE TREINTA SIGLOS

América Latina está íntimamente ligada a Europa, mediante las culturas entrelazadas, la historia y las lenguas de los conquistadores, mediante ilusiones y mitos que los primeros descubridores y viajeros trajeron del Viejo Mundo al Nuevo Mundo: El Dorado, la fuente de la juventud, el paraíso en la tierra. Desde hace ya más de cinco siglos hay un diálogo entre Europa y América Latina: a veces manifestó un apego mayor, a veces predominaron las esperanzas defraudadas y los intereses contradictorios y a veces se guardó silencio.

Cómo se llevó a cabo este diálogo y cómo se lleva, qué conocimientos serían deseables para que discurra al fin de igual a igual, es el tema del presente libro. Ha sido una aventura intelectual apasionante, y para ella me he basado exclusivamente en textos literarios de latinoamericanos, en ensayos, poemas y, sobre todo, en novelas que han escrito la historia y cuyo eco ha hecho historia. Espero ofrecer así un recorrido a lo largo de cinco siglos muy diversos, que mediante las voces de los autores brinde mejores conocimientos y refleje su visión del continente. Es la condición necesaria para entenderlo mejor, pues sólo así cabe reconocer la perspectiva eurocéntrica o estadounidense y quizá también logremos «descolonizar» la propia mirada y empatizar con el otro.

Los intelectuales latinoamericanos disponen de un amplio conocimiento de las culturas europeas, pero por desgracia no sucede así a la inversa, donde en lugar de hechos existen demasiadas informaciones falsas y estereotipos. Es justo lo que nos reprochan los autores. Octavio Paz consignaba lacónico que, como poeta latinoamericano en el París de los años cincuenta, él era más cosmopolita que sus colegas franceses. Carpentier se quejaba de que a los lectores europeos no les suene de nada el ceiba, el árbol sagrado que caracteriza el paisaje del Caribe, mientras que a los latinoamericanos les resulta familiar el abeto cubierto de nieve de los románticos. En «Problemática de la actual novela latinoamericana» requería: «Nuestra ceiba, nuestros árboles, vestidos o no de flores, se tienen que hacer universales». Y en su famoso texto «De lo real maravilloso americano» prólogo a su novela El reino de este mundo, de 1949, apuntaba: «Arrastra el latinoamericano una herencia de treinta siglos».

Treinta siglos de los que nos han quedado grandiosos recintos sagrados de los aztecas, mayas e incas, o la espectacular ciudad fortaleza de Machu Picchu, que en 1911 fue oficialmente redescubierta con un gran eco de prensa por una expedición de la Universidad de Yale bajo la dirección de Hiram Bingham. Pablo Neruda recogió su visita a las ruinas del año 1946, que según nos dice lo conmocionó, en «Alturas de Macchu Picchu», la segunda parte de su Canto general. Ese mismo año se halló Bonampak, la ciudad en ruinas de los mayas con sus grandiosos murales, mientras que la «asombrosa Mitla» (en palabras de Carpentier, que titula así un artículo), con su ornamentación mural abstracta zapoteca, ya era conocida desde antiguo. Los trabajos en Monte Albán, Teotihuacán, Uxmal y muchos otros recintos sagrados prosiguen y brindan una y otra vez nuevas conclusiones sobre las altas culturas precolombinas.

Nuevas excavaciones en el centro de Ciudad de México en los años setenta arrojaron hallazgos tan ricos que pudo completarse con ellas, en 1987, un nuevo museo azteca, el Templo Mayor. Como una de sus mayores joyas se exhibe el monolito de Coyolxauhqui, redescubierto en 1978, que representa la lucha del dios del sol Huitzilopochtli contra los poderes de las tinieblas. Su pareja, el calendario azteca, ya conocido desde hacía tiempo, fue homenajeada por Octavio Paz en su poema de 584 versos «Piedra de Sol». Este disco de basalto de casi veinticinco toneladas de peso ilustra la cosmogonía mexicana y su culto al sol y muestra tanto la exactitud como la complejidad del calendario. Puede contemplarse en el Museo Nacional de Antropología en el bosque de Chapultepec: «escritura de fuego sobre el jade, [...] / escritura del mar sobre el basalto, / escritura del viento en el desierto, / testamento del sol».

En 2018 National Geographic publicó las conclusiones a las que se había llegado, mediante la utilización de las más modernas técnicas, sobre el Tikal guatemalteco: decenas de miles de edificios permanecen aún ocultos bajo la jungla, con lo que la ciudad maya autónoma conocida hasta la fecha habría sido considerablemente más grande. Hasta ahora se calculaba que la población maya oscilaba entre uno y dos millones de personas, pero en la actualidad los investigadores señalan que hubo unos veinte millones, lo que equivale, aproximadamente, a la mitad de la población europea en el siglo del Descubrimiento en un territorio de la extensión de Italia.

Se estima que en 1492 vivían en el continente cincuenta millones de personas, sobre todo en México, América Central y la región andina. Entretanto crece la sospecha de que también la cuenca del Amazonas estaba habitada, de que también allí se habían formado ciudades —algo que ya sugirieron muy pronto algunos cronistas y que nadie quiso creer—. Posiblemente dentro de muy poco haya que corregir las cifras de población barajadas hasta el momento.

Para 1550, las enfermedades importadas, como la viruela, el sarampión y el tifus, las campañas de exterminio y el hambre, así como la brutal represión y la esclavitud, habían diezmado drásticamente a los nativos. Entre 1492 y 1650, esta población se redujo en, aproximadamente, un 90 por ciento, según las estimaciones más recientes. Al parecer, en 1650 sólo quedaban unos cuatro millones. Los caribes habían sido exterminados casi por completo, y el cacique Hatuey, un caudillo de los taínos cubanos condenado a morir en la hoguera por su resistencia frente a los españoles, explicó a sus verdugos que rechazaba a su dios porque simbolizaba la búsqueda obsesiva de oro, de ahí que sus adeptos practicaran el crimen y el asesinato. Por eso se negaba asimismo a ser bautizado, ya que en ningún caso quería compartir un cielo con aquellos blancos atroces. La temprana y manifiesta falta de mano de obra nativa hizo que los nuevos amos importaran durante los dos siglos siguientes unos nueve millones de esclavos de África.

De la mezcla paulatina de indios, blancos y negros, así como

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