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MARTíN LUTERO

Lyndal Roper

5


Fragmento

INTRODUCCIÓN

 

 

 

Para los protestantes es casi un artículo de fe que la Reforma empezó cuando el 31 de octubre de 1517, víspera del día de Todos los Santos, el tímido monje Martín Lutero clavó sus 95 tesis en la puerta de la iglesia del castillo de Wittenberg y dio inicio a una revolución religiosa que hizo añicos la cristiandad occidental. El colaborador más cercano de Lutero, Philipp Melanchthon, a quien debemos una detallada descripción del suceso, afirma que la exposición pública de estas tesis permitió la recuperación de la «luz de los Evangelios». En etapas posteriores de su vida, Lutero celebraría ese momento del comienzo de la Reforma brindando con sus amigos[1].

La desmitificación histórica siempre es un ejercicio saludable, sobre todo cuando se trata de sucesos de tanta importancia. Como ya señalara el historiador católico Erwin Iserloh en 1962, Lutero nunca mencionó el evento, solo dijo que había enviado cartas al arzobispo Alberto de Maguncia y al obispo de Brandeburgo, Hieronymus Scultetus, en las que condenaba explícitamente el abuso que suponía la venta de indulgencias papales y a las que adjuntaba sus tesis[2]. Fueron Melanchthon y el secretario de Lutero, Georg Rörer, quienes afirmaron que las colgó en la puerta de la iglesia del castillo, pero ninguno de los dos se encontraba en Wittenberg por entonces y por tanto no pudieron ser testigos de los hechos[3]. Hay quien ha sugerido que el asunto fue menos dramático, pues puede que se limitaran a pegarlas en vez de a clavarlas[4].

Probablemente nunca sepamos a ciencia cierta si Lutero usó clavos o un bote de cola, pero lo que sí nos consta es que el 31 de octubre envió las tesis al obispo Alberto, el clérigo más importante de toda Alemania. La carta que las incluía rebosaba confianza y resultaba arrogante. Aunque la introducción era laudatoria, criticaba duramente la negligencia del obispo al cuidar de su rebaño y amenazaba con la posibilidad de que, si Alberto no tomaba las medidas oportunas, «alguien pudiera rebelarse y acallar, por medio de publicaciones, a los predicadores que venden indulgencias prometiendo a los compradores una reducción del tiempo que habrán de pasar en el purgatorio»[5]. Lutero escribió una misiva similar a su superior jerárquico, el obispo de Brandeburgo, y fueron estas cartas, más que la colocación de las tesis en un páramo como Wittenberg, las que provocaron una reacción. Ya entonces, uno de los mayores talentos de Lutero consistía en su habilidad para orquestar eventos, para hacer algo espectacular que llamara la atención.

La Reforma de Lutero acabó para siempre con la unidad de la Iglesia católica e incluso cabría pensar que el proceso de secularización de Occidente comenzó cuando el catolicismo perdió su monopolio en grandes zonas de Europa. Todo empezó en un lugar remoto, la Universidad de Wittenberg, una institución nueva y modesta que luchaba por labrarse una reputación. La ciudad se componía de «casas enfangadas y calles sucias»; «toda senda, escalón y calle rebosaban barro». Los humanistas se mofaban, afirmando que Wittenberg estaba en el fin del mundo, lejos de las grandes ciudades imperiales como Estrasburgo, Núremberg o Augsburgo, todas ellas en contacto con la Italia de moda. Hasta Lutero señaló que se encontraba tan lejos de la civilización que, «de haber estado un poco más allá, habría formado parte de un país de bárbaros»[6]. Lutero no parecía un revolucionario. En vísperas de su trigésimo cuarto cumpleaños llevaba 12 años siendo monje. Había ascendido en el seno de la orden de los agustinos, era un administrador de confianza y ejercía la docencia en la universidad. Prácticamente no había publicado nada y su experiencia en ese campo no iba más allá de la elaboración de argumentos de debate, la realización de labores de exégesis y la redacción de sermones que escribía para colegas perezosos. La Iglesia tardó en reaccionar, pero las 95 tesis desataron una auténtica tormenta en Alemania. Muchos las leyeron, clérigos y laicos. En dos meses se hablaba de ellas en toda Alemania y pronto incluso más allá de sus fronteras.

Al margen de lo que realmente ocurriera el 31 de octubre de 1517, no podemos cuestionar la importancia de las tesis, un texto que fue la chispa que desató la Reforma. Se trataba un conjunto de argumentos numerados pensados para disputas académicas, aunque, en el caso que nos ocupa, ese tipo de debate nunca tuviera lugar ni Lutero lo pretendiera. No estaban redactadas a modo de artículos ni consagraban verdades, sino que más bien constituían un conjunto de afirmaciones hipotéticas, concisas, hasta el punto de resultar difíciles de entender, que había que demostrar aportando más argumentos. Conservamos algunas copias del texto original de Lutero y ninguna del expuesto en Wittenberg[7]. Se imprimieron por una sola cara en una hoja de papel alargada, probablemente pensada para pegarla en la pared (lo que hace más verosímil la historia de la puerta de la iglesia), aunque el tamaño y la tipografía de la letra dificultaran la lectura. En el encabezamiento, escrito en letras de mayor tamaño, Lutero invitaba a debatir estas tesis en Wittenberg[8].

La primera de las tesis empieza con las palabras: «Cuando nuestro Señor y Maestro Jesucristo dijo: “Haced penitencia”, ha querido que toda la vida de los creyentes fuera penitencia». En latín se pone el énfasis en el verbo principal, voluit, en referencia a cómo quería Cristo que fuera la vida del creyente. Lutero prosigue afirmando que esto no significa que baste con limitarse a cumplir las penitencias impuestas por un sacerdote, como orar o comprar indulgencias. La afirmación resulta engañosa por su simplicidad, pero, de hecho, era un ataque directo a los fundamentos de la Iglesia bajomedieval[9].

¿Cómo pudo un mensaje tan simple tener tantas implicaciones y causar tal revuelo? Lutero no era ni el primero ni el único que criticaba las indulgencias. El confesor de Lutero, el agustino Johann von Staupitz, por ejemplo, ya había expresado estas dudas en un sermón pronunciado en 1516. En el fondo, Lutero estaba articulando su postura basándose en la naturaleza de la gracia descrita por san Agustín, según la cual, como nuestras buenas obras no bastan para garantizar nuestra salvación, dependemos de la misericordia divina. Según Lutero, se había pervertido el sacramento de la confesión, que ya no era un ejercicio espiritual, sino una transacción económica. Más tarde recordaría que lo que desató su furia fueron los sermones de un dominico, Johannes Tetzel, de la cercana ciudad de Jüterbog, que afirmaba que las indulgencias eran tan eficaces que, gracias a ellas, no pasaría por el purgatorio ni quien hubiera violado a la Virgen María. Las indulgencias eran un tema candente en los debates teológicos y políticos, pero al principio muchos creyeron que se trataba de una disputa más entre órdenes monásticas, fruto de viejas rivalidades entre los dominicos y los agustinos de Lutero.

Sin embargo, el asunto era más complicado, pues, al afirmar que los cristianos no podrían evitar pasar por el purgatorio con sus buenas obras, la contemplación de reliquias o la compra indulgencias, Lutero estaba poniendo en cuestión a una Iglesia medieval que supuestamente garantizaba el perdón y facilitaba la salvación dispensando los sacramentos. Para él, estas prácticas se basaban en un error de comprensión fundamental en lo relativo a la naturaleza del pecado, el arrepentimiento y la salvación. El cronista protestante Federico Myconius recordaría más tarde que ciertos feligreses de Lutero que se habían quejado de que «este no quería absolverlos de sus pecados porque no veía ni auténtico arrepentimiento, ni propósito de enmienda» aparecieron con indulgencias de Tetzel «porque no querían renunciar al adulterio, al puterío, a la usura, a la adquisición injusta de bienes y a otros pecados y maldades»[10].

Al reinterpretar la idea de penitencia, Lutero lanzaba un ataque al corazón mismo de la Iglesia del Papa y a su estructura social y financiera, basada en un sistema de salvación colectiva, que permitía a la gente rezar por los demás y reducir así el tiempo que pasaban en el purgatorio. Pagaban a todo un proletariado de sacerdotes dedicados a recitar misas de difuntos y a mujeres laicas y pías para que se ocuparan de los hospicios y rezaran por el alma de los fallecidos con el fin de facilitar su paso por el purgatorio. También pagaban a las hermandades que rezaban por sus miembros, decían misas, organizaban procesiones y mantenían ciertos altares de especial relevancia. La vida religiosa y social de la mayoría de los cristianos medievales giraba en torno a este sistema. La cabeza de esta Iglesia era el Papa, custodio de todo un tesoro de «méritos» y dispensador de la gracia que repartía entre todos. De modo que era previsible que, antes o después, la crítica a las indulgencias acabaría poniendo en cuestión el poder del Papa.

Nadie obligaba a la gente a comprar indulgencias, pero tenían mucho éxito. Cuando quienes las vendían llegaban a una ciudad:

 

las bulas papales [el documento en el que constaba la indulgencia con el sello papal] se llevaban envueltas en satén o en una tela dorada y todos, sacerdotes, monjes, concejales, maestros de escuela, colegiales, hombres, mujeres, doncellas y niños, salían en procesión cantando y portando velas y pendones. Las campanas repicaban y sonaban todos los órganos [...] [El vendedor de indulgencias] iba por las iglesias, en cuyo centro se colocaba una cruz roja de la que colgaba el pendón de la Santa Sede[11].

 

El sistema estaba tan bien organizado que las indulgencias salían de imprentas locales y contenían un espacio en blanco para poner el nombre del difunto.

El éxito de las 95 tesis de Lutero se debió, en parte, al momento en el que se hicieron públicas. En la festividad de Todos los Santos se exponía en la iglesia del castillo de Wittenberg la magnífica colección de reliquias de Federico, elector de Sajonia y soberano de Lutero. Peregrinos de muchos kilómetros a la redonda acudían a verlas, pues se otorgaban indulgencias a quien las contemplara. Es probable que las tesis se fijaran durante esa celebración o justo antes y, aunque los peregrinos analfabetos no habrían podido leerlas y hasta la gente de ciudad (que sí sabía leer) habría tenido problemas para entenderlas, los receptores de la carta de Lutero y sus colegas teólogos de Wittenberg habrían captado inmediatamente el significado de la fecha. En el caso de estos últimos, las tesis afectaban directamente a su forma de ganarse el sustento, pues la universidad dependía de la fundación de Todos los Santos, cuyos fondos provenían de lo recaudado por las misas de difuntos y las aportaciones de los peregrinos que veneraban las reliquias para reducir su tiempo de estancia en el purgatorio.

Lo que Lutero no sabía por entonces era que su «escándalo de las indulgencias» suponía mucho más que una crítica a los burdos sermones de Johannes Tetzel, que solía anunciarse con la salmodia: «En cuanto suena la moneda en el cofre, el alma salta del purgatorio». En realidad, las actividades de Tetzel eran fundamentales para financiar a la Iglesia. Se suponía que el dinero recaudado por el predicador iba a Roma para costear la reconstrucción de la basílica de San Pedro, pero, de hecho, la mitad acababa en manos de la familia Fugger, banqueros de Augsburgo, los más ricos comerciantes de la época, a los que Alberto de Maguncia debía dinero. Alberto, hijo menor de una poderosa familia noble, se había convertido en obispo de Magdeburgo a los 23 años. Sin embargo, al quedar vacante inesperadamente la sede de Maguncia, la más rica de Alemania, se le presentó una oportunidad que no podía dejar pasar. Pero el Papa estaba intentando frenar la tendencia de los obispos a hacerse con diversas sedes y, cuando Alberto ocupó la de Magdeburgo, decretó que, a partir de entonces, los obispos debían tener al menos 30 años de edad[12].

El conflicto se resolvió en favor de Alberto, cuando este ofreció pagar 21.000 ducados para financiar las obras de San Pedro. Como no disponía del dinero, lo pidió prestado a los Fugger, a los que la Iglesia consideraba usureros por sus actividades financieras, y empezó a desviar dinero (como el recolectado por Tetzel) para pagar su deuda. En otras palabras, las tesis de Lutero no afectaban solo al poder papal, sino también, sin él saberlo, a algunas de las personas más poderosas de Alemania y a la institución financiera más boyante de Europa.

En principio apenas sucedió nada cuando se hicieron públicas las 95 tesis; no hubo disputas y el obispo de Brandeburgo no respondió a la carta de Lutero. Cuando este le remitió los argumentos en favor de sus tesis, el obispo le recomendó que difiriera su publicación, lo que Lutero tomó equivocadamente por una demostración de simpatía hacia sus ideas. Alberto de Maguncia estaba en Aschaffemburgo cuando se recibieron las tesis, pero, cuando llegaron a sus manos, tampoco contestó. Remitió primero el documento a la Universidad de Magdeburgo, para que lo estudiaran los teólogos, y luego, a Roma. Estos pasos hacían que las tesis constituyeran un serio problema que podía provocar una investigación papal por herejía. La actuación rutinaria y burocrática de Alberto convirtió el asunto en un suceso que ya no solo afectaba a un remoto rincón de Alemania, sino que concernía a toda la Iglesia en su conjunto.

 

La vida y hábitos de Lutero eran muy sencillos. Había nacido en Eisleben, Sajonia, y murió en el mismo lugar por una extraña casualidad. Creció en el pueblo minero de Mansfeld, a unos 11 kilómetros hacia el norte; fue a la universidad en Erfurt, a 72 kilómetros hacia el sudoeste y pasó casi todo el resto de su vida en Wittenberg, a 88 kilómetros hacia el noreste. Solo una vez se aventuró más allá de las fronteras del Sacro Imperio Romano Germánico, cuando visitó Roma, de la que volvió con una plétora de anécdotas antipapales y haciendo gala de una gran intolerancia hacia todo lo que no fuera alemán. Viajó mucho por Sajonia, pero, cuando entró en conflicto con el Imperio, dejó de aventurarse en territorios donde no pudiera protegerlo el gobernante sajón. Al final de su vida, la mala salud lo retenía en casa y le llevaban en un pequeño carro a decir misa. Pero se hizo con una red de interlocutores por correspondencia que contaba con miembros más allá de las fronteras de Imperio y que estaba compuesta por pastores a los que había colocado y cuyas carreras seguía de cerca. Los efectos de su Reforma se difundieron desde Alemania hasta Italia, Inglaterra, Francia, Escandinavia y el este de Europa.

Su biografía es muy sencilla de contar. No hubo nada significativo en su infancia, exceptuando el hecho de que procedía de una zona minera. La minería no tenía nada que ver con el mundo de los talleres y pequeños comercios que abundaban en la mayoría de las ciudades del siglo XVI: el clásico entorno en el que se habían formado tantos humanistas y eruditos. La familia de Lutero invirtió en la educación de su hijo y quería que fuera abogado para proteger el negocio familiar. Pero, para disgusto de su padre, en 1505 el joven renunció a sus estudios de Derecho e ingresó en el monasterio agustino de Erfurt. Allí se vio muy influido por Johann von Staupitz, un destacado agustino que fue esencial para la fundación de la nueva Universidad de Wittenberg. Fue él quien convenció al joven de que dejara sus estudios de Derecho, se pusiera a estudiar Teología y obtuviera un doctorado. Lutero escalaba posiciones rápidamente en el seno de la orden, acabó ocupando el puesto de Staupitz en la universidad y acometió su Reforma. Entonces, en 1517, irrumpieron en escena las 95 tesis.

Las tesis no contenían un programa teológico completo. Lutero se crecía ante la adversidad y fueron las críticas y los argumentos de los demás los que le ayudaron a desarrollar su teología y a seguir explorando sus ideas. La Reforma surgió de una serie de disputas y debates con sus antagonistas de Heidelberg, Augsburgo y Leipzig. Lutero sabía que quemaban a los herejes en la hoguera y que, si la Iglesia lo arrestaba y juzgaba, probablemente perdería la vida. De manera que su teología surgió de la doble presión ejercida por las críticas, cada vez más agresivas, de sus adversarios y por la amenaza del martirio.

En 1521, Lutero, conocido ya en toda Alemania, fue convocado por el Emperador a la dieta de Worms, de la que formaban parte todos los estamentos del Imperio. Muchos pensaron que no se arriesgaría a ir, pero, como dijo él mismo, nada podía detenerlo, ni siquiera saber que allí había «más demonios que [...] tejas en los tejados». El valor que demostró en Worms corta el aliento. El hecho de que un plebeyo se enfrentara al Emperador y a los príncipes más poderosos del Imperio y de que fuera capaz de resistirse al poder de la Iglesia fue algo tan extraordinario como inolvidable. Resultó ser un evento decisivo, que dio esperanza a la gente y mejoró sus expectativas, con el que probablemente ganó más adeptos para la Reforma que con su teología. Como en cualquier movimiento revolucionario, las ideas de Lutero se magnificaron y refractaron, bien a partir de lo que las gentes oían en la calle y en los sermones, bien por medio de noticias sobre sus actos.

La dieta acabó con una enérgica condena por parte del Emperador. En el viaje de vuelta, Lutero, en peligro mortal, fue secuestrado por orden de su gobernante y protector, Federico el Sabio, y conducido al castillo de Wartburg por su propia seguridad. Allí pasó tres meses completamente aislado, escribiendo sin descanso y traduciendo el Nuevo Testamento. Mientras, en Wittenberg, la Reforma seguía su curso en su ausencia y se iba radicalizando paulatinamente bajo la dirección de Andreas Karlstadt, que reguló la ayuda a los necesitados y la moralidad. Cuando Lutero volvió a Wittenberg, en marzo de 1522, exigió de inmediato que se diera marcha atrás en unas reformas que se habían adoptado con demasiada premura. También se enemistó definitivamente con Karlstadt, que defendía una línea distinta a la suya en relación con la eucaristía, pues afirmaba que Cristo no estaba realmente presente en el pan y el vino como sí creía Lutero.

Esta ruptura no presagiaba nada bueno, pues permitió que todos aplicaran su teología tal y como la entendían a partir de su propia experiencia; una evolución a la que Lutero podía oponerse, pero que, en el fondo, escapaba a su control. A medida que se extendía la Reforma, esta a su vez se fragmen

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