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MATER FAMILIAS (UN CASO DE FLAVIA ALBIA, INVESTIGADORA ROMANA 3)

Lindsey Davis  

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Fragmento

Contenido

DRAMATIS PERSONAE

ROMA, monte Celio: julio, año 89 d.C.

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Epílogo

DRAMATIS PERSONAE

Flavia Albia

investigadora, de momento convaleciente

Los hermanos Camilo

sus provechosos tíos

L. Petronio Longo

otro tío, viejo camarada de su padre

Maya Favonia

su serena tía

T. Manlio Fausto

magistrado, no su amante

Tulio Icilio

tío de Fausto, con grandes planes para él

Dromo

esclavo de Fausto, de escasas luces

Laia Graciana

cruel ex mujer de Fausto

Gornia

anciano subastador

Personal

mozos de cuerda, guardias de seguridad, mensajero, chico del burro

T. Claudio Leta

burócrata jubilado

T. Claudio Filipo

su hijo, de tal palo tal astilla

Abascanto

alto funcionario, suspendido de su cargo

Candidatos a edil plebeyo y carta de presentación

Trebonio Fulvo

torso musculoso, actitud de duro, esposa devota

Aruleno Crescens

débiles principios, amante defraudada

S. Vibio Marino

buenas intenciones, esposa ausente

L. Salvio Grato

cínico y manipulador, hermana leal

Dilio Suro

sociable y simpático, esposa rica

Ennio Verecundo

incorregible, esposa callada, madre severa

Volusio Firmo

esperanzas frustradas, amante esposa, ha renunciado

Calixto Valens

se ha ido al campo

Y su familia: hijos, sobrino, esposas, ex esposas, nieta, esclavos

Julia Verecunda

suegra, procedente del Averno

Y su familia: hijas, hijo, yernos, nuera, nietos

Marcela Vibia y su marido

orgullosos padres

El hombre del cofre

un misterio

Tito Níger

un eficaz agente

Claudia Galeria

su mujer, una buena esposa

«El de la túnica morada»

un haragán con pésimo sentido de la moda

Fundano

enterrador con un horrible trabajo

Sacerdotisa de Isis

querellante herida

La hermandad financiera

Nothokleptes e Hijo

banqueros egipcios

Balonio

banquero galo

Otros banqueros

griego, sirio, no disponibles

Claudia Arsínoe

banquera singular

Diversos

Cónsul/«Incitato»

un sabueso muy inquieto

Venus con el culo gordo

arte popular (por cuadriplicado)

Muchacho sacándose una espina del pie

arte impopular

Ursa

osa mohosa, invendible

Moteado

burro deplorable

ROMA, monte Celio: julio, año 89 d.C.

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Celebrar una subasta en julio es un craso error. ¿Quién queda en Roma entonces? Los que pueden escapar han huido ya a sus retiros campestres en regiones más frescas de Italia. Los demás yacen en su lecho de muerte o se han quedado aquí para esquivar a sus parientes.

Es inútil intentarlo. A todo el mundo se le pega la túnica al cuerpo; el sudor resbala por los cuellos grasientos. A los mozos de cuerda se les caen las cosas y se marchan resoplando con fastidio. Los vendedores vacilan y los compradores no cumplen. Los rótulos se pierden. Los pagos, ídem. Los perros pululan y ahuyentan a los compradores. Más tarde, alguien señala que no se llegó a colgar ningún anuncio de la subasta en el Foro. Los subastadores de la competencia no se molestan en regodearse por tus pobres ingresos: hace demasiado calor.

Mi padre posee una casa de subastas y en plena canícula se refugia en su villa junto al mar. Sus empleados mantienen el negocio familiar renqueando. Siempre es una época tranquila.

No cambió nada en el año de los cónsules Tito Aurelio Fulvo y Marco Asinio Atratino, salvo que antes de una venta en julio, nuestros empleados hallaron un cadáver.

Me encontraba en Roma. Había estado en la costa, obli­gada por mi madre, «rescatada», decía ella, durante una en­fermedad que estuvo a punto de matarme. Ella me llevó a la finca familiar, al sur de Ostia. Después de tres semanas de agobiantes cuidados, estaba impaciente por regresar. Un amigo me había encontrado medio muerta en mi vivienda de Roma y amablemente me había salvado la vida, de modo que quería agradecérselo, y me pareció que ya me hallaba lo bastante recuperada para la vida urbana.

A lo mejor estás pensando que ese amigo y yo éramos amantes. Pues te equivocas.

Había un día de viaje hasta Roma por la Via Ostiense. Lo hice en un carro destartalado y fue agotador. Entré en mi silenciosa y sofocante vivienda del Aventino sintiéndome demasiado débil. Guardé cama dos días, alimentándome de una cesta de exquisiteces enviada por mi madre. Sola y triste, comía con deleite recostada en los cojines, convaleciente. No tenía apetito, pero en otro tiempo había vivido en la calle pasando hambre. Detestaba desaprovechar comida.

Sigue leyendo y recibe antes que nadie historias como ésta