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MEDIANOCHE EN MARBLE ARCH (INSPECTOR THOMAS PITT 28)

Anne Perry  

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Fragmento

1

Pitt se detuvo en lo alto de la escalinata y contempló el fastuoso salón de baile de la Embajada española, ubicada en el corazón de Londres. La luz de los candelabros centelleaba en collares, pulseras y pendientes. Entre el formal blanco y negro de los hombres, los trajes de las mujeres florecían en todos los colores del incipiente verano: delicados tonos pastel para las jóvenes, dorados y rosas encendidos para las que estaban en el apogeo de su belleza, y granates, morados y lavandas para las de edad más avanzada.

A su lado, apoyando ligeramente la mano en su brazo, Charlotte no tenía diamantes que lucir, pero a Pitt le constaba que hacía mucho tiempo que había dejado de importarle. Corría 1896 y ella tenía cuarenta años. La lozanía de la juventud quedaba atrás, pero la plenitud de la madurez la favorecía aún más. La dicha que resplandecía en su rostro resultaba más encantadora que un cutis perfecto o unos rasgos que pareciesen esculpidos, cosas que eran meros regalos del azar.

Charlotte le apretó un momento el brazo cuando comenzaron a bajar los peldaños. Luego se mezclaron con el gentío, sonriendo, saludando a este y a aquel, procurando recordar nombres. Hacía poco que habían ascendido a Pitt a director de la Britain’s Special Branch,1 una responsabilidad que pesaba mucho más que cualquiera que hubiese asumido hasta entonces. No tenía un superior a quien confiarse o a quien endosarle una decisión difícil.

Ahora hablaba con ministros, embajadores, personajes mucho más influyentes de lo que sugerían sus risas despreocupadas en aquel salón. Pitt había nacido en el seno de una familia muy modesta y seguía sin sentirse a gusto en aquel tipo de reuniones. Como policía que era, había entrado por la puerta de la cocina como cualquier otro sirviente, pero ahora era bien recibido en sociedad debido al poder que le otorgaba su puesto y porque tenía conocimiento de un sinfín de secretos sobre casi todos los presentes en la estancia.

A su lado, Charlotte se desenvolvía con soltura, y Pitt observó complacido su elegancia. Ella era hija de la buena sociedad y conocía sus debilidades y flaquezas, pero era dada a una franqueza que desentonaba con las convenciones, a la que no ponía freno salvo si era absolutamente necesario, como en aquella ocasión.

Charlotte murmuró un comentario cortés a la mujer que tenía a su lado, tratando de parecer interesada en su respuesta. Luego permitió que le presentaran a Isaura Castelbranco, la esposa del embajador portugués en Gran Bretaña.

—Es un placer conocerla, señora Pitt —respondió Isaura con cordialidad. Era una mujer más baja que Charlotte, apenas de estatura mediana, pero la dignidad de su porte la distinguía de lo común. Sus rasgos eran delicados, casi vulnerables, y sus ojos, tan oscuros que parecían negros contra su pálida piel.

—Confío en que nuestro clima veraniego le resulte agradable —comentó Charlotte, por decir algo. A nadie le interesaba el tema de las conversaciones; lo que importaba era el tono de voz, la sonrisa en la mirada, el hecho de hablar.

—Es muy placentero no pasar demasiado calor —contestó Isaura de inmediato—. Aguardo con ganas la regata. Se celebrará en Henley, ¿verdad?

—En efecto —corroboró Charlotte—. Debo admitir que hace años que no asisto, pero me encantaría volver a hacerlo.

Pitt sabía que aquello no era del todo verdad. Encontraba un poco tediosas la cháchara y la pretenciosidad de los fastuosos actos de la alta sociedad, pero reparó en que a Charlotte le caía bien aquella mujer de actitud sosegada. Conversaron unos minutos más hasta que las convenciones exigieron que dedicaran su atención a los demás invitados, que daban vueltas bajo las lámparas o se dejaban llevar hacia las diversas salas anejas que se abrían a izquierda y derecha, o que bajaban al gran salón principal.

Se despidieron con una sonrisa cuando Pitt entabló conversación con un subsecretario del Foreign Office. Charlotte se las ingenió para captar la atención de su tía abuela, lady Vespasia Cumming-Gould. En realidad era tía abuela de su hermana Emily por razón de matrimonio, pero con los años esa distinción había dejado de ser recordada, y mucho menos tenida en cuenta.

—Parece que te estás divirtiendo —dijo Vespasia en voz baja, con una chispa de humor en sus hermosos ojos grises. En la flor de la vida había tenido fama de ser la mujer más bella de Europa y, sin lugar a dudas, la más ingeniosa. Lo que quizá no todo el mundo sabía era que además había luchado en las barricadas de Roma, durante la turbulenta revolución que barrió Europa en el 48.

—No he olvidado del todo mis modales —contestó Charlotte con su franqueza habitual—. Mucho me temo que ya estoy alcanzando una edad en la que no puedo permitirme el lujo de poner cara de aburrimiento. Es muy poco favorecedor.

Saltaba a la vista que Vespasia lo pasaba bien, y su sonrisa fue afectuosa.

—Tampoco lo es dar la impresión de estar aguardando algo —agregó—. Hace que la gente te compadezca. Las mujeres que están a la expectativa son muy pesadas. ¿A quién has conocido?

—A la esposa del embajador portugués —contestó Charlotte—. Me ha caído bien de inmediato. Tiene un rostro poco común. Lo más probable es que no vuelva a verla.

—Isaura Castelbranco —dijo Vespasia en tono pensativo—. Apenas sé nada acerca de ella, gracias a Dios. Sé demasiado sobre muchas otras personas. Un poco de misterio da cierto encanto, como un tenue anochecer o el silencio entre las notas de la música.

Charlotte le estaba dando vueltas a ese pensamiento antes de contestar cuando se produjo un repentino alboroto a unos diez metros de donde estaban. Igual que quienes la rodeaban, se volvió para ver qué ocurría. Un joven muy elegante con una mata de pelo rubio dio un paso hacia atrás, levantando las manos a la defensiva, con expresión de incredulidad.

Delante de él había una muchacha con un vestido blanco de encaje y la piel del escote, el cuello y las mejillas colorada. Era muy joven, de poco más de quince años, de rasgos mediterráneos y un físico cuyas curvas ya dejaban entrever a la mujer en que se convertiría.

Cuantos estaban alrededor se callaron, bien por vergüenza, bien por confusión, como si no supieran qué había sucedido.

—La verdad, es usted muy poco razonable —dijo el joven, tratando de quitar hierro al incidente—. Me ha interpretado usted mal.

La muchacha distaba mucho de estar calmada. Se la veía enfadada, un poco asustada incluso.

—No, señor —dijo en inglés con un ligero acento—. Lo he interpretado muy bien. Hay cosas que son idénticas en todos los idiomas.

El joven seguía sin mostrar perturbación alguna, solo una enorme paciencia, como si se encontrase ante alguien que estuviera siendo intencionadamente obtuso.

—Le aseguro que mi única intención era hacerle un cumplido. Seguro que está acostumbrada a recibirlos.

La muchacha tomó ai

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