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MEDIO REY (EL MAR QUEBRADO 1)

Joe Abercrombie

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Fragmento

EL BIEN MAYOR

Se desató un fiero vendaval la noche que Yarvi supo que era rey. O medio rey, por lo menos.

En Gettlandia esa clase de viento recibía el nombre de «aire buscador» porque siempre encontraba hasta la última rendija y la cerradura más pequeña, para entrar ululando en todas las viviendas con la gelidez de la Madre Mar, por alto que ardiera el fuego del hogar y por mucho que se apiñaran sus habitantes.

El viento azotó los postigos de las estrechas ventanas de los aposentos de la madre Gundring e hizo estremecer incluso la puerta, sujeta por bisagras de hierro. Hostigó las llamas de la chimenea, que escupieron y restallaron de rabia, convirtiendo en garras las sombras de las hierbas colgadas a secar y reflejándose en la raíz que sostenía la madre Gundring entre sus dedos huesudos.

—¿Y esta?

Tenía todo el aspecto de un terrón de barro, pero Yarvi había aprendido a reconocerla.

—Raíz de lenguanegra.

—¿Y para qué podría necesitarla un clérigo, mi príncipe?

—Un clérigo espera no necesitarla nunca. Hervida en agua no se distingue a la vista ni cambia el sabor de esta, pero es un veneno letal.

La madre Gundring dejó la raíz a un lado.

—A veces los clérigos deben valerse de artes oscuras.

—Los clérigos deben aspirar al mal menor —replicó Yarvi.

—Y sopesar el bien mayor. Cinco de cinco. —Una simple inclinación de cabeza de la madre Gundring hizo que el pecho de Yarvi se hinchara de orgullo. El beneplácito de la clériga de Gettlandia no se lo ganaba cualquiera—. Y las preguntas de la prueba serán más fáciles que estas.

—La prueba.

Yarvi, inquieto, se frotó la palma contrahecha de su mano mala con el pulgar de la buena.

—La superarás.

—No puedes estar segura.

—Un clérigo está obligado a dudar en todo momento...

—... Pero fingir siempre certeza. — Yarvi terminó la frase.

—¿Lo ves? Te conozco. —Era cierto. Nadie lo conocía mejor que ella, incluso en su propia familia. Especialmente en su propia familia—. Nunca he tenido un aprendiz más aventajado. Superarás la prueba al primer intento.

—Y dejaré de ser el príncipe Yarvi. —La perspectiva le producía un gran alivio—. No tendré familia ni prerrogativa.

—Serás el hermano Yarvi y tu familia será la Clerecía. —La luz del hogar resaltó las arrugas de la madre Gundring cuando sonrió—. Tu prerrogativa serán las plantas, los libros y las palabras suaves. Recordarás y aconsejarás, sanarás y dirás la verdad, conocerás los caminos secretos y allanarás el camino del Padre Paz en todas las lenguas, como he intentado hacer yo. No existe dedicación más noble, por muchas idioteces que farfullen esos necios sobresaturados de músculo en el cuadrado de entrenamiento.

—Los necios sobresaturados de músculo son difíciles de pasar por alto si estás en el cuadrado con ellos.

—Ya. —La clériga ahuecó la lengua y lanzó un escupitajo a las llamas—. Cuando hayas superado la prueba, solo tendrás que ir allí para tratar alguna cabeza abierta, y eso si se ponen demasiado burros con sus jueguecitos. Algún día mi báculo será tuyo. —Señaló con la cabeza el fino y tachonado bastón de metal élfico, que estaba apoyado contra la pared—. Algún día te sentarás al lado de la Silla Negra y serás el padre Yarvi.

—Padre Yarvi. —Se removió inquieto en la banqueta al pensarlo—. Me falta la sabiduría.

Se refería a que le faltaba el valor, pero no tenía el valor de reconocerlo.

—La sabiduría puede aprenderse, mi príncipe.

Yarvi levantó la mano izquierda, por llamarla de alguna manera.

—¿Y las manos? ¿Las manos pueden aprenderse?

—Quizá te falte una mano, pero los dioses te han concedido unos dones más valiosos.

El joven resopló.

—¿Te refieres a mi melodiosa voz?

—¿Por qué no? Y a tu mente despierta, tu empatía y tu fuerza. Solo que es la clase de fuerza que tienen los grandes clérigos, no los grandes reyes. Eres un favorito del Padre Paz, Yarvi. Recuerda siempre esto: hombres con músculos hay muchos, pero los sabios escasean.

—No me extraña que las mujeres sean mejores clérigas.

—Y también hacen mejor las infusiones... normalmente. —Gundring dio un sorbo a la taza que Yarvi le llevaba cada tarde y volvió a asentir, satisfecha—. La preparación de infusiones es otro de tus puntos fuertes.

—Una gesta heroica, sin duda. ¿Me halagarás menos cuando haya pasado de príncipe a clérigo?

—Recibirás mi adulación cuando la merezcas, y mis patadas en el culo el resto del tiempo.

Yarvi suspiró.

—Algunas cosas nunca cambian.

—Y ahora, historia.

La madre Gundring sacó de la estantería un libro con el lomo dorado, donde competían el brillo verde y el rojo de las gemas que tenía engarzadas.

—¿Ahora? Tengo que subir a la luz de la Madre Sol para dar de comer a tus palomas. Esperaba poder dormir un poco antes de...

—Te dejaré descansar cuando hayas superado la prueba.

—No me dejarás.

—Es cierto, no te dejaré. —La anciana se humedeció un dedo y empezó a pasar las páginas del vetusto libro—. Dime, mi príncipe, ¿en cuántas astillas partieron a la Diosa los elfos?

—En cuatrocientas nueve. Los cuatrocientos dioses menores, los seis altos dioses, el primer hombre, la primera mujer y la Muerte, que guarda la Última Puerta. Pero ¿esto no es materia de tejedores de plegarias más que de clérigos?

La madre Gundring chasqueó la lengua.

—Todo conocimiento es cosa de clérigos, pues solo lo que se conoce puede controlarse. Enumera los seis altos dioses.

—Madre Mar y Padre Tierra, Madre Sol y Padre Luna, Madre Guerra y...

La puerta se abrió de sopetón y el aire buscador se apoderó de la estancia. Las llamas del hogar saltaron al mismo tiempo que Yarvi, para bailar distorsionadas en los centenares de frascos y botellas que ocupaban los estantes. Una silueta terminó de subir los escalones con paso torpe y dejó las hierbas puestas a secar balanceándose como hombres ahorcados a su paso.

Era Odem, el tío de Yarvi, que llegó jadeando y con el pelo empapado y pegado a la cara por la lluvia. Clavó su mirada perdida en el príncipe y abrió la boca sin dejar escapar sonido alguno. No hacía falta el don de la empatía para adivinar que traía funestas noticias.

—¿Qué ocurre? —preguntó Yarvi con la voz rota y la garganta agarrotada de miedo.

Su tío se dejó caer de rodillas y apoyó las manos en la paja grasienta del suelo. Agachó la cabeza y pronunció dos palabras, roncas y crudas.

—Mi rey.

Y Yarvi supo que su padre y su hermano habían muerto.

DEBER

Casi no parecían muertos.

Solo estaban muy blancos, tendidos en las losas heladas de aquella estancia helada, con la mortaja que les llegaba a las axilas y el brillo de sus espadas desenvainadas sobre el torso. Yarvi no dejaba de pensar que en cualquier momento su hermano frunciría los labios en sueños. Que su padre abriría los ojos y dirigiría hacia él su habitual mirada de desprecio. Pero no hicieron nada de eso. Nunca volverían a hacerlo.

La Muerte les había abierto la Última Puerta y desde más allá de aquel umbral no regresaba nadie.

—¿Cómo ocurrió? —oyó decir a su madre desde la entrada. Tenía la voz tan firme como siempre.

—Traición, mi reina —murmuró su tío Odem.

—Ahora ya no soy reina.

—Por supuesto. Lo siento, Laithlin.

Yarvi extendió un brazo y rozó el hombro de su padre. Qué frío estaba. Se preguntó cuándo lo había tocado por última vez. ¿Había una vez anterior, siquiera? Recordaba muy bien lo último que le dijo, meses atrás.

«Un hombre blande la guadaña y el hacha —había dicho su padre—. Un hombre tira del remo y tensa el nudo. Sobre todo, un hombre sostiene el escudo. Un hombre resiste en su fila. Un hombre se mantiene firme junto a su compañero de hombro. ¿Qué clase de hombre es incapaz de hacer todo eso?»

«Yo no pedí tener media mano», había respondido Yarvi atrapado en el mismo lugar de siempre, en la tierra yerma que se extendía entre la vergüenza y la rabia.

«Y yo no pedí tener medio hijo.»

Pero el rey Uthrik había muerto y su Círculo Real, ajustado a toda prisa, pesaba en la frente de Yarvi. Pesaba mucho más de lo que se esperaría de una fina diade

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