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MEGALODóN

Steve Alten  

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Fragmento

Megalodon

FINALES DEL PERÍODO CRETÁCICO,
HACE 70 MILLONES DE AÑOS
Costa de la masa continental

euroasiática-norteamericana (océano Pacífico)

Desde que la niebla de la madrugada había empezado a levantarse, se sentían observados. El rebaño de Shantungosaurus llevaba toda la mañana pastando a lo largo de la costa envuelta en bruma. Los reptiles, los mayores del género de los Hadrosaurus con sus más de trece metros de longitud desde el pico de pato hasta la punta de la cola, se atiborraban de las abundantes algas marinas que la marea arrojaba sin cesar a la orilla. Los Hadrosaurus levantaban con frecuencia la cabeza con el aire nervioso de un rebaño de ciervos, atentos a los ruidos del bosque cercano, y observaban los árboles umbríos y la densa vegetación, dispuestos a huir al primer indicio de un movimiento sospechoso.

En las lindes de la playa, oculto entre los altos árboles y los tupidos matorrales, un par de ojos rojos y de reptil seguía al grupo. El Tyrannosaurus rex, el mayor y más mortífero de todos los carnívoros terrestres, se alzaba siete metros del suelo del bosque. Mientras observaba la escena temblando de pura adrenalina, la baba le rezumaba de la boca. Dos Hadrosaurus acababan de aventurarse en las aguas poco profundas y, con la cabeza a ras de estas, pacían entre las espesas masas de algas.

El depredador surgió de improviso de entre los árboles; sus ocho toneladas apisonaron la arena e hicieron temblar la tierra con cada paso. Los Hadrosaurus se alzaron sobre las patas traseras y se dispersaron en direcciones opuestas a lo largo de la orilla. Los dos que se habían internado en el agua volvieron la cabeza y vieron al carnívoro aproximarse a la carrera con las mandíbulas abiertas, los colmillos a la vista y un rugido que helaba los huesos y ahogaba el rumor de las olas. El par de Hadrosaurus se volvió e, instintivamente, se internó en aguas más profundas para escapar. Extendieron sus largos cuellos hacia delante y echaron a nadar, batiendo el agua con las patas para mantenerse a flote, con la cabeza erguida.

El Tyrannosaurus rex se lanzó tras ellos, rompiendo las olas y adentrándose en las aguas. Sin embargo, en la persecución de sus presas, las patas del Tyrannosaurus rex se hundieron en el cieno del fondo marino. El musculoso depredador, a diferencia de los Hadrosaurus, no podía nadar y se quedó irremediablemente varado en el fango.

Los Hadrosaurus nadaban aguas adentro y habían escapado a un depredador, pero pronto deberían enfrentarse a otro.

Los dos metros de aleta dorsal gris se alzaron poco a poco de la superficie marina y cruzaron la estela de los reptiles deslizándose en silencio. La corriente que creaba la enorme mole del animal empezó a arrastrar a los Hadrosaurus hacia aguas aún más profundas. Estos, ante el repentino suceso, se dejaron llevar por el pánico. Preferían jugarse sus posibilidades con el Tyrannosaurus, pues en aquellas aguas profundas acechaba una muerte segura. Se volvieron, batiendo las patas y agitando la cola frenéticamente en el agua hasta que se posaron de nuevo sobre el limo tranquilizador.

El Tyrannosaurus rex emitió un gruñido atronador. Con el agua hasta el tórax, el depredador se debatía por no seguir hundiéndose en el blando lecho marino. Los Hadrosaurus se separaron, cada cual en una dirección, y pasaron a quince metros del frustrado cazador, que hizo ademán de lanzarse contra ellos y abrió sus temibles mandíbulas con un aullido de rabia al ver que sus presas escapaban. Los Hadrosaurus salvaron a saltos las olas más pequeñas, ganaron la playa a duras penas y se dejaron caer sobre la arena cálida, incapaces de moverse de puro agotamiento. Desde allí, los dos animales volvieron la cabeza para observar una vez más a su frustrado asesino.

En aquellos momentos, el Tyrannosaurus apenas mantenía su enorme cabeza unos palmos por encima del agua. Loco de rabia, sacudía la cola furiosamente intentando liberar una de las patas traseras. Entonces, de repente, dejó de debatirse y volvió la vista hacia el mar abierto. A través de la bruma gris, hendiendo las oscuras aguas, se acercaba la gran aleta dorsal.

El Tyrannosaurus rex ladeó la cabeza y se quedó absolutamente quieto; de improviso, cuando ya era demasiado tarde, se dio cuenta de que había entrado en los dominios de un cazador superior a él. Por primera y última vez en su vida, el Tyrannosaurus se sintió atenazado por el miedo.

Si el depredador atrapado era la criatura más aterradora que jamás había deambulado por la Tierra, el Carcharodon megalodon era, sin ninguna discusión, el dueño y señor de los mares. Los ojos encarnados del Tyrannosaurus siguieron el desplazamiento de la aleta dorsal gris y notaron el cambio de la corriente causado por la mole invisible que daba vueltas a su alrededor. La aleta desapareció bajo las aguas enturbiadas. El Tyrannosaurus rex emitió un gruñido grave mientras escrutaba la niebla. La imponente aleta dorsal emergió de nuevo. Esta vez fue directamente hacia él y la fiera terrestre rugió y se agitó, abriendo y cerrando las mandíbulas en una protesta inútil.

Desde la playa, los dos Hadrosaurus exhaustos contemplaron cómo su cazador era arrastrado hacia el océano y su cabeza enorme desaparecía bajo las olas con un gran chapoteo. Al cabo de un momento, el Tyrannosaurus rex emergió otra vez y emitió un gemido de agonía en el instante en que las mandíbulas de su cazador aplastaban su caja torácica. Un manantial de sangre brotó de su boca.

El poderoso Tyrannosaurus rex desapareció definitivamente bajo las aguas agitadas teñidas de escarlata. Pasó un largo rato hasta que el mar recuperó la calma. Los Hadrosaurus se incorporaron y se dirigieron lentamente hacia los árboles. De pronto, sobresaltados, se volvieron. Hubo una explosión en el agua y de ella surgió, con el Tyrannosaurus rex atenazado en su boca gigantesca, el gran tiburón de veinte metros. Era casi tres veces mayor que su presa. Su cabeza enorme y su torso musculoso se agitaron en un escorzo como si quisiera mantenerse suspendido sobre las olas. A continuación, en una demostración increíble de fuerza bruta, agitó al reptil de un lado a otro entre sus dientes aserrados, de casi veinticinco centímetros de longitud, enviando una rociada de agua roja y chorros de sangre en todas direcciones. Las veintidós toneladas del Megalodon y su presa mutilada cayeron de nuevo al mar con gran estrépito y levantaron a su alrededor un inmenso muro de agua.

Ningún otro carroñero se acercó al Megalodon mientras comía en las aguas tropicales. El tiburón era un animal de temperamento insociable y territorial. Se apareaba cuando debía y mataba a sus crías cuando tenía ocasión, pues la única amenaza a su dominio procedía de los de su propia especie. Podía adaptarse y sobrevivir a las catástrofes naturales y a los cambios climáticos que causarían la extinción en masa de los reptiles gigantes y de incontables especies de mamíferos prehistóricos. Y, aunque su número acabaría por reducirse, algunos de sus miembros sobrevivirían, aislados del mundo del hombre, cazando en la oscuridad de las profundidades oceánicas.

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