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MELóMANOS

Jacobo Celnik  

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Fragmento

INTRODUCCIÓN

Viviendo en el pasado

We’ll go walking out
While others shout of war’s disaster
Oh, we won’t give in
Let’s go living in the past.

“Living in the Past”, Jethro Tull

Me gusta la música porque en mi casa siempre ha habido música. Mi padre era melómano y atesoraba una gran colección de vinilos que inició desde muy joven. En su gran selección había (hay, porque aún la conservo) música clásica, ópera, música incidental (cuanto disco se editaba de Ray Coniff y Luis Cobos, él lo compraba), rock, bolero, salsa, merengue, tango, música andina, música tropical colombiana, soul, ranchera, disco, balada en español, etc. Descubrí sus discos muy joven, tal vez a los cuatro años. Hay una foto que me delata: estoy sentado al lado de mi abuelo Azriel y tengo un acetato de las Polonesas de Chopin en mis manos. Mi destino se estaba escribiendo desde entonces. Mi abuelo, el de la foto, era polaco, culto, cultísimo, librero y melómano. Su librería Hebrea, ubicada en la calle 17 con 7ª, en el edificio de Colseguros, era un santuario para los lectores y melómanos. También para los amantes del buen tabaco y la pipa. Cada tanto, el abuelo viajaba a Buenos Aires, Lima, Londres y Caracas en busca de bienes culturales. Él, junto con los Ungar, los Lerner y el señor Buchholz, fueron responsables de traerles una visión más amplia del mundo y la vida a los bogotanos. Poetas y escritores como Mario Rivero, Luis Vidales, Álvaro Mutis y José Luis Díaz-Granados eran clientes frecuentes de mi abuelo. José Luis algún día me confesó que dos o tres veces por semana visitaba a mi abuelo porque tenía “los mejores libros, los más selectos y mejor editados y hablar con él era como oír una caja de música”. Lo describió como un sabio con quien podía pasar horas y horas hablando. Así que yo crecí entre los acetatos de mi papá y los libros de mi abuelo.

Descubrí la magia de la música a los once años, cuando hice sonar por mi cuenta, en el equipo de sonido Sony, modelo 78 (que todavía conservo), el disco Now de los Rolling Stones. En 1990 mi abuelo llevaba seis años muerto, pero su legado seguía intacto. Cuando descubrí el poder de la música, emprendí un viaje por la colección de discos de mi padre, que me llevó a escuchar además a The Beatles, Santana y ABBA. Esos son los referentes de mi infancia. Pero mis primeros discos, los que inauguraron mi colección, llegaron por cuenta de una feroz gripa que me dio en abril de 1990. Para mitigar los estragos de la fiebre, la tos y el malestar general, mi mamá me compró dos vinilos en la discotienda Bambuco de Bulevar Niza: Superhéroes de Charly García y una antología de éxitos de Los Prisioneros. Los escuché una y otra vez. Luego llegaron otros elepés de Miguel Mateos, Los Toreros Muertos, Hombres G, La Trinca y una antología de CBS que se llamaba Llena tu cabeza de rock en español. Era normal que esos discos llegaran a mi vida, pues a inicios de la década de los noventa de César Gaviria (dándonos la bienvenida al no-futuro de este país), el rock en español seguía siendo una moda efímera. Digo efímera porque no olvidemos que Pablo Escobar acabó con el boom del rock en español. (Pero esa es otra historia que pueden leer en La causa nacional.)

El caso es que por aquellos días se veía cada vez menos acetatos y empezaba a brillar el CD, aunque no era un producto tan masivo. Sin embargo, poco a poco la gente empezaba a hablar de ellos y de la bondad de su sonido y manipulación. Yo no era ajeno a su visibilidad, pues en Bulevar Niza había varias tiendas de discos: Oma, Bambuco, Prodiscos y La Música. Recuerdo que a mis doce años solía entrar a La Música del primer piso del centro comercial y pasaba un buen rato viendo los compact disc que los tenían exhibidos en el mezanine del local. Tengo en mi memoria la imagen de sostener en mis manos álbumes como The Wall de Pink Floyd y Live at Wembley de Queen. Recuerdo que me gustaba el diseño de las cajas dobles, las más gruesas. Para poder oír los CD se necesitaba de un reproductor externo, que se conectaba como auxiliar al equipo de sonido, o en su defecto un discman, pues todavía no se comercializaban los equipos que traían incorporado el CD. Ambos productos eran costosos y estaban lejos del alcance del presupuesto familiar. Estudié en un colegio en el que era habitual que al regreso de las vacaciones de mitad de año uno que otro de mis compañeros alardeara con esos gadgets. También era normal pedirles esos “juguetes” a mis padres. La respuesta de esos días era: “No, no se puede”. En 1992 llegó un momento muy especial en mi vida: mi Bar Mitzvah. Para quienes no están familiarizados con tradiciones judías, es el equivalente a la primera comunión, un momento trascendental y místico en la vida de todo varón judío. La ceremonia venía acompañada de un agasajo para amigos y familiares. Con mucho esfuerzo, mis padres ofrecieron una hermosa recepción en la sinagoga de la calle 94. Parte de la emoción de ese momento, además de consagrarme como parte activa de la religión judía, era recibir regalos. Era enero de 1992 acababa de cumplir trece años y la vida empezaba a sonreír. Los regalos llegaban de todas las formas: en sobres con dinero, esferos, esferos y más esferos, libros, portarretratos, ropa, dijes y uno que otro accesorio para vivir la vida judía. El dinero casi no lo vi porque terminó en manos de mis padres; lo necesitaban en ese momento. Así que, a cambio, les pedí un reproductor de CD y un par de discos. Ese era mi regalo soñado de ese momen

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