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MEMORIA DE ELEFANTE

António Lobo Antunes  

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Fragmento

un vuelo? La sensación de haber perdido la llave, aunque la conservase en la guantera del automóvil entre papeles manchados de aceite y tubos de comprimidos para dormir, lo hizo experimentar la angustia sin amarras de la soledad absoluta: algo que desconocía y le entorpecía los gestos, le impedía marcar el número que seguía a su nombre en la guía telefónica y pedir socorro a la mujer que amaba y que lo amaba. La crueldad de esa impotencia le subió a los ojos en medio de una neblina de ácido difícil de reprimir como la turbulencia de un eructo. Los dedos de la enfermera llegaron a rozarle levemente el codo:

–Tal vez –dijo ella– haya bumeranes que no regresan. aun así logran mantenerse a flote.

Y al psiquiatra le pareció que acababa de recibir una especie de extremaunción definitiva.

Al bajar las escaleras hacia el Banco distinguió a lo lejos, cerca de la penumbra de sacristía que olía a esmalte de uñas del despacho de las asistentes sociales, criaturas feas y tristes necesitadas ellas mismas de asistencia urgente, un grupo de agentes de propaganda médica estratégicamente ocultos en las jambas de las puertas vecinas, dispuestos a asaltar con torrentes verbosos y a veces letales a los esculapios desprevenidos a su alcance, víctimas inocentes de su simpatía imperativa. El psiquiatra se asemejaba a los vendedores de automóviles en su locuacidad demasiado delicada y bien vestida, hermanos bastardos que se habían desviado, como consecuencia de un oscuro accidente cromosómico de circulación, del linaje de los faros de yodo a las pomadas contra el reumatismo, sin perder, no obstante, la incansable vivacidad solícita original. Le asombraba que aquellos seres mercantes, siempre fieles a la buena educación, dueños de carpetas obesas que llevaban dentro el secreto capaz de transformar a jorobados raquíticos en campeones de triple salto, le dedicasen en abundancia atenciones de Reyes Magos portadores de preciosas ofertas lendarios de plástico a favor de los preservativos antisífilis Donald, el enemigo público número uno del crecimiento demográfico, suave al tacto y con una corona de pelitos afrodisíacos en la base, de juegos de ajedrez en cartulina elogiando discretamente en todas las casas los méritos del jarabe para la memoria Einstein (tres sabores: fresa, piña y filete de lomo), y de pastillas efervescentes que frenaban las diarreas pero soltaban las riendas de la acidez, obligando a los enfermos de los intestinos a preocuparse por los ardores de estómago, manioneral bebidas a pequeños sorbos terapéuticos en las barras de las cafeterías. Los doctores se desprendían de sus encerronas feroces tambaleando bajo el peso de prospectos y de muestras, ebrios de discursos erizados de fórmulas químicas, de posologías y de efectos secundarios, y varios caían exhaustos después de avanzar treinta o cuarenta metros, desparramando a su alrededor los perdigones de píldoras del último suspiro. Un criado indiferente barría sus restos clínicos hacia la fosa común de un cubo de basura abollado, farfullando baladas fúnebres de sepulturero.

Aprovechando la protección de dos policías que escoltaban a un viejo digno con cara de ayudante de notario envuelto en las lonas confusas de una camisa de fuerza, el médico atravesó a salvo la bandada amenazadora de los propagandistas alentándola con el canto de sirena de las sonrisas unísonas, desplegadas como acordeones en las mejillas obsequiosas: una mañana de estas, pensó, me ahogan en

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