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MEMORIAS DE HIELO (MALAZ: EL LIBRO DE LOS CAíDOS 3)

Steven Erikson  

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Fragmento

Dramatis Personae

Caravasares

Rezongo: escolta de caravanas

Piedra Menackis: escolta de caravanas

Harllo: escolta de caravanas

Buke: escolta de caravanas

Bauchelain: explorador

Korbal Espita: su compañero silencioso

Emancipor Reese: sirviente

Keruli: mercader

Mármol: hechicero

En Capustan

Brukhailan: espada mortal de la Revelación de Fener (de los Espadas Grises)

Itkovian: yunque del escudo de la Revelación de Fener (de los Espadas Grises)

Karnadas: destriant de la Revelación de Fener (de los Espadas Grises)

Recluta Velbara: de los Espadas Grises

Sargento mayor Norul: de los Espadas Grises

Farakalian: de los Espadas Grises

Nakalian: de los Espadas Grises

Torun: de los Espadas Grises

Sidlis: de los Espadas Grises

Nilbanas: de los Espadas Grises

Jelarkan: príncipe y gobernador de Capustan

Arard: príncipe y gobernador en ausencia de Coral

Rath’Fener: sacerdote del Consejo de Máscaras

Rath’Tronosombrío: sacerdote del Consejo de Máscaras

Rath’Reina de los Sueños: sacerdotisa del Consejo de Máscaras

Rath’Embozado: sacerdote del Consejo de Máscaras

Rath’D’rek: sacerdote del Consejo de Máscaras

Rath’Trake: sacerdote del Consejo de Máscaras

Rath’Ascua: sacerdotisa del Consejo de Máscaras

Rath’Togg: sacerdote del Consejo de Máscaras

Rath’Fanderay: sacerdotisa del Consejo de Máscaras

Rath’Dessembrae: sacerdotisa del Consejo de Máscaras

Rath’Oponn: sacerdote del Consejo de Máscaras

Rath’Beru: sacerdote del Consejo de Máscaras

Hueste de Unbrazo

Dujek Unbrazo: comandante del ejército renegado malazano

Whiskeyjack: segundo al mando del ejército renegado malazano

Torzal: comandante de los moranthianos negros

Artanthos: portaestandarte del ejército renegado malazano

Barack: oficial de enlace

Hareb: capitán de noble cuna

Ganoes Paran: capitán, Abrasapuentes

Azogue: sargento, séptimo pelotón, Abrasapuentes

Rapiña: cabo, séptimo pelotón, Abrasapuentes

Detoran: soldado, séptimo pelotón

Eje: mago y zapador, séptimo pelotón

Mezcla: soldado, séptimo pelotón

Mazo: sanador, noveno pelotón

Seto: zapador, noveno pelotón

Trote: soldado, noveno pelotón

Ben el Rápido: mago, noveno pelotón

Sinsentido: cabo de los Abrasapuentes

Bucklund: sargento de los Abrasapuentes

Redrojo: zapador de los Abrasapuentes

Mantillo: sanador de los Abrasapuentes

Perlazul: mago de los Abrasapuentes

Zancas: mago de los Abrasapuentes

Deditos: mago de los Abrasapuentes

Hueste de Brood

Caladan Brood: caudillo del ejército de liberación de Genabackis

Anomander Rake: Señor de Engendro de Luna

Kallor: el rey supremo, segundo al mando de Brood

La Mhybe: matrona de las tribus rhivi

Zorraplateada: la renacida rhivi

Korlat: soletaken tiste andii

Orfantal: hermano de Korlat

Hurlochel: escolta del ejército de liberación

Arpía: Gran Córvida y compañera de Anomander Rake

Los barghastianos

Humbrall Taur: caudillo del clan Caras Blancas

Hetan: su hija

Cafal: su hijo mayor

Netok: su hijo menor

Enviados de Darujhistan

Coll: embajador

Estraysian D’Arle: consejero

Baruk: alquimista

Kruppe: ciudadano

Murillio: ciudadano

Los t’lan imass

Kron: gobernante de los kron t’lan imass

Cannig Tol: jefe de clan

Bek Okhan: invocahuesos

Pran Chole: invocahuesos

Okral Lom: invocahuesos

Bendal Home: invocahuesos

Ay Estos: invocahuesos

Olar Ethil: primera invocahuesos y primera soletaken

Tool el Desgarrado: antigua primera espada

Kilava: invocahuesos renegada

Lanas Tog: de los kerluhm t’lan imass

El Dominio Painita

El Vidente: sacerdote rey del Dominio

Ultentha: septarca de Coral

Kulpath: septarca del ejército sitiador

Inal: septarca de Lest

Anaster: hijo tenescowri de la Semilla de los Muertos

Videntedeldominio Kahlt

Otros

K'rul: dios ancestral

Draconus: dios ancestral

Hermana de las Noches Frías: diosa ancestral

Lady Envidia: residente de Alborada

Gethol: heraldo

Treach: Primer Héroe (el Tigre del Verano)

Toc el Joven: Aral Fayle, escolta malazano

Garath: un perro grande

Baaljagg: una loba más grande todavía

Mok: seguleh

Thurule: seguleh

Senu: seguleh

El Encadenado: ascendente desconocido (también conocido como el Dios Tullido)

La bruja de Tennes

Munug: artesano daru

Talamandas: monigote barghastiano

Ormulogun: artista de la hueste de Unbrazo

Gumble: su crítico

Haradas: jefa de caravanas del Gremio de Mercaderes de Trygalle

Azra Jael: marine de la hueste de Unbrazo

Paja: Irregular de Mott

Pocilga: Irregular de Mott

Muñón: Irregular de Mott

Negado Tronco: Irregular de Mott

Prólogo

Las antiguas guerras de los t’lan imass y los jaghut hicieron pedazos el mundo. Ejércitos inmensos se enfrentaron en las tierras asoladas, los muertos se apilaban y sus huesos se convertían en los huesos de las colinas, su sangre derramada en la sangre de los mares. La hechicería bramó hasta que el propio firmamento estalló en llamas...

Historias antiguas, vol. I,

Kinicik Karbar’n

I

Maeth’ki Im (Pogrom de la flor putrefacta), trigésimo tercera Guerra Jaghut

298.665 años antes del Sueño de Ascua

Las golondrinas atravesaban como flechas las nubes de mosquitos que danzaban sobre las marismas. El cielo del pantano seguía gris, pero había perdido ese destello veleidoso del invierno y la brisa cálida que suspiraba sobre la tierra asolada contenía el aroma de la curación.

Lo que antaño había sido el mar interior de agua dulce que los imass llamaban Jaghra Til (nacido de los añicos en los que se habían roto los campos helados jaghut) agonizaba ya. El cielo encapotado y pálido se reflejaba en charcos cada vez más pequeños y en trechos de agua que apenas llegaban a la rodilla y que se extendían por el sur hasta donde alcanzaba la vista pero, no obstante, era la tierra recién nacida la que dominaba el paisaje.

La disolución de la hechicería que había provocado la era glacial le devolvió a la región sus antiguas estaciones naturales, pero todavía persistían los recuerdos de aquel hielo alto como una montaña. Al norte, el lecho de roca expuesto estaba excavado y raspado, con las cuencas llenas de cantos rodados. En los pesados sedimentos que habían sido el lecho del mar interior seguían borboteando los gases que se escapaban a medida que la tierra, liberada ocho años atrás del enorme peso del paso de los glaciares, continuaba su lento ascenso.

La vida de Jaghra Til no había sido muy larga pero los sedimentos que se habían asentado en el fondo eran densos. Y traicioneros.

Pran Chole, invocahuesos del clan de Cannig Tol, entre los kron t'lan imass, permanecía sentado e inmóvil sobre un peñasco casi enterrado en la cumbre de una antigua playa. La bajada que tenía delante estaba salpicada de hierbas bajas y ásperas y maderas marchitas. A diez metros de él, la tierra caía un poco y luego se extendía hasta una amplia cuenca de barro.

Tres ranag se habían quedado atrapados en un pozo pantanoso a unos quince metros de la cuenca. Un macho, su compañera y su cría, colocados en un patético círculo defensivo. Enfangados y vulnerables, debían de haberle parecido presas fáciles a la manada de ay que los encontró.

Pero la tierra era traicionera y los grandes lobos de la tundra habían sucumbido al mismo destino que los ranag. Pran Chole contó seis ay, incluyendo un cachorro de menos de un año. Las huellas indicaban que otro cachorro había rodeado el pozo docenas de veces antes de alejarse hacia el oeste, condenado sin duda a morir en soledad.

¿Cuánto tiempo había pasado desde que había ocurrido ese drama? No había forma de saberlo. El cieno se había endurecido sobre los ranag y los ay por igual y había formado capas de arcilla con una celosía de grietas. Asomaban manchas de un color verde brillante allí donde habían germinado las semillas traídas por el viento. Al invocahuesos le recordó sus visiones, cuando caminaba en el mundo de los espíritus; una hueste de detalles mundanos retorcidos hasta quedar convertidos en algo irreal. Para las bestias, la lucha se había hecho eterna, cazadores y cazados enzarzados hasta el fin de los tiempos.

Alguien se acercó sin ruido y se agachó a su lado.

Los ojos ambarinos de Pran Chole permanecieron fijos en aquella estampa congelada en el tiempo. El ritmo de los pasos le dijo al invocahuesos quién era su compañero y no tardaron en llegar los olores cálidos que lo identificaban tan bien como si hubiera posado los ojos en él.

Habló entonces Cannig Tol.

—¿Qué yace bajo la arcilla, invocahuesos?

—Solo lo que ha moldeado la propia arcilla, jefe de clan.

—¿No ves ningún presagio en esas bestias?

Pran Chole sonrió.

—¿Y tú?

Cannig Tol consideró la respuesta un momento antes de contestar.

—Los ranag han desaparecido de estas tierras. Al igual que los ay. Vemos ante nosotros una batalla antigua. Son alegatos profundos que conmueven mi alma.

—La mía también —admitió el invocahuesos.

—Cazamos a los ranag hasta que dejaron de existir y eso mató de hambre a los ay, pues también habíamos cazado a los tenag hasta que ellos también dejaron de existir. Los agkor que caminan con los bhederin no quisieron compartir su alimento con los ay y ahora la tundra está vacía. De eso deduzco que nos excedimos en nuestra caza y fuimos irreflexivos.

—Y, sin embargo, la necesidad de alimentar a nuestras propias crías...

—La necesidad de más crías era grande.

—Sigue siéndolo, jefe de clan.

Cannig Tol gruñó.

—Los jaghut eran poderosos en estas tierras, invocahuesos. No huyeron, al principio no. Sabes la sangre imass que costó.

—Y la tierra da fruto para responder a ese coste.

—Para servir a nuestra guerra.

—Así, las profundidades se agitan.

El jefe de clan asintió y se quedó en silencio.

Pran Chole esperó. En las palabras que compartían seguían trazando la piel de las cosas. Todavía había que revelar el músculo y el hueso. Pero Cannig Tol no era tonto y la espera no fue larga.

—Somos como esas bestias.

Los ojos del invocahuesos se deslizaron por el horizonte del sur y se entornaron.

—Somos la arcilla —continuó Cannig Tol— y nuestra guerra interminable contra los jaghut es la bestia que lucha debajo. La superficie queda modelada por lo que yace debajo. —Señaló con una mano—. Y ahora, ante nosotros, en esas criaturas que se van convirtiendo poco a poco en piedra, se halla la maldición de la eternidad.

Todavía quedaba más. Pran Chole no dijo nada.

—Ranag y ay —resumió Cannig Tol—. Casi desaparecidos del reino mortal. Cazadores y cazados a la vez.

—Hasta los mismos huesos —susurró el invocahuesos.

—Ojalá hubieras visto un presagio —murmuró el jefe de clan al levantarse.

Pran Chole también se estiró.

—Ojalá —asintió con un tono que solo fue un eco vago de las palabras irónicas de Cannig Tol.

—¿Estamos cerca, invocahuesos?

Pran Chole se miró la sombra y estudió la silueta astada, la figura insinuada bajo la capa de piel, el cuero raído y el tocado. El ángulo del sol lo hacía parecer alto, casi tan alto como un jaghut.

—Mañana —dijo—. Se están debilitando. Una noche de viaje los debilitará todavía más.

—Bien. Entonces montaremos el campamento aquí esta noche.

El invocahuesos escuchó a Cannig Tol, que regresaba a donde esperaban los demás. Con la oscuridad, Pran Chole saldría a caminar con los espíritus. Por la tierra que susurraba, en busca de los suyos. Su presa se debilitaba, pero el clan de Cannig Tol estaba más débil todavía. Quedaban menos de una docena de adultos. Cuando se perseguía a los jaghut, la distinción entre cazador y cazado carecía de significado.

Levantó la cabeza y olió el aire crepuscular. Otro invocahuesos vagaba por aquellas tierras. La mácula era inconfundible. Se preguntó quién era, se preguntó por qué viajaba solo, despojado de clan y familia. Y supo que al igual que él había presentido la presencia del otro, el otro, a su vez, había presentido la suya; se preguntó por qué no los había buscado todavía.

La mujer se alzó del barro y se dejó caer en la orilla de arena; respiraba con dificultad, con jadeos pesados y forzados. Su hijo y su hija se liberaron de sus brazos de plomo y se arrastraron por el modesto montecillo de la isla.

La madre jaghut bajó la cabeza hasta apoyar la frente en la arena fresca y húmeda. La grava se apretaba contra la piel de su frente con una insistencia cruda. Las quemaduras eran demasiado recientes para haberse curado y no era probable que llegaran a hacerlo, estaba vencida y la muerte solo tenía que aguardar la llegada de sus cazadores.

Al menos eran competentes. Los imass no eran aficionados a la tortura. Un golpe rápido y fatal. Uno para ella y luego sus hijos. Y con ellos, con esa familia exigua y andrajosa, los últimos jaghut se desvanecerían del continente. La clemencia llegaba bajo muchos disfraces. Si no se hubieran unido para encadenar a Raest, todos ellos (imass y jaghut por igual) se habrían encontrado de rodillas ante aquel tirano. Una tregua temporal de conveniencia. La mujer había comprendido lo suficiente como para huir una vez que se hubo encadenado al tirano; había sabido, incluso entonces, que el clan imass reanudaría la persecución.

La madre no sentía amargura, pero no por ello estaba menos desesperada.

Al sentir una nueva presencia en la pequeña isla, la mujer levantó la cabeza de golpe. Sus hijos se habían quedado inmóviles y contemplaban aterrorizados a la mujer imass que se alzaba ante ellos. La madre entrecerró los ojos grises.

—Muy lista, invocahuesos. Mis sentidos buscaban solo a los que dejamos atrás. Muy bien, acaba de una vez.

La mujer, joven y de cabello negro, sonrió.

—¿No regateas, jaghut? Vosotros siempre buscáis tratos para salvar las vidas de vuestros hijos. ¿Es que has roto ya los lazos con estos dos? Parecen muy pequeños todavía.

—No tiene sentido hacer tratos. Los que son como tú nunca acceden a ellos.

—No; con todo, los que son como tú lo intentan.

—Yo no. Así que mátanos. Que sea rápido.

La imass vestía la piel de una pantera. Tenía los ojos igual de negros que la bestia y parecían rielar como la piel del animal bajo la luz moribunda. Parecía bien alimentada y los pechos grandes e hinchados indicaban que no hacía mucho había dado a luz.

La madre jaghut no supo leer la expresión de la mujer, solo que carecía de la típica certeza lúgubre que se solía asociar con los rostros extraños y redondeados de los imass.

Habló entonces la invocahuesos.

—Ya tengo suficiente sangre jaghut en las manos. Te dejo al clan Kron, que no tardará en encontrarte mañana.

—A mí —gruñó la madre— me da igual quién nos mata, solo que nos matáis.

La amplia boca de la mujer hizo una mueca.

—Te comprendo.

El cansancio amenazaba con aplastar a la madre jaghut, pero consiguió enderezarse y sentarse.

—¿Qué quieres? —preguntó entre jadeos.

—Ofrecerte un trato.

La madre jaghut contuvo el aliento, se quedó mirando los ojos oscuros de la invocahuesos, pero no vio burla alguna. Su mirada recayó entonces, durante el más breve de los momentos, en sus hijos, después alzó de nuevo la cabeza para sostener la mirada de la otra mujer.

La imass asintió poco a poco.

En algún momento había aparecido una grieta en la tierra, una herida de tal profundidad que había parido un río fundido lo bastante ancho como para extenderse de un horizonte a otro. Inmenso y negro, el río de piedra y cenizas se extendía hacia el sur y bajaba al mar distante. Solo las plantas más pequeñas habían conseguido encontrar arraigo y el avance de la invocahuesos, con un niño jaghut en cada brazo, levantaba nubes sofocantes de polvo que quedaban flotando, inmóviles, a su paso.

Le pareció que el niño tendría unos cinco años, su hermana quizá cuatro. Ninguno parecía consciente del todo de lo que estaba ocurriendo y era obvio que ninguno había entendido a su madre cuando se había despedido de ellos con un abrazo. La larga huida por L’amath y el cruce del Jaghra Til los había sumido a los dos en la conmoción. Sin duda, presenciar la espantosa muerte de su padre tampoco había ayudado mucho.

Se aferraban a ella con manitas mugrientas, lúgubres recordatorios del hijo que había perdido tan poco tiempo atrás. Ambos niños no tardaron en comenzar a mamar de sus pechos, señal inconfundible de un hambre desesperada. Tras alimentarse, los pequeños no tardaron en quedarse dormidos.

El flujo de lava disminuía a medida que se acercaba a la costa. Una cordillera de colinas se alzaba y fundía con las lejanas montañas de su derecha. Una llanura plana se extendía directamente ante ella y terminaba en una cumbre a media legua de distancia. Aunque no podía verlo, la mujer sabía que justo al otro lado de la cumbre, la tierra descendía hasta el mar. La llanura en sí estaba marcada por montecillos regulares y la invocahuesos se detuvo a estudiarlos. Los montículos estaban dispuestos en círculos concéntricos y en el centro había una cúpula más grande cubierta por entero de un manto de lava y cenizas. El diente podrido de una torre en ruinas se alzaba al borde de la llanura, en la base de la primera línea de colinas. Entre esas colinas, como había observado la primera vez que había visitado el lugar, había espacios demasiado regulares como para ser naturales.

La invocahuesos levantó la cabeza. Los aromas que se mezclaban eran inconfundibles, uno antiguo y muerto, el otro... algo menos. El niño se removió entre sus brazos pero no despertó.

—Ah —murmuró la mujer—, tú también lo sientes.

Rodeó la llanura y se dirigió a la torre ennegrecida.

La puerta de la senda no estaba lejos del edificio irregular, suspendida en el aire a unas seis veces su altura. La mujer la vio como un verdugón rojo, algo dañado pero que ya no sangraba. No reconoció la senda, el antiguo daño oscurecía las características del portal. Una oleada de inquietud la atravesó como un cosquilleo.

La invocahuesos dejó a los niños junto a la torre y después se sentó en un bloque de escombros. Posó los ojos en los dos pequeños jaghut, todavía acurrucados en sueños, echados en sus camitas de ceniza.

—¿Qué alternativa hay? —susurró—. Tiene que ser Omtose Phellack. Desde luego no es Tellann. ¿Starvald Demelain? Poco probable. —La llanura atrajo sus ojos, que se entrecerraron sobre los anillos de montículos—. ¿Quién vivía aquí? ¿Quién más tenía por costumbre construir con piedra? —Se quedó callada un largo rato y después volvió a contemplar las ruinas—. Esta torre es la prueba definitiva, pues no es otra cosa que jaghut y ellos no levantarían una estructura así tan cerca de una senda hostil. No, la puerta es Omtose Phellack. Tiene que serlo.

Con todo, había riesgos adicionales. Un jaghut adulto que se encontrara en la senda y que se topara con dos niños que no fueran de su sangre tanto podía matarlos como adoptarlos.

—Entonces, que su sangre manche las manos de otro, las de un jaghut. —Escaso consuelo, la distinción. Da igual quién nos mata, solo que nos matáis. El aliento siseó entre los dientes de la mujer—. ¿Qué alternativa hay? —preguntó otra vez.

Los dejaría dormir un poco más. Después los mandaría por la puerta. Se lo diría al niño: Cuida de tu hermana. El viaje no será largo. Y luego a los dos: Vuestra madre os espera detrás. Era mentira, pero los niños tendrían que ser valientes. Si ella no os encuentra, lo hará alguien de su familia. Id ya, a un lugar seguro, a la salvación.

Después de todo, ¿qué podría ser peor que la muerte?

Se levantó cuando se acercaron. Pran Chole probó el aire y torció el gesto. La jaghut no había desvelado su senda. Y lo que era más desconcertante, ¿dónde estaban sus hijos?

—Nos recibe muy serena —murmuró Cannig Tol.

—Cierto —asintió el invocahuesos.

—No me inspira confianza, deberíamos matarla de inmediato.

—Desea hablar con nosotros —dijo Pran Chole.

—Un riesgo mortal para aplacar su deseo.

—No voy a contradecirte, jefe de clan. Con todo... ¿qué ha hecho con sus hijos?

—¿No los percibes?

Pran Chole negó con la cabeza.

—Prepara a tus lanceros —dijo al tiempo que se adelantaba.

Había paz en los ojos de la mujer, una aceptación tan clara de su propia e inminente muerte que conmocionó al invocahuesos. Pran Chole atravesó un agua que le llegaba a las pantorrillas y subió a la orilla arenosa de la isla para enfrentarse cara a cara con la jaghut.

—¿Qué has hecho con ellos? —preguntó.

La madre sonrió, los labios se apartaron y revelaron sus colmillos.

—Se han ido.

—¿Adónde?

—Lejos de tu alcance, invocahuesos.

Pran Chole arrugó todavía más el entrecejo.

—Estas son nuestras tierras. Aquí no hay lugar alguno que esté fuera de nuestro alcance. ¿Es que los has asesinado tú con tus propias manos?

La jaghut ladeó la cabeza y estudió al imass.

—Siempre había creído que estabais unidos en vuestro odio por nuestra especie. Siempre había creído que conceptos como la compasión y la piedad eran ajenos a vuestra naturaleza.

El invocahuesos se quedó mirando a la mujer un buen rato, después bajó la mirada, abandonó a la mujer y examinó el suelo blando de arcilla.

—Aquí ha estado un imass —dijo—. Una mujer. La invocahuesos... —La que no pude encontrar en mi paseo con los espíritus. La que optó por no ser encontrada—. ¿Qué ha hecho?

—Ha explorado esta tierra —respondió la jaghut—. Ha encontrado una puerta muy al sur. Es Omtose Phellack.

—Me alegro —dijo Pran Chole— de no ser madre. —Y tú, mujer, deberías alegrarte de que tampoco sea cruel. Hizo un gesto. Unas lanzas pesadas pasaron como rayos junto al invocahuesos. Seis puntas de sílex, largas y acanaladas, perforaron la piel que cubría el pecho de la jaghut. La mujer se tambaleó y luego se derrumbó entre un estrépito de varas.

Así terminó la trigésimotercera Guerra Jaghut.

Pran Chole giró en redondo.

—No tenemos tiempo para hacer una pira. Debemos dirigirnos al sur. Rápido.

Cannig Tol se adelantó mientras sus guerreros iban a recuperar sus armas. El jefe de clan entrecerró los ojos y miró al invocahuesos.

—¿Qué te inquieta?

—Una invocahuesos renegada se ha llevado a los niños.

—¿Al sur?

—A Alborada.

El jefe de clan arrugó el ceño.

—La renegada quiere salvar a los hijos de esta mujer. La renegada cree que el Desgarro es Omtose Phellack.

Pran Chole vio que la cara de Cannig Tol se quedaba sin sangre.

—Ve a Alborada, invocahuesos —susurró el jefe de clan—. No somos crueles. Ve ya.

Pran Chole se inclinó y lo envolvió la senda Tellann.

Una levísima liberación de su poder levantó a los dos pequeños jaghut y los alzó hasta la boca de la entrada. La niña gritó un momento antes de alcanzarla, un gemido de añoranza que buscaba a su madre, a la que imaginaba dentro, aguardándola. Después se desvanecieron en el interior dos pequeñas figuras.

La invocahuesos suspiró y continuó mirando las alturas en busca de alguna prueba de que algo hubiera ido mal en el paso. Pero parecía que no se había reabierto ninguna herida y que del portal no brotaba ningún torrente de poder salvaje. ¿Tenía un aspecto diferente? La mujer no estaba segura. Aquel era territorio nuevo para ella; no le quedaba nada de aquella profunda sensibilidad que había conocido toda su vida entre las tierras del clan Tarad, en el corazón del Primer Imperio.

La senda Tellann se abrió tras ella. La mujer se dio la vuelta momentos antes de transformarse en su forma soletaken.

Apareció de repente, de un salto, un zorro ártico que frenó al verla y después regresó a su forma imass. La mujer vio ante ella a un hombre joven, la piel de su animal tótem le cubría los hombros y lucía un tocado de cuernas bastante estropeado. La expresión del hombre era temerosa, pero no la miraba a ella sino al portal que tenía detrás.

La mujer sonrió.

—Te saludo, compañero invocahuesos. Sí, los he enviado al otro lado. Están fuera del alcance de tu venganza y eso me complace.

Los ojos ambarinos del hombre se clavaron en ella.

—¿Quién eres? ¿De qué clan?

—He dejado mi clan pero en otro tiempo se me contaba entre los logros. Me llamo Kilava.

—Deberías haber dejado que te encontrara anoche —dijo Pran Chole—. Podría haberte convencido entonces de que una muerte rápida era el mayor favor que se les podría haber hecho a esos niños, más de lo que tú has hecho, Kilava.

—Son lo bastante pequeños como para que alguien los adopte...

—Has venido a un lugar llamado Alborada —repuso Pran Chole con tono gélido—. A las ruinas de una antigua ciudad...

—Jaghut.

—¡Jaghut no! Esta torre sí, pero se construyó much

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