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MEMORIAS DE UNA SUPERVIVIENTE

Doris Lessing  

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Fragmento

Todos recordamos esa época. No fue distinta para mí que para otros. Sin embargo hoy nos contamos una y otra vez las particularidades de los hechos vividos y, al repetirlos y escucharlos, es como si dijéramos: «¿Fue así, también, para ti? En ese caso, eso lo confirma, sí, así fue, así debe de haber sucedido, seguramente, no lo imaginé». Competimos y disputamos, como gente que ha visto seres extraordinarios durante un viaje: «¿Viste ese gran pez azul? Ah, el que tú viste era amarillo». En cambio, el mar que cruzamos fue el mismo, el período prolongado de malestar y tensión, antes del fin, el mismo para todos, en todas partes: en los sectores que conformaban nuestras ciudades, las calles, los grupos de altos edificios de apartamentos, en los hoteles, como también en las ciudades, las naciones, los continentes... Es verdad, admito que hay imágenes bastante exageradas, cuando consideramos los hechos a que me refiero, imágenes como peces extraños, océanos y demás. Tal vez no estaría fuera de lugar mencionar aquí la forma en que todos, todos nosotros, tendemos a contemplar un período de la vida a través de una serie de sucesos, para encontrar en ellos mucho más de lo que encontramos en el momento en que se registraron. Esto es verdad, aun en cuanto a hechos tan desalentadores como los desperdicios dejados en los parques después de una fiesta popular. La gente compara impresiones como si deseara, o esperara, la confirmación de algo que los hechos en sí no autorizaron, ni mucho menos algo que, en apariencia, excluyeron del todo. ¿La felicidad? Palabra que he tomado en determinadas épocas de mi vida para examinarla, aunque nunca la vi mantener su forma. ¿Un significado, entonces, un propósito? De todos modos, el pasado, visto en retrospectiva desde mi estado de ánimo actual, aparece empapado en una sustancia que antes le era, aparentemente, ajena, extraña a mi vivencia del mismo. ¿Es posible que esta sea la esencia de la verdadera memoria? Nostalgia no, no me refiero a ella; al ansia, al lamento, a ese escozor lleno de ponzoña. Tampoco se trata de la importancia que cada uno de nosotros intenta incorporar a tan poco significativo pasado: «Yo estaba allí, ¿sabes? Yo lo presencié».

Es, no obstante, esta propensión nuestra la que tal vez me permite las metáforas fantásticas. De verdad vi peces en ese mar, como si las ballenas y los delfines hubiesen decidido mostrarse de color escarlata y verde, pero yo no comprendiese el momento que estaba viviendo e ignorase, con seguridad, hasta qué punto mi experiencia personal era común, compartida. Esto es lo que, al mirar hacia el pasado, reconocemos en primer término: nuestras semejanzas, no nuestras diferencias.

Una de las cosas que, según sabemos ahora, era verdad para todos, aunque cada uno de nosotros, para nuestros adentros, lo considerara prueba de una originalidad de la mente conservada con empeño, era el hecho de captar lo que ocurría por medios no siempre oficiales. Ni respetables. Las noticias de la radio y los periódicos, así como los discursos, eran lo que estábamos habituados a oír, y que distábamos mucho de despreciar. Sin ellos nos habríamos sentido deprimidos, angustiados, ya que indudablemente es necesario contar con el sello de lo oficial, en particular en momentos en que nada marcha conforme a lo previsto. La verdad es que cada uno de nosotros advirtió, en algún punto, que no era en las fuentes oficiales donde obteníamos los hechos que luego elaborábamos para formar imágenes muy diferentes de las publicadas. Las series de palabras cristalizaban los hechos para formar un cuadro, casi una narración: «Y entonces sucedió esto y fulano de tal dijo...». pero cada vez más a menudo se dejaban caer estas palabras en el curso de una conversación casual y aun surgían cuando estaba uno a solas. «Sí, desde luego», pensábamos a solas. «Esto es. Lo sé desde hace tiempo. Lo que pasa es que no lo oí contar en realidad, en tales términos, que no capté...»

Las actitudes frente a la autoridad, frente a Ellos, simplemente, eran cada vez más contradictorias y todos imaginábamos estar viviendo en una comunidad particularmente anarquista. Sin duda no era así. En todas partes sucedía lo mismo. Pero quizá sería mejor desarrollar este punto más adelante, y detenerme aquí tan solo para comentar que el uso de las formas impersonales es siempre un signo de crisis, de ansiedad colectiva. Hay un abismo entre: «¿Por qué diablos tienen que ser tan incompetentes?» y «¡Las cosas están muy mal!», igual que «Las cosas están muy mal» no es lo mismo que «Conque también está empezando aquí», u «¿Oíste algo más sobre ello?».

Comenzaré esta crónica en la época anterior a que todos empezáramos a hablar de «ello». Estábamos todavía en la etapa de malestar generalizado. Las cosas no marchaban bien y aun podría haberse dicho que marchaban mal. Muchas cosas marchaban mal, se desmoronaban, cedían, o bien «daban motivos de alarma», según lo expresaban los noticiarios de la radio. No obstante, «ello», con la acepción de algo vivido como amenaza inmediata, que no podíamos conjurar, no.

Vivía yo en un bloque de apartamentos, uno entre varios semejantes. Ocupaba la planta baja, al nivel del suelo; no como si estuviera en una aldea aérea con senderos invisibles trazados entre ventana y ventana y con ojos inquisitivos e interrogantes de aves que surcaban sus propios caminos, mientras el tráfico y el quehacer humano se desplegaban lejos, abajo. Por el contrario, yo era una de quienes miraban hacia arriba, imaginando cómo serían las cosas allá, en lo alto, en las regiones superiores donde las puertas daban a los ascensores colectivos y con ellos hacia abajo, abajo, hacia el ruido del tránsito, hacia el olor de las sustancias químicas y de la vida vegetal, hacia la calle. No eran apartamentos construidos por las autoridades municipales, con fachadas garabateadas, ascensores orinados y las paredes de los vestíbulos embadurnadas con excremento. No estaban en las calles verticales de los pobres, sino que habían sido construidos por la inversión privada y eran, por lo tanto, sólidos, ampliamente arraigados en la tierra valiosa, la tierra que en otros tiempos fue valiosa. Las paredes eran espesas, construidas para las familias que podían permitirse pagar su independencia del ruido y la promiscuidad. En la entrada había un vestíbulo amplio y alfombrado. Había incluso plantas, artificiales pero bonitas. Teníamos un portero. Estos edificios daban las pautas de lo que debían ser los edificios en cuanto a solidez y decoro.

Sin embargo, en aquella época, con tanta gente alejada de la ciudad, las familias que vivían en ellos ya no pertenecían en su totalidad a la clase para la que estaban destinados. Así como durante años, a través de las corroídas calles de los pobres, las casas habían sido ocupadas por intrusos que se instalaban en ellas en familias o en grupos de familias, de tal manera que durante largo tiempo fue imposible decir «este es un barrio de clase trabajadora, esto es homogéneo», igualmente, en esas grandes viviendas ocupadas en un tiempo exclusivamente por gentes acomodadas, profesionales y hombres de negocios, había ahora familias de las clases pobres. La situación se reducía al hecho de que un apartamento o una casa pertenecía a quienes tenían la iniciativa de mudarse a ellos. Así pues, en los pasillos y vest

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