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MENTIRAS DE SANGRE

Mary Higgins Clark  

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Fragmento

Índice
Mentiras de sangre Agradecimientos Capítulo 1 Capítulo 2 Capítulo 3 Capítulo 4 Capítulo 5 Capítulo 6 Capítulo 7 Capítulo 8 Capítulo 9 Capítulo 10 Capítulo 11 Capítulo 12 Capítulo 13 Capítulo 14 Capítulo 15 Capítulo 16 Capítulo 17 Capítulo 18 Capítulo 19 Capítulo 20 Capítulo 21 Capítulo 22 Capítulo 23 Capítulo 24 Capítulo 25 Capítulo 26 Capítulo 27 Capítulo 28 Capítulo 29 Capítulo 30 Capítulo 31 Capítulo 32 Capítulo 33 Capítulo 34 Capítulo 35 Capítulo 36 Capítulo 37 Capítulo 38 Capítulo 39 Capitulo 40 Capítulo 41 Capítulo 42 Capítulo 43 Capítulo 44 Capítulo 45 Capítulo 46 Capítulo 47 Capítulo 48 Capítulo 49 Capitulo 50 Capítulo 51 Capítulo 52 Capítulo 53 Capítulo 54 Capítulo 55 Capítulo 56 Capítulo 57 Capítulo 58 Capítulo 59 Capítulo 60 Capítulo 61 Capítulo 62 Capítulo 63 Capítulo 64 Capítulo 65 Capítulo 66 Capítulo 67 Capítulo 68 Capítulo 69 Capítulo 70 Capítulo 71 Capítulo 72 Capítulo 73 Capítulo 74 Capítulo 75 Capítulo 76 Capítulo 77 Capítulo 78 Capítulo 79 Capítulo 80 Capítulo 81 Créditos Notas cover portadilla

Para mi hija menor, Patricia Mary Clark, «Patty»,

cuyo ingenio, capacidad de recuperación y encanto

han iluminado nuestra vida.

Con amor

Agradecimientos

En mi último libro escribí sobre el milagro médico de un trasplante de corazón, cuyo receptor podría haber adquirido ciertas características del donante.

Esta historia trata de un milagro distinto, uno que la ciencia médica no puede explicar. La primavera pasada asistí a la ceremonia de beatificación de una religiosa que fundó siete hospitales para ancianos y enfermos, de quien se dice que salvó la vida de un niño mediante el poder de la plegaria.

Durante aquella preciosa ceremonia, decidí que quería que ese tema formara parte de la novela que iba a escribir. El resultado ha sido un viaje revelador..., que espero que compartáis y disfrutéis.

Como siempre, estoy en deuda con los fieles mentores y amigos, que me allanan el camino mientras trabajo en el ordenador.

El hecho de que Michael Korda haya sido mi editor durante treinta y cinco años, ha sido un motivo constante de alegría. De la primera a la última página, sus consejos, ánimo y entusiasmo han sido una fuente inagotable de fortaleza.

Amanda Murray, editora jefe, nos ha acompañado en cada paso del camino con sus aportaciones y sus acertadas propuestas.

Gracias, como siempre, a Gypsy da Silva, directora adjunta de revisión y corrección de textos; a mi publicista, Lisl Cade; y a Irene Clark, Agnes Newton y Nadine Petry, que revisaron mi manuscrito. Qué gran equipo tengo.

Muchas gracias a Patricia Handal, coordinadora del Cardinal Cooke Guild, por su ayuda inestimable y generosa cuando hablamos del proceso de canonización.

Muchas gracias al detective Marco Conelli por contestar a mis preguntas sobre el procedimiento policial.

Gracias también al abogado de patentes Gregg A. Paradise, que me orientó sobre dicha legislación, elemento importante en esta historia.

Ya es hora de que le dé las gracias al maravilloso fotógrafo Bernard Vidal, que durante veinte años ha viajado desde París para hacerme la foto de la cubierta, y a Karem Alsina, cuya maestría en el arte de la peluquería y el maquillaje permite que, año tras año, yo aparezca con la mejor de mis sonrisas en la contraportada de mi último libro.

Ningún logro tendría el menor sentido si no lo compartiera con mi marido, John Conheeney, esposo extraordinario, y con nuestros hijos y nietos. Ya sabéis lo que siento por todos vosotros.

Y ahora mis lectores y amigos, espero que os pongáis cómodos y disfrutéis de este último trabajo. Feliz lectura, y que Dios os bendiga a todos y a cada uno de vosotros.

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El lunes por la mañana, Olivia Morrow estaba sentada en silencio, al otro lado del escritorio de su viejo amigo Clay Hadley, asimilando la sentencia de muerte que él acababa de pronunciar.

Evitó por un momento la expresión compasiva que vio en los ojos de él, y miró a través de la ventana de su despacho, situado en el piso veinticuatro de la calle Setenta y dos Oeste de Manhattan. A lo lejos vio un helicóptero que recorría lentamente el cielo del East River en esa fría mañana de octubre.

Mi recorrido se está acabando, pensó, y entonces se dio cuenta de que Clay estaba esperando una respuesta por su parte.

—Dos semanas —dijo.

No era una pregunta. Echó un vistazo al reloj antiguo de la librería que había detrás de la mesa de Clay. Eran las nueve y diez. El primer día de esas dos semanas. Al menos estamos a primera hora de la mañana, pensó, contenta de haber pedido la cita temprano.

Él le

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