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MESSI (EDICIóN ACTUALIZADA)

Leonardo Faccio  

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Fragmento

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Lionel Messi acaba de volver de unas vacaciones en Disneyworld y aparece arrastrando sus chancletas con esa falta de glamour propia de los deportistas en reposo. Podría haber continuado sus días de descanso en Argentina o en cualquier país del Caribe, pero ha preferido regresar a Barcelona antes de tiempo: Messi quiere entrenar. Las vacaciones a veces le aburren. Está sentado en una silla puesta en un campo de fútbol desierto de la Ciudad Deportiva, las dependencias del FC Barcelona que funcionan sobre un valle apartado de la zona residencial, un luminoso laboratorio de cemento y cristales donde los entrenadores convierten a futbolistas talentosos en auténticas máquinas de precisión. Messi es un jugador sin manual de instrucciones y la Ciudad Deportiva, su incubadora. Esta tarde ha aceptado conceder quince minutos de entrevista y se le ve contento. Tras una gira con su club por Estados Unidos, estuvo en Disney con sus padres, hermanos, tíos, primos, sobrinos y la novia. Mickey Mouse había visto en Messi al personaje perfecto para promocionar su mundo de ilusiones, y su familia completa tuvo acceso a todos los juegos a cambio de que él se dejara filmar en los jardines que rodean este imperio de dibujos animados. Hoy en YouTube vemos a Messi haciendo malabares con un balón delante de toda esa arquitectura de fantasía.

—Lo pasamos espectacular —me dice Messi, con más entusiasmo que intención publicitaria—. Por fin se dio.

—¿Qué es lo que más te gustó de Disney?

—Los juegos de agua, los parques, las atracciones. Todo. Más que nada fui por mis sobrinitos, mis primitos y mi hermana. Pero de chico yo siempre quise ir ahí.

—¿Era como un sueño?

—Sí, creo que sí, ¿no? Al menos para los chicos de quince años para abajo, sí. Pero si tenés un poquito más, también, ¿no?

En la Ciudad Deportiva, sentados solos y frente a frente, Messi muerde cada una de sus palabras antes de que salgan de su boca. Es como si de tanto en tanto necesitara confirmar que lo hemos entendido, como si pidiera permiso para hablar. De niño padecía una especie de enanismo, un trastorno en la hormona del crecimiento, y desde entonces su pequeñez hizo que siempre posáramos una lupa sobre su estatura futbolística. Visto de cerca, Messi tiene ese aspecto contradictorio de los niños gimnastas: unas piernas con músculos a punto de explotar debajo de unos ojos tímidos que no renuncian al fisgoneo. Es un guerrero con mirada infantil. Pero por momentos es inevitable sentir que uno ha venido a entrevistar a Superman y que te atiende uno de esos héroes distraídos y vulnerables de Disney.

—¿Cuál es tu personaje preferido de Disney?

—Ninguno en especial. Porque de chico yo no miraba mucho dibujos animados, la verdad. —Sonríe—. Y después ya me vine a jugar al fútbol para acá.

Cuando dice fútbol, a Messi se le borra la sonrisa de la cara y se pone tan serio como cuando va a chutar un penalti. Es esa mirada circunspecta que estamos acostumbrados a verle por televisión. Messi no suele sonreír cuando juega. El negocio del fútbol es demasiado serio: sólo veinticinco países del mundo producen un PIB mayor que la industria futbolística. Es el más popular de los deportes y Messi, el principal protagonista del show del balompié. En los meses siguientes de su visita a Disneyworld, llegaría más lejos que ningún otro futbolista de su edad. Ganaría seis títulos consecutivos con el FC Barcelona, sería el máximo goleador de la liga de Europa, lo elegirían el mejor futbolista del mundo, se consagraría como el jugador más joven en marcar cien goles en la historia de su club, y se convertiría en el crack mejor pagado con un contrato anual de diez millones y medio de euros, unas diez v

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