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METEORO (CABALLO DE TROYA 2015, 7)

Mireya Hernández  

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Fragmento

1

Pablo y yo vivimos en el campo. En una casa de piedra con chimenea y sin gotelé en las paredes. Una casa centenaria con vigas de madera pintadas de marrón oscuro y un nombre escrito con azulejos sobre la puerta de entrada. Una casa en una aldea del Pirineo aragonés que poco a poco me ha ido sustituyendo por otra persona, como si los personajes cambiáramos en función del escenario. Este escenario se llama La Oliva y está en un valle rodeado de montañas y surcado por un río donde sólo se oye el canto del gallo, el balido de las ovejas, el viento nocturno azotando las ventanas, el ladrido de las perras Coscolina y Coscoleta y el maullido de los gatos de los Molinete. Al principio no era capaz de distinguirlos: los tres con el mono azul y el pelo blanco, los ojos muy abiertos y el acento cerrado que cuesta entender. Uno de ellos, el más corpulento, nos dijo que la pareja joven que vivía en la plaza se marchaba porque a él le había salido trabajo en Jaca y que Manu, el antiguo inquilino de Beneded, se acababa de quedar en el paro y había puesto en venta la casa que se construyó en el pueblo.

Beneded tiene cien años, dos plantas, dos patios, dos habitaciones, un salón con dos alcobas, una cocina con chimenea, un baño, un gallinero y un trastero. Es muy oscura y tiene los techos muy bajos. Aquí vivió una familia de nueve personas. Nuestro dormitorio era la cuadra y la sala de cine se añadió después para que durmieran los padres de Tere, la casera, una mujer con los ojos de topo y la sonrisa torcida que nos contó que cuando era pequeña su hermana se cayó por la ventana de la cocina y no se hizo ni un rasguño.

La segunda «d» de Beneded es un error. En realidad es Benedé. El dueño fue el que puso mal el nombre de la familia de su mujer en la fachada. Me lo dijo cuando vino con sus brochas en una mano y un bote de diez litros de pintura blanca en la otra para tapar el naranja chillón de la cocina, el azul bebé de las alcobas, los garabatos infantiles de las escaleras, los desconchones y las manchas negras de humo en las paredes.

Al poco tiempo de llegar, los gatos dejaron de intentar entrar en casa, las perras nos empezaron a recibir agitando el rabo y sin ladrar, aprendimos a hacer lumbre al fondo del hogar para que no saliera humo, fijamos el banco a la pared de la cocina para que dejara de tambalearse, pusimos un cajón improvisado en la mesa para meter los cubiertos que antes estaban en una caja de zapatos, tapamos el agujero que había debajo de la puerta del salón y la mancha de humedad de la sala de cine y descubrimos que las tejas estaban justo encima del techo, separadas sólo por un engrudo de yeso y esparto por el que se colaba el aire.

El agua del grifo empezó a saber rara, el baño olía mal y se encharcaba cuando nos duchábamos, la cisterna hacía mucho ruido, mi móvil seguía sin funcionar y el calentador de la cocina goteaba. Plap plap plap. Un sonido monótono atenuado sólo por el del taladro cada vez que Pablo o Manu colocaban algo en la pared. En esos momentos dejaba de sonar el viento entrando por la chimenea, la lluvia golpeando los cristales y el crepitar del fuego en la lumbre.

También estaba el gato en celo que se lamentaba bajo la ventana de mi alcoba, y el mugido distante de las vacas, y el canto de los pájaros sobrevolando el tejado, y el pitido insistente del coche del panadero los jueves y los domingos a la hora de comer, y el del pescadero los viernes y el del butanero los sábados por la mañana, y la motosierra talando los árboles del monte, y la segadora resonando en el barrio de la Cruz; y las perras, otra vez las perras. Y de cuando en cuando la voz de los Molinete en la plaza, los tres con el mono azul mirando las montañas, como si hablaran con ellas.

Los primeros días pasaron como las cuentas de un rosario mientras una luz difusa invadía la cocina, los montes y todos los rincones de la aldea. Desde la ventana del salón veíamos un encinar de color verde oscuro. Árboles y más árboles, como en un cuadro impresionista. Y al otro lado del cristal, el golpeteo de las teclas del ordenador y la respiración entrecortada de Pablo después del resfriado.

Una mañana de sábado fuimos a dar un paseo por el río, que está rodeado de huertas y de ruinas. Olía a lluvia y a tierra mojada. A aire sin contaminar. El puente cuyos restos se asomaban entre las rocas fue derribado por el bando nacional, y la piedra del antiguo molino yacía en una poza junto al recuerdo de los que murieron durante la guerra. Donde cayeron ellos ahora hay chopos y almendros. Y donde antes no hubo nada hay higueras, olivos, zarzamoras, endrinas y romero. También vimos un quebrantahuesos sobrevolando el valle y la calavera de una cabra en la ventana de una casa, encima de una piedra que alguien había metido detrás de las rejas de hierro; un cráneo blanco y alargado con dos o tres dientes y el morro partido. Luego un coche se paró a la entrada del pueblo y una mujer rubia sacó la cabeza por la ventanilla y nos preguntó si habíamos visto a dos perros perdidos. En el parachoques llevaba un pájaro muerto, pero ella todavía no lo sabía.

Esa noche no dormimos. Habíamos comprado un somier y cogimos el colchón que habían dejado los anteriores inquilinos en el trastero. Nada más acostarnos empezamos a dar vueltas en la cama y a quejarnos de que nos picaba todo el cuerpo. Encendimos la luz y sacudimos las sábanas por si había chinches, pulgas o algún otro insecto que chupara la sangre. Le dimos la vuelta al colchón, pero seguimos sintiendo que algo nos taladraba la piel. Nos movíamos incómodos, incapaces de conciliar el sueño. A las cuatro de la madrugada bajamos el futón de la sala de cine. Pusimos sábanas limpias y cerramos los ojos, pero el picor no desapareció en toda la noche.

2

Antes vivía en un pequeño estudio de la calle Delicias. Pablo me venía a visitar y decía que no lo aguantaba, que necesitaba ver el horizonte, que en las ciudades se ahogaba. Los edificios altos eran para él una cárcel y el aire contaminado le i

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