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MI ISLA

Elísabet Benavent  

5


Fragmento

PRÓLOGO

A VECES EL CÓMO NO IMPORTA

Pongamos que entráis en mi habitación el día que empieza esta historia. Es imposible, sobre todo porque de eso hace ya bastante y por mucho que me seduzca la idea, no tengo una máquina del tiempo. Si hubiera tenido una de esas a mano otro gallo cantaría. Pero, vaya, pongamos que estáis ahí, conmigo. Lo primero que veis es el mar porque tengo la ventana abierta. Las cortinas blancas ondean a ambos lados del marco y huele a primavera. Estamos casi en el mes de mayo y hace una temperatura perfecta para andar desnuda por casa, pero desde el episodio con la Guardia Civil ya no hago esas cosas. El problema es que la otra ventana del dormitorio da a la casa cuartel y aún no toman bromuro con el café de la mañana. Y no es que yo esté tan buena que me rompa…, es que tanto tío junto ahí dentro…

Seguro que si echáis una ojeada a vuestro alrededor entendéis por qué elegí esta habitación. Tiene las mejores vistas de toda la casa y, además, mucha luz. Más allá de las ventanas todo es mar, cielo y alguna nube que viene y va; la brisa entra en el dormitorio y lo invade todo para después marcharse sin más. Es una habitación bonita, espaciosa, pero muy sencilla. No hay muchas cosas interesantes por aquí. A todo el mundo le llama la atención que las puertas y las ventanas estén pintadas de azul, pero no es originalidad mía; una mera copia de una postal que alguien me envió desde Santorini. Esta isla no es Grecia, pero es bonita. Está inmersa en pleno Mediterráneo y todavía no se ha puesto demasiado de moda, por lo que la gente que viene aún es interesante. Pero no diremos su nombre, no sea que se llene de guiris con sandalias y calcetines o, peor, de paparazzis persiguiendo al famosete de turno.

Mi habitación se encuentra en el último piso y apenas está decorada, ni siquiera hay muchos muebles. Tengo un pequeño armario antiguo de madera que yo misma lijé y pinté de blanco. Subirlo hasta mi dormitorio fue un drama, pero tengo unos vecinos muy majos que me echaron una mano. ¿Qué más? Todo es muy sencillo, casi espartano. Una cama amplia con sábanas blancas de algodón, nada sexis por cierto, y una mesita de noche que sufrió una transformación parecida a la del armario pero que sí pude subirla sola. Si queréis mirar dentro de los cajones, por mí no hay problema; soy muy aburrida. Ni juguetes sexuales, ni revistas porno, ni tangas de cuero. Ropa interior bonita con algo de encaje. Es lo único de lo que no me he podido deshacer desde que llegué. Mi gusto por la ropa interior preciosa sigue siendo una de esas cosas que espero cambiar pero que nunca consigo. Volviendo al cajón también hay una novela manoseada, Oda, de Valeria Férriz, que iluminó mi vida en un momento dado y que no puedo dejar de releer de vez en cuando; también hay un cuaderno, un lápiz, una foto… Sí, mirad, son mis padres. Todo el mundo lo dice, soy clavada a mi madre.

En el armario hay un montón de vestidos sueltos. Cuatro blancos, uno azul marino con unas cuentas en el escote que me gusta especialmente pero que manché con lejía y he tenido que pintar con rotulador Carioca. Hay otro azul turquesa, dos negros y también de color coral, rosa, morado… Los hace una señora del pueblo con una máquina de coser que parece el DeLorean. Creo que si aprietas mucho el pedal te lleva de viaje en el tiempo; habrá que probarlo un día de estos. La costurera es la señora Mercedes, lo más cercano a una amiga que tengo aquí. Y a quien la gente del hogar del jubilado le parece una panda de jóvenes trasnochados, no digo más. Nuestras sesiones de cotilleo son algo así como mi nueva vida social. Las dos cosemos y rajamos; que si fulanita quiere mandar en el coro de la iglesia, que si la de la tienda de chuches come más que vende, que si el barrendero está de buen ver…

También me ha tejido un par de chaquetas que adoro, para los días en los que aquí refresca y que me hacen sentir envuelta en hogar. Ella no lo sabe, pero en invierno a veces duermo con una puesta más por ñoñería que por frío. Algunas tardes me invita a café y pastas, y yo le llevo confitura de tomate casera, que la vuelve loca. Entonces mira el tarro con los ojos entornados por el deseo y susurra que nuestra amistad llegará lejos. Es la turbo abuela que todas querríamos.

¿Qué más hay por aquí? Nada. Una cómoda, libros, un tocadiscos antiguo que no funciona, una maleta…, ¡eh, eh, eh! ¡No! Esa maleta que hay en el altillo es otro asunto y jamás se abre. Las manos quietas, que luego van al pan…

Si seguís mirando, aquí estoy yo. Me acabo de dar una ducha y me estoy cepillando el pelo delante de un espejo. Llevo uno de esos vestidos sueltos, esta vez de color maquillaje. El color maquillaje es algo que a mi padre le consterna. Dice que es una invención diabólica femenina para volver locos a los hombres y poder culparles de cosas como no saber lo que es un «blazer color nude», «el rojo coral» o «el rosa palo». Para él en el mundo solo existen cuatro o cinco colores y probablemente en su mente dos se parecen demasiado entre sí.

Si me miráis comprobaréis que mi cara no traduce ningún estado de ánimo. Suelo adoptar una expresión bastante estoica, herencia de aquel momento en mi vida en el que todo me daba bastante igual. Además, no estoy pensando acerca de la magnitud del cosmos ni sobre el karma, no soy tan profunda. Más bien medito sobre que hace demasiado tiempo que no me corto el pelo, que me llega ya por debajo del pecho y tiene el tacto de una cama de paja, qué horror. Con lo que yo he sido, con mis sérums, mis mascarillas naturales y los barnices para cerrar la cutícula capilar. Definitivamente me he asilvestrado y soy la versión rubia y humana de una cabra montesa. Si mi madre viene a verme pronto me lo cortará ella misma en un intento por volver a hacerme parecer una persona urbanita y sociable. Lo malo es que lo hace con las tijeras de cortar papel y el resultado es cuanto menos inquietante. Pobre, no se da cuenta de que lo mío no tiene solución.

Como veis, tengo los ojos verdes, de un color muy claro. Ojos de muerta, así me llamaba una compañera del instituto que además de ser cruel, no se lavaba los dientes ni bajo pena de muerte, la muy cerda. Un poco de muerta sí que son, por lo del color, pero me gustan porque los he heredado de mi abuela junto con esta casa. Mientras vivió dejó muy claro que la finca sería para su nieta mayor y esa tuve la suerte de ser yo. A decir verdad, soy la única mujer de la familia. Mis padres son hijos únicos y tengo dos hermanos mayores. A mis hermanos les dejó su Fiat Cinquecento comido de mierda y el traje de boda de mi abuelo… y a mí todas las tierras, di que sí. Abuela…, cómo molabas.

El color dorado cobrizo de mis bucles es herencia materna, como el resto. La nariz pequeña y respingona, la boca carnosa, las orejas, la forma de los ojos almendrados y la disposición al bies de mis pestañas… Clavada a mi madre, aunque espero no haber heredado la manía persecutoria hacia cualquier génesis de pelusa y la psicosis tradicionalista que le hace llorar de emoción viendo la sección de bodas del Hola. A mí también me hace llorar… pero sangre.

Como podéis ver mientras me paseo por la habitación, voy descalza. Casi nunca llevo zapatos, solo me los pongo si voy al pueblo a comprar, más que nada porque no quiero que me señalen con el dedo y se fragüen a mi costa leyendas tontas sobre la extraña forastera que un día llegó, se instaló y no volvió a salir de la isla ni a ponerse zapatos. No soy rara, no voy de especial; no soy como esos modernos que ponen en riesgo la salud de sus gónadas con pitillos extra slim. Esto no es postureo. Solamente tengo mis manías y mis placeres, como todo el mundo. Y me encanta ir descalza. Pasé parte de mi niñez enfadada por tener que llevar siempre zapatos y hace poco que redescubrí el gusto que me da sentir el suelo frío, la gravilla del camino de acceso a mi casa o la arena de la playa debajo de mis pies. Hay gente que paga por hacer esas cosas en un recinto cerrado al que llaman spa y a mí me aterroriza la idea de tenerlo tan cerca y no hacerlo. No tengo por qué privarme de un placer tan tonto. He pasado demasiados años enfrascada en vicios muy caros. Este no cuesta dinero, no hace daño a nadie y además en esta isla no hay riesgo de clavarse ninguna jeringuilla.

Por cierto, ¿escucháis eso? A través de la ventana abierta se percibe un murmullo de guijarros bajo los pies de alguien. Me asomo. Es el comienzo de mi historia, que ya viene.

I PARTE

DE SECRETOS

1

PASAPORTE

Cuando llené la maleta lo hice sin saber adónde iba; solo sabía que escapaba. ¿Habéis sentido alguna vez que todo lo que quisisteis alcanzar se os ha quedado grande? Es una sensación horrible porque uno tiende a pensar, de tanto darle vueltas, que el que ha fracasado es uno mismo. No es que la vida sea muy puta, es que tú no has sido suficiente. Aunque como voz de la experiencia os digo que ese pensamiento es equivocado. Cuando cumples años la vida empieza a quitarse el velo con el que se ha vestido y va dejando cada vez más piel al descubierto; los misterios dejan de serlo o, al menos, dejan de preocuparte tanto. Quizá porque los años desnudan la vida y a ti mismo. Pero en aquel momento no podía relativizar. Lo había intentado pero había terminado con una presión en el pecho terrible que no me permitía respirar. Me ahogaba. En la puta capital del mundo. En la cima de todas aquellas cosas que un día me planteé como un sueño imposible. Allí arriba, sintiendo que me moría asfixiado por unas manos invisibles. Llamé a mis padres desde el aeropuerto. Me temblaban las manos. Nunca me había encontrado tan mal y, cuando ellos me preguntaron qué era lo que me pasaba…, no supe responderles. Las cosas me iban bien. Tenía más trabajo del que un día pensé que lograría; era reconocido, respetado, era un buen tío, joder, aunque durante las últimas semanas me hubiera empeñado en mostrar lo contrario con tanta fuerza. Joder, qué asco jugar a ser un guarro frívolo cuando no lo eres. Hay un momento en la vida para cada cosa y no iba a portarme como un gilipollas para impresionar a nadie porque ya lo había hecho en el pasado y sabía que el resultado era un Alejandro imbécil.

—No sé qué me pasa —le confesé a mi padre, que había cogido el teléfono—. Pero me vuelvo a España. No puedo aguantar más esto. No es para mí. Me ha venido grande.

—Vamos a ver, Alejandro…, llevas allí mucho tiempo. Algo te ha debido pasar. ¿Estás bien? ¿Es por lo de Celine?

—No. No lo sé. Papá, de verdad, necesito salir de aquí.

—¿Has hablado con Rachel?

—No. Sé lo que me va a decir.

—¿Y qué te va a decir?

—Que soy un gilipollas.

Escuché la típica risa sorda de mi padre, esa que se le escapaba cuando veía las cosas con mucha más claridad que tú pero no quería decírtelo.

—¿No será que necesitas unas vacaciones? Has estado muy ocupado. Llevas mucho tiempo sin venir…, quizá una visita te vendría bien.

Me imaginé entrando en casa de mis padres cargado con las bolsas de viaje que ni siquiera sabía con qué había llenado. Me recibirían con algarabía y abrazos y, aunque eso podría ser reconfortante en un primer momento…, tendría que explicarles algo. Algo, no sé. Ellos siempre hablaban de más y yo terminaba contagiándome. Y no me apetecía tener que charlar sobre esa crisis vital que todos pasamos en algún momento de nuestra vida. Porque… era eso, ¿no?

—Alejandro, llama a Rachel y pide que te despeje la agenda un tiempo. Te recogeremos en el aeropuerto y nos vamos a…

—No, papá…, necesito hacer esto solo. Solo llamo porque…, porque no sé por qué cojones llamo, joder.

Escuché a mi madre intentar arrebatarle el teléfono, susurrando como para que no le escuchara, que ella podría hacerlo mejor, sin parar de preguntar qué me pasaba. Pues no lo sé, mamá. Creo que estoy teniendo el primer ataque de ansiedad de mi vida. Si me vuelven a preguntar por mi ruptura, si escucho el flash de una cámara una vez más, si salgo a la calle y me vuelve a rodear una marea de gente impersonal, sin caras, reventaré.

—Tengo un… —Me froté la cara. A mi alrededor el frío ambiente del aeropuerto se llenaba a cada rato que pasaba con más y más gente—. Tengo días. Hasta junio o así.

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