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MI MENTE SIN Mí

Jenny Moix  

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Fragmento

Prólogo

He aquí un libro necesario. Porque la mente y el pensamiento son la gran asignatura pendiente de nuestras sociedades. Porque somos lo que pensamos y, sin embargo, en la escuela no nos enseñaron, al menos a los hombres y mujeres de mi generación, a gestionar los pensamientos. Ni a tener conciencia de nuestros patrones mentales: el 80 por ciento de lo que pensamos hoy es exactamente lo que pensábamos ayer. O, como escribe la doctora Jenny Moix en el magnífico libro que el lector tiene entre las manos, la mayoría de las zonas por donde salta hoy nuestro «mono», es decir, nuestra mente errante, son las mismas por las que anduvo ayer. Circuitos cerrados que no llevan a ninguna parte.

Somos esclavos de los pensamientos. Según el maestro espiritual Eckhart Tolle, la principal adicción de la especie humana es la adicción al pensamiento. Y como dice otro maestro, Antonio Jorge Larruy, vivir sin pensar sería vivir en plenitud. Por descontado, el pensamiento es necesario y gracias al pensamiento lógico los arquitectos pueden construir edificios y nosotros realizar nuestro trabajo cotidiano. Pero el pensamiento no es una herramienta para ser felices. Al contrario. Por eso celebro esta pequeña joya, porque gracias a este libro, a sus reflexiones —a veces casi a modo de aforismos—, muchos lectores que quizá hasta ahora pensaban demasiado (en el sentido de que no eran conscientes de sus procesos mentales) podrán empezar a vislumbrar otra forma de vivir, que guarda relación con la auténtica libertad, la libertad interior.

Creo que uno de los méritos de este libro es hacer fácil lo difícil, o sea, explicar con palabras llanas conceptos difíciles de comprender. Porque el pensamiento no se puede medir. Porque la ciencia aún no ha podido fotografiar o radiografiar un pensamiento. Casi solo sabemos las áreas cerebrales que activa.

Mi mente sin mí une el rigor —marca de la casa de la doctora Moix— con la pedagogía. La autora lo logra con una voz que desprende mucha humanidad. Uno va leyendo a la doctora seria y a la vez risueña, que explica anécdotas e incluso cuenta chistes para demostrarnos —sin querer demostrar nada— que ella es igual que nosotros y que no está por encima de nadie. Quizá por eso escribe en primera persona. Hay voces en primera persona que son pedantes; sin embargo, la voz de la doctora Moix solo rezuma humildad.

Una mujer humilde, una profesora humilde y una autora humilde. Cuando nos habla en primera persona y cuenta sus dificultades durante el aprendizaje de sus sesiones de meditación (de hecho, reconoce que la meditación le regala humildad consigo misma o compasión); cuando reconoce que a primera hora de la mañana su buhardilla huele a incienso («Es el atrezo de mi meditación diaria», escribe. «No es necesario pero a mí me gusta el toque peliculero»); cuando nos habla de su hijo («normalmente me pide auxilio sobre asignaturas que no me atraen en absoluto»); o cuando nos cuenta una anécdota con un vecino que la escuchaba por la radio y que le comentó que repetía mucho la palabra «vale» («Después de atravesar la fase correspondiente de vergüenza, en la que hubiera deseado fundirme en el universo y pasar desapercibida el resto de mis días, decidí que debía hacer algo al respecto… Había logrado un paso colosal: me daba cuenta»), la doctora Moix no solo logra rehuir la solemnidad, sino que nos llegue su mensaje. En otras palabras, que entendamos la lección.

Y, por descontado, logra hacernos sonreír e incluso reír. Friedrich Nietzsche dijo que la potencia intelectual de una persona se mide por la dosis de humor que es capaz de utilizar. Queda todo dicho.

La potencia intelectual se mezcla con la humildad cuando confiesa, en el epílogo —«en una parte que ya no forma parte del libro sino que está fuera»—, que hay muchas cosas que ella desconoce de la mente, y que por tanto no se atrever

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