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MI NEGRO PASADO (COMO AGUA PARA CHOCOLATE 3)

Laura Esquivel

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Fragmento

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Todo el problema comenzó con lo de las tortas de navidad.

—¿Por qué?

—Porque se supone que la cebolla debe estar finamente picada.

—¿Y?

— Pues que yo la corté en trozos grandes.

—¿Y eso es lo que hizo enfurecer a tu mamá?

—¡Claro que no! El tamaño de los cuadritos de la cebolla fue un mero pretexto que ella utilizó para agredirme. El error que cometí se podía solucionar perfectamente pero ella empezó de decirme que nunca la escucho y que cada vez que rompo las reglas en la cocina se pone en evidencia mi valemadrismo…

—¿Pero tú sabías que la cebolla debía de ir finamente picada?

—¿Y eso qué chingados importa? ¿Tú también te vas a poner de su lado? ¿No se supone que como mi psicoanalista debías apoyarme? ¡Cómo si no supieras que mi mamá me odia! ¿Qué te pasa?

— Lo único que intento saber es cuáles son los resortes emocionales que intervienen en tus problemas con la comida.

—¡Yo no tengo problema con la comida!

—¿No? Mmm… ¿Sí sabes que me dedico a atender a comedores compulsivos, verdad?

—¿Sabes qué? Chinga tu madre.

María tomó su bolso y salió del consultorio dando un enorme portazo. Se detuvo un momento en las escaleras pues sintió que le faltaba el aire. Estaba furiosa. No podía recordar quién le había recomendado a esa psicoanalista. Quería llamarle en ese mismo instante para hacerle un reclamo. Con qué tipa más imbécil e insensible la habían enviado. ¿Cómo se le ocurría que debía reaccionar después del repudio de su esposo y del rechazo colectivo al que se estaba enfrentando? Comer como descosida era mucho menos grave que recurrir a cualquier droga y eso de ninguna manera significaba que ella tuviera problemas con la comida. Pendeja. No pensaba volver a verla nunca más. Ya bastantes problemas tenía encima con las fiestas decembrinas como para aparte tener que lidiar con esa mujer.

María sufría de depresión estacional y cada año se tenía que empastillar para poder asistir a las fiestas familiares de buen talante. No siempre lo lograba. Nunca sabía cómo vestirse para disimular su gordura y evitar las miradas de sus primos y primas sobre su enorme panza. Algunos parientes por ignorancia o simplemente mala leche le preguntaban si estaba embarazada. María invariablemente respondía que sí. Quería ver si el próximo año a esos mismos pendejos les iba a interesar preguntar sobre sus supuestos hijos. Jamás lo hacían. Ahora, por primera vez tenía algo para sorprender a toda su parentela pero a estas alturas ya todos debían de estar enterados. A comienzos de diciembre había nacido Horacio, su primogénito. Un niño bello y sano pero inexplicablemente negro. Negro como el azabache. Negro como la luna negra que marcó su destino. Negro como la oscura Navidad que le había caído encima. A partir del nacimiento del niño toda su vida se trastocó. Su esp

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