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MI PRIMER AMOR (LOVE ARMY 1)

Elsa M. R.  

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Fragmento

Prólogo

El primer día del nuevo curso había amanecido gris, frío y triste. «Un tiempo muy apropiado», pensó Aerin mientras corría para llegar puntual a clase. Había calculado mal el rato que tenía para arreglarse y se había pasado diez minutos delineando ligeramente sus ojos con un color marrón. Miró al cielo una última vez antes de tropezarse con los escalones de piedra de la entrada del instituto. Las nubes oscuras se agolpaban sobre ella, amenazando con descargar toda el agua que habían acumulado.

Ni siquiera saludó a los conserjes. Los ignoró completamente y echó a correr en cuanto los perdió de vista, para ahorrarse escuchar un irritante «¡No se puede correr por los pasillos!». Aerin se paró frente a un enorme tablero de corcho en el que, sujetas con chinchetas, estaban colgadas unas cuantas listas impresas en papel blanco.

Buscó con la mirada su nombre entre las casillas de las listas. Por suerte, era fácil de encontrar. Era la única Im Aerin de Seúl y, probablemente, de todo Corea. La única chica que llegaba tarde a clase por querer lucir un maquillaje perfecto y duradero; la única capaz de llevar unas llamativas zapatillas de un color chillón que no entraban dentro del código de vestimenta; la única que soñaba despierta viendo a través de la ventana cómo empezaba a chispear fuera.

—2-B, 2-B, 2-B —canturreó en voz baja.

Subió las escaleras de dos en dos y adelantó a un chico que ni siquiera se entretuvo en mirar.

El día era demasiado frío para ser principios de septiembre. La brisa fresca se colaba por la fina chaqueta de punto del uniforme de Yoongi, y este estuvo a punto de protestar cuando una chica de melena castaña pasó a su lado levantando una corriente de aire. Odiaba el frío, y más aún cuando se encontraba en un instituto que no conocía y en el que no quería estar.

Terminó de subir las escaleras, cansado. Vio a la chica de antes, la que le había adelantado. Miraba por los ventanucos de las puertas de todas las aulas, poniéndose ligeramente de puntillas. Le llamó la atención su calzado de color rosa neón. ¿Qué clase de persona se presentaba en clase con unas zapatillas de un color tan horroroso?

Yoongi se dedicó a mirar los letreros de todas las clases: 1-A, 1-B, 1-C, 2-A... y, al final del pasillo, donde la chica se paró en seco, la 2-B. Yoongi ni siquiera se molestó en sacar las manos de los bolsillos de su chaqueta; simplemente se quedó al lado de la chica y esperó a que ella llamara a la puerta. No vio la necesidad de mover al menos tres músculos para alzar la mano, cerrar un puño y tocar con los nudillos la madera de la puerta cuando había alguien que podía hacerlo por él. Se limitó a esperar a que la chica llamara, pero ella lo miró.

—¿Qué? —preguntó, molesta.

Yoongi tampoco vio la necesidad de responder a una pregunta compuesta por una sola palabra, así que miró con insistencia la puerta, como diciendo: «Llama de una puñetera vez, llego tarde».

La chica resopló. El sonido de sus nudillos resonó por el pasillo en el que únicamente se hallaban ellos dos y acto seguido la joven abrió la puerta corredera. Inclinó el cuerpo ligeramente para disculparse y Yoongi la imitó con desgana.

—Siento llegar tarde.

La chica de pelo castaño esperó a que la mujer subida a una tarima de madera le diera permiso para acceder al aula, pero Yoongi entró sin más. Se sentó en un sitio libre que había al lado de una de las ventanas, detrás de otra chica de gafas. Oyó cómo la mujer —que supuso que sería su tutora— carraspeaba para llamar su atención. La ignoró.

—¿Eres Min Yoongi? —escuchó que decía.

Asintió sin más.

—¿Y tú? —le preguntó la profesora a ella.

—Ah, eh... Im Aerin.

—Qué nombres más curiosos. ¿Sois extranjeros? —preguntó la mujer en un intento por parecer simpática y jovial.

Aerin visualizó el único sitio libre que había, al lado de ese tal Yoongi, el chico de cabello negro y brillante que también había llegado tarde. Las pocas personas que conocía ya estaban sentadas junto a otros compañeros, así que no le quedó más remedio que acercarse algo titubeante. Después de cruzar con él una mirada contrariada, se sentó en la mesa de al lado, resignada.

Si iba a ser su compañero, lo mejor sería relajar el ambiente. Aerin era un desastre a la hora de hacer amigos, pero no se lo pensó dos veces antes de hablar con su característica ironía.

—Oye... Eres extranjero, ¿no? ¿Eres chino?

A Yoongi le gustó su sarcasmo, así que tuvo que contener una sonrisa.

—No, soy de África Central.

1

Empezaba a chispear fuera. Las hojas de los árboles todavía no habían adquirido los característicos tonos amarillentos y anaranjados del otoño, pero el frío y la brisa eran indudablemente otoñales. Miré cómo las finas gotas de agua caían del cielo encapotado. Suspiré y estiré los brazos sobre la madera fría del pupitre.

Me gustaría haberme sentado al lado de la ventana y poder ver la calle más de cerca y así poder soñar con irme de allí cuanto antes, pero el chico del pasillo se me había adelantado.

Era un chico de una altura similar a la mía, de cabello negro azabache y flequillo desigual, como si se lo hubiera cortado con unas tijeras de cocina, y tenía un aire desgarbado al mismo tiempo que misterioso. Me dio la impresión de que podía ser un tipo que ocultaba un montón de cosas, a cuál peor, pero también parecía un chico de lo más normal. Tanto que, si no hubiera llegado tarde y no me hubiera sentado a su lado seguramente habría creído que era un alumno de otro curso. El instituto era enorme, y a pesar de haber estudiado allí toda la secundaria, aún había rostros que no conocía. En definitiva, mi compañero de pupitre parecía uno más, del montón, de los corrientes. Lo único llamativo era su nombre: Yoongi. Nunca lo había oído.

Durante la primera mitad de la mañana solo había cruzado un par de palabras conmigo. Me quedó bastante claro que era un chico callado; si lo pensaba fríamente, no era tan malo. Sería un compañero de pupitre discreto y no se convertiría en una distracción. Mi único plan en el último año de bachillerato era graduarme con las mejores notas, la primera de la lista. Quizá era algo egoísta, pero allí no estábamos para ayudarnos. El poder graduarnos se había convertido en una competición desde que aquellas irritantes listas colgadas de la pared cambiaban cada semana dependiendo de los resultados... Así que estar con un chico callado iba a ser una ventaja. O al menos eso supuse.

Él había sacado su teléfono móvil durante la hora de la comida y prácticamente se había incrustado los auriculares en el oído. Poco faltaba para que acabara taladrándose el cerebro. Desconectó de todo lo que pasaba a su alrededor, se hundió en la silla, dejó el teléfono sobre la mesa y se hizo el muerto. Bueno, realmente se quedó dormido. Pero era casi lo mismo; no reaccionó a ningún ruido, ni siquiera cuando los alumnos entraron en la clase como si fueran una puñetera manada de elefantes y movieron las sillas, los pupitres..., todo. De hecho, estaba segura de que nuestros vecinos comunistas del Norte sintieron un terremoto de seis grados en la escala Richter.

Conocía a las chicas que se sentaban delante de nosotros: Park Haneul, una tipa con gafas, bajita y rechoncha, con un apellido que tenía el treinta por ciento de la población, y Park Soyoung, otra tipa con el mismo apellido y fama de ser una de las más guapas de todo el barrio. No tenía nada en contra de los apellidos comunes... Dependiendo de quién los llevara, claro.

Llevaba días rezando —y eso que nunca había sido religiosa— para no volverme a cruzar con ellas. Aunque en el instituto siempre se había intentado evitar cualquier actitud relacionada con el acoso escolar, ellas llevaban el título de acosadoras colgado en la espalda. Durante los primeros años de secundaria me hicieron la vida imposible hasta que, harta de lloriquear por todas las esquinas, decidí hacer acopio de toda mi valentía y les planté cara. Yo era más alta que ellas, así que en cuanto me enfrenté a la situación en vez de salir huyendo, fueron ellas quienes retrocedieron.

Haneul giró su cuerpo contorsionándose como si fuera un maldito búho. Estuve a punto de gritar cuando vi la cantidad de máscara de pestañas que llevaba. «¡Emergencia! ¡Que alguien me traiga un bote de desmaquillador y si hace falta un litro de ácido sulfúrico! ¡Estamos ante un maquillaje desastroso!»

Sabía que no tenía intención de hablar conmigo. Sabía perfectamente que se dirigía al chico que estaba a mi lado, a ese tal Yoongi.

La pobre Haneul no parecía haber captado la idea de que, cuando una persona se pone los auriculares y escucha música a un volumen que no es nada sano, es mejor no hablarle. Yo también me giré un poco para ver la reacción del pelinegro al tiempo que Soyoung, la otra chica, se daba la vuelta enseñando sus dientes blancos y alineados en una sonrisa igual de falsa que las Nike de su amiga.

La de gafas tamborileó con los dedos en la mesa de Min. Él no abrió los ojos hasta que la tipa se atrevió —¡¿qué clase de persona hace eso?!— a quitarle de cuajo los auriculares.

—¡Hola! —lo saludó, como si no supiera que acababa de cometer un crimen contra las personas que escuchábamos música en clase y no queríamos saber nada del resto.

Vi cómo el chico abría los ojos despacio. Su mirada, sombría, fulminó a la estúpida de Haneul. Enrolló el cable de los auriculares despacio, sin dejar de dirigirle una mirada asesina, los dejó sobre la mesa y se inclinó ligeramente hacia delante.

—¿Qué quieres?

Me sorprendía que alguien como él, delgado y enclenque, hablara con una voz tan ronca y grave. Era normal si estaba en el último año de instituto y tenía casi dieciocho años como yo. A las dos idiotas de enfrente debió de pasarles lo mismo. Se miraron entre ellas, atónitas, y se interesaron mucho más por el chico misterioso que tenían sentado en el pupitre de atrás. Yo me limité a abrir mi mochila y a sacar una bolsa de patatas fritas picantes. Me encantaban las peleas —siempre y cuando yo no estuviera involucrada—, así que no había nada mejor que comer patatas mientras presenciaba una discusión.

—Solo queríamos saludarte. ¿Eres nuevo? —preguntó Soyoung, sin borrar su sonrisa. En un intento por parecer inocente, apoyó los codos sobre mi m

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