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MI VIDA QUERIDA

Alice Munro

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Fragmento

Llegar a Japón

En cuanto le subió la maleta al compartimento, Peter pareció ansioso por quitarse del paso. No es que estuviera impaciente por irse, dijo que solo le preocupaba que el tren se pusiera en marcha. Se quedó en el andén mirando hacia la ventanilla, despidiéndose con la mano. Saludaba, sonriendo. A Katy la miraba con una sonrisa franca, resplandeciente, inequívoca, como si creyera que la niña siempre sería un prodigio para él, y él para ella. A su mujer, en cambio, le sonreía con optimismo y confianza, pero con cierta determinación. Algo que no era fácil expresar con palabras, que nunca lo sería. Si Greta lo hubiera mencionado, Peter le habría dicho: no digas tonterías. Y ella le habría dado la razón, pues no le parecía natural que personas que se veían a diario, a todas horas, tuvieran que andarse con explicaciones de ninguna clase.

Cuando Peter era un niño de pecho, su madre cruzó con él en los brazos unas montañas cuyo nombre Greta olvidaba siempre, para huir de la Checoslovaquia soviética a la Europa occidental. Iban con más gente, claro está. El padre de Peter tenía intención de acompañarlos, pero lo mandaron a un sanatorio justo antes de emprender aquel viaje clandestino. Debía seguirlos en cuanto le fuera posible. Sin embargo, murió antes de poder intentarlo.

—He leído historias parecidas —dijo Greta la primera vez que Peter se lo contó. Y explicó que en esas historias el bebé siempre rompía a llorar y no había más remedio que asfixiarlo o estrangularlo para que el llanto no pusiera en peligro a todo el grupo clandestino.

Peter contestó que nunca había oído nada parecido y prefirió no pensar qué habría hecho su madre en esas circunstancias.

Lo que hizo su madre fue llegar a la Columbia Británica, mejorar el inglés y conseguir trabajo dando clases de lo que entonces se llamaba gestión empresarial a estudiantes de bachillerato. Crió a su hijo sola y lo mandó a la universidad; Peter era ingeniero. Cuando iba a verlos a su apartamento, y más tarde a su casa, su madre se quedaba siempre en el salón, nunca entraba en la cocina a menos que Greta la invitara. Así era ella. Llevaba la prudencia al extremo. Se empeñaba en pasar desapercibida, en no entrometerse ni dar sugerencias, aunque superaba con creces a su nuera en todas y cada una de las habilidades o artes domésticas.

También se deshizo del apartamento donde Peter había crecido y se mudó a otro más pequeño sin dormitorio, con el espacio justo para un sofá cama. ¿Para que Peter no pueda volver a casa de mamá?, le dijo Greta bromeando, pero su suegra se sobresaltó. Las bromas la hacían sufrir. Quizá por culpa del idioma, aunque a esas alturas el inglés era su lengua habitual, y desde luego la única que hablaba su hijo. Mientras Peter estudiaba gestión empresarial, aunque no con su madre, Greta memorizaba El paraíso perdido. Ella huía como de la peste de todo lo que entrañara alguna utilidad. Él, por lo visto, hacía lo contrario.

Separados por el cristal, y sin que Katy consintiera que los adioses decayeran, acabaron intercambiando miradas cómicas, incluso absurdas, cargadas de buena intención. Greta pensó en lo guapo que era, y en lo poco consciente que parecía de su atractivo. Llevaba el pelo cortado a cepillo, a la moda de la época —sobre todo si se era ingeniero o algo por el estilo—, y tenía la piel blanca: nunca le salían rojeces ni manchas del sol, como le pasaba a ella, sino que lucía un tono uniforme en cualquier época del año.

Sus opiniones eran un poco como su tez. Cuando iban a ver una película, nunca quería comentarla. Se limitaba a decir que era buena, o bastante buena, o pasable. No le veía sentido a ir más allá. Con la misma actitud veía la televisión o leía un libro. Era tolerante con esas cosas. Sus creadores trataban de hacerlo lo mejor posible. Greta siempre le llevaba la contraria, con descaro le preguntaba si diría lo mismo de un puente. Sus constructores trataban de hacerlo lo mejor posible, pero eso no bastaba si el puente se venía abajo.

En vez de seguir discutiendo, Peter se echó a reír.

No era lo mismo, dijo.

¿Ah, no?

No.

Greta tendría que haber comprendido que esa actitud tolerante, de no meterse en nada, era una bendición para ella, porque era poeta y en sus poemas había cosas que no eran ni mucho menos alegres o fáciles de explicar.

(La madre de Peter y la gente que trabajaba con él, al menos los que lo sabían, aún decían «poetisa». A Peter había conseguido quitarle la costumbre. Aparte de eso, no hizo falta más. A los parientes que habían quedado atrás, o a la gente que la conocía en su papel de ama de casa y madre, no hizo falta quitarles ninguna costumbre, porque desconocían esa peculiaridad suya.)

Más adelante sería difícil explicar lo que valía la pena rescatar de aquella época y lo que no. Se podría decir que el feminismo no, pero entonces habría que aclarar que «feminismo» ni siquiera era una palabra de uso corriente. Y luego habría que liarse a explicar que el hecho de tener ideas propias, por no hablar de ambiciones, o simplemente leer un libro de verdad, resultaba sospechoso, e incluso podía guardar relación con que tu hijo cogiera una neumonía. Y un comentario político en una fiesta de la oficina podía costarle el ascenso a tu marido. Daba igual sobre qué partido político. Era el hecho de que una mujer se fuera de la lengua.

La gente se reiría y diría, anda ya, estás de broma. Y habría que contestar, bueno, no te creas. Y a continuación les diría que escribir poesía, sin embargo, era menos arriesgado para una mujer que para un hombre. Y era entonces cuando la palabra poetisa era tan socorrida como una telaraña de caramelo hilado. Peter no lo vivía así, diría ella, pero claro, él había nacido en Europa. En cambio sí podía entender que los hombres con los que trabajaba pensaran esas cosas.

Ese verano Peter iba a pasar un mes o quizá un poco más a cargo de una obra en Lund, bien al norte: de hecho, lo más al norte que se podía llegar por carretera en el continente. No había alojamiento para Katy y Greta.

Sin embargo, Greta mantenía el contacto con una chica que había trabajado con ella en la biblioteca de Vancouver, antes de casarse y marcharse a Toronto, y resultaba que esa amiga se iba un mes de vacaciones a Europa con su marido, que era maestro, y le había escrito preguntándole a Greta con mucha cortesía si no les haría el favor de instalarse con su familia en la casa de Toronto, los días que quisieran, para que no quedara vacía tanto tiempo. Y Greta le había contestado hablándole del trabajo de Peter, pero aceptando el ofrecimiento para ella y Katy.

De ahí que ahora Peter estuviera en el andén y ellas en el tren, saludándose incansablemente.

Entonces había una revista, The Echo Answers, que se editaba en Toronto con periodicidad irregular. Greta la encontró en la biblioteca y mandó algunos poemas. Dos de los poemas se publicaron, y a raíz de eso el otoño anterior la habían invitado junto a otros escritores a una fiesta para conocer al editor de la revista, que estaba de paso en Vancouver. La fiesta fue en casa de un escritor con uno de esos nombres que parece que uno haya oído toda la vida. Como la cita era a última hora de la tarde, cuando Peter todavía estaba en el trabajo, Greta llamó a una niñera y cogió el autobús desde Vancouver Norte que cruzaba el puente de Lio

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