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MISS ZAPATOS DE LUJO (COLECCIóN @BETACOQUETA)

Ana Cantarero  

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Fragmento

PRÓLOGO

 

 

 

Querida coqueta:

 

Lo que tienes entre manos no es un libro cualquiera: es el billete de ida para un viaje apasionante. Te esperan el glamour de un trabajo fascinante, la moda, el lujo, el rock, las fiestas, la pasión, pero también un pasado sin superar y una relación peligrosa. ¿Preparada? Porque es muy posible que te pierdas durante horas entre estas páginas y que no puedas salir hasta haberlas terminado.

Marta es redactora de una revista de moda, decidida, cabezota, resuelta y «Miss Zapatos de Lujo», pero además es una perfecta compañera de viaje que, durante un tiempo, me llevó de la mano a través de su vida. Reí con ella, pisé con sus zapatos, sufrí sus decepciones y aprendí de su entereza. Ay, qué envidia me das, coqueta, aún te queda todo su universo por descubrir.

Entrar en esta historia es, como te decía, un viaje en sí mismo. Como esas vacaciones que casi no planeaste pero que te dejaron un recuerdo hasta en la piel. Como esas fotos con las que sonríes nostálgica y alegre por haber sido capaz de sentir tanto.

Siempre he pensado que leer es como probarse durante unas horas la vida de otras personas o hacer amigos que, a pesar de que nunca podrán darte un abrazo, no se irán jamás de tu lado. Como lectora valoro que me hagan reír, que me roben un suspiro; adoro sentir que quiero ser como la protagonista, intentar aprender de sus contestaciones para ser tan ocurrente como ella; me enamora sentir mariposas en el estómago por la historia de amor que vivo a través de las palabras que la dibujan en el papel. Por eso Miss Zapatos de Lujo llegó para quedarse y formar parte de esta familia coqueta. Porque es un pedazo de realidad tejido entre los hilos de una historia soñada. Y que hace soñar.

¿Qué tendrán los chicos malos, que nos atraen tanto? Quizá sintamos que pueden cambiar nuestra vida o que somos la llave para que lo haga la suya. Quizá es esa parte más intrigante y conspiradora de nosotras mismas, que busca nudos entre los que quedarse enganchada. Quizá solo es la adolescente que llevamos dentro y que nunca dejará de creer en los cuentos, sin hadas, pero de amor. Lo que está claro es que Ana Cantarero conoce bien nuestros suspiros y con ellos construye a Nick Mendoza, uno de esos personajes de los que te costará reponerte. Cuidado, coqueta, porque estas páginas contienen a uno de esos canallas capaces de robarnos el sueño y hasta la lucidez; un granuja encantador, tan despeinado como atractivo, que puede enamorarte.

No voy a entrar en detalles sobre lo que estás a punto de leer, porque prefiero que seas tú misma la que descubra cada matiz de la historia; solo déjame que te ayude a preparar tu maleta. Necesitarás un lugar tranquilo, donde zambullirte de lleno en el libro y olvidar la rutina. Hazte con un reproductor de música que acompañe la lectura con las canciones que vaya evocando la historia. Sírvete una copa de vino o un refresco y brinda con Marta por cada buena decisión, o solo por el valor de arriesgarse. Ponte cómoda. Disfruta. Poco más necesitas.

Cuando termines este viaje no quedarán fotografías a las que volver para recordar las sensaciones vividas, pero tendrás un puñado de canciones y una sonrisa en los labios.

Buen viaje, coqueta.

 

ELÍSABET BENAVENT

PRELUDIO

 

 

 

El suelo del cuarto de baño estaba helado. El frío cortante traspasó la planta de mi pie izquierdo y un escalofrío me recorrió todo el cuerpo, erizando la piel a su paso. Me agarré con fuerza al lavabo. Me sentía débil, mareada. ¡No! Me había costado tanto esfuerzo llegar hasta allí…

Apoyé con cuidado la punta de mi pie derecho, pero en cuanto este tocó la baldosa una punzada de dolor aguijoneó mi rodilla lesionada. Apreté los dientes y cerré los ojos con fuerza. Un, dos, tres… En unos segundos se pasaría el dolor… Siete, ocho, nueve…

Abrí los ojos. ¿Quién era esa chica que estaba frente a mí? Parpadeé varias veces hasta que mi cerebro dio con la respuesta: «Eso eres tú, Marta». ¿Cuánto tiempo hacía que no me acercaba a un espejo? ¿Un mes? ¿Dos meses? Dios… Estaba pálida, ojerosa, y bajo la piel se marcaban mis frágiles huesos: las clavículas, los hombros, cada una de mis costillas… De nuevo, dolor. Ahí estaba otra vez, desgarrándome por dentro y cortándome la respiración. Pero no era el mismo, no procedía de mi rodilla: este dolor era otro. Uno que conocía a la perfección. Me acompañaba día y noche y, por más que contara hasta diez, no desaparecería.

¿Cómo era posible que de un día para otro hubiera decepcionado a todos los que me querían? Era un desastre. Un fracaso como mujer, como persona y, sobre todo, como hija. Estaba rota. No valía nada. No servía para nada. Ya nada tendría sentido. Ya nada volvería a ser lo mismo.

NADA. Esa era la palabra que me definía.

Relajé los dedos de mi mano y observé lo que escondía. Era la opción más cobarde, pero pondría fin a mi sufrimiento y al de mi familia. Y para ella… Oh, Dios. Para ella, mi decisión sería su castigo y su penitencia.

—Marta, ¿qué haces tanto tiempo ahí dentro? ¿Estás bien? —Otra vez ella. No me dejaba respirar. Esa mujer me asfixiaba. No respondí—. Marta, ¿te has caído? ¡Marta, contesta! —Aporreó de nuevo la puerta.

Sonreí con tristeza a la desconocida del espejo. Sería la última vez que la vería.

Por fin nos liberaríamos la una de la otra. Cogí la cuchilla con las yemas de los dedos y respiré profundamente. El metal era suave y frío. Como el suelo bajo mis pies. Extendí mi antebrazo derecho sobre el lavabo para no manchar la perfecta decoración del cuarto de baño. Qué absurda podía llegar a ser. Hasta en esos momentos me preocupaba disgustar a mi madre.

—Marta, ¿qué estás haciendo?¡Contéstame!

Los golpes de sus puños sobre la madera se me hicieron insoportables. Cada vez más fuertes, más violentos… ¡Qué curioso! Seguía el mismo compás que marcaban los latidos de mi corazón, como si fuera una canción. Cerré los ojos, inspiré con fuerza y ahí estaba otra vez mi amigo el dolor: aguijoneándome, desgarrando mi piel…

—MARTA, MARTA… ¡ABRE O TIRO LA PUERTA! ¡ALFREDO, VEN CORRIENDO! ¡ALGO LE SUCEDE A LA NIÑA!

«Tengo frío, mamá. Mucho frío. Me congelo…». De repente, todo se volvió negro.

—¡¡¡NOOOOO, NOOOOO, NOOOOOOO!!!

 

Marta García Plaudiño

Expediente: 084

Sesión de hipnosis realizada el 02/06/2007

Doctora Patricia Angulo

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Y DE REPENTE, TÚ

 

 

 

Bien, señorita García. Por lo que he visto en estas páginas, ha estudiado Periodismo, tiene un máster en Comunicación y moda y actualmente trabaja en la revista VeryCool —comentó el señor Aguado, director de Comunicación de la discográfica Sound Music, mientras releía por encima mi currículo.

—Así es. Después de seis meses como becaria, la directora me contrató de redactora de moda y belleza.

—¿Y qué motivos la mueven para querer trabajar en una discográfica?

«¿Que he enviado mi currículo a todas las revistas del país y no he recibido ni una respuesta? ¿Que la bruja de mi jefa me hace la vida imposible desde que descubrió que tenía un lío con mi compañero de trabajo? ¿Que me va a echar y no le quiero dar ese gusto?».

—Me gustaría ampliar mi experiencia laboral en comunicación trabajando en nuevos sectores. Soy joven y no quiero anquilosarme tan pronto. —Había sonado superconvincente. El resultado de horas ensayando frente al espejo…

—Ya veo —asintió el señor Aguado, aunque no parecía muy convencido. Después de pensarse muy bien qué iba a decir, añadió—: Le seré sincero, señorita García. Su perfil no encaja en ninguna de las vacantes de las que disponemos; no tiene experiencia en el mundo de la música, pero veré qué puedo hacer. Le debo un gran favor a mi amigo Jaime…

«Nota mental: invitar a Félix al mejor restaurante de Madrid y pagarle un año de copas por conseguir que su padre moviera sus hilos».

—Señor Aguado, no quiero que esto sea un problema para usted, pero le aseguro que no le defraudaré. Soy trabajadora y, como puede ver por mi trayectoria y mis calificaciones, aprendo rápido. —Esperaba que no hubiera detectado la desesperación que escondían mis palabras, aunque dudaba mucho que pudiera engañar a un perro viejo como él.

Según me comentó el padre de Félix cuando me avisó de que me llamarían de Sound Music para una entrevista, Daniel Aguado y él habían estudiado juntos la carrera de Periodismo y eran grandes amigos. «Ese hombre lleva toda la vida dedicado al negocio de la música: ha tratado con grandes productores y periodistas, ha llevado las relaciones públicas de artistas famosos…, pero también se ha relacionado con la peor basura, así que muéstrate honesta porque ese viejo pirata se las sabe todas», me aconsejó don Jaime, y tengo que decir que muy sabiamente. Aunque también me podría haber advertido de que su amigo parecía recién salido del festival de Woodstock del 69.

Realmente la apariencia del señor Aguado podía confundir a cualquiera. Con su barriguita incipiente, su melena canosa y desaliñada hasta los hombros, una camisa floreada y unas gafas de pasta negra, parecía más un músico trasnochado de los sesenta que el director de Comunicación de una gran multinacional. Entonces me percaté de que quizá no debí vestirme tan monacal para aquella reunión. ¿En qué había estado pensando cuando elegí mi vestuario? ¿En que me iba a entrevistar Anna Wintour? Si iba a trabajar en el mundillo de la música tendría que haber optado por un estilo más atrevido, un rollo Kate Moss, ¿no? Sin embargo, allí estaba, con mi minivestido camisero negro de cuello Peter Pan y puños blancos, unas sandalias retro de ante con cuña y pulsera al tobillo, y mi bien más preciado: mi amado bolso Chanel 2.55.

En fin… Parecía sacada de un capítulo de Gossip Girl. Solo me faltaba la tiara y mi novio con pajarita y babuchas agarrado a mi brazo. Seguro que el señor Aguado estaba pensando que era una de esas niñas que lloraban cuando se les rompía una uña y que trabajaban por pasar el rato. Bueno, para ser sincera, provenía de buena familia, pero no había pedido ni un céntimo a mis padres desde hacía años. De hecho, ser la dueña y señora de aquel bolso fue todo un sacrificio para mí. Mi trabajo me exigía llevar marcas de lujo, así que tuve que pedir un préstamo al banco y ahorrar; es decir, usar transporte público, nada de manicuras ni gimnasio y no volver a pisar en la vida una peluquería. De ahí que mi melena rizada me llegara hasta la rabadilla y tuviera la suavidad y el brillo de un estropajo.

Me retiré un mechón de pelo de la cara y me concentré de nuevo en la entrevista.

—Lo que no puedo asegurarle es un sueldo muy alto —añadió aquel viejo hippy mientras evaluaba mi aspecto de arriba abajo.

Lo sabía. Tendría que haberme puesto esa camiseta ecológica que utilizaba para dormir y en la que ponía: «Ahorra agua, dúchate con un amigo». Pero ya era tarde, y además odiaba que la gente me tachara de pija por tener un padre empresario. Yo trabajaba como la que más. Volví a centrarme en el señor que tenía enfrente y que no paraba de hablar.

—Como bien sabrá, la crisis y la piratería también han golpeado el negocio de la música y los salarios ya no son lo que eran hace diez años.

—Señor Aguado, no se preocupe por mis honorarios. Necesito cambiar de trabajo y, aunque no lo crea, no me puedo permitir dejar el actual porque tengo una hipoteca que pagar. —Solo me faltó decirle: «Y todo lo que llevo lo compré en eBay de segunda mano», aunque no fuese el caso—. Le prometo que no le decepcionaré. Como ya le he dicho, soy trabajadora, tenaz y perfeccionista, y esta es la primera vez que pido… ser recomendada. Pero si no confía en mí y simplemente me va a dar el trabajo por devolver un favor a un amigo, no tiene sentido que sigamos con esta entrevista.

En cuanto terminé de hablar fui consciente del tono que había utilizado. Había sonado prepotente, altiva e impertinente: como nunca había que mostrarse en una entrevista de selección de personal. Dios, últimamente no hacía nada a derechas…

Para mi sorpresa, el señor Aguado se dejó caer en el respaldo de su sillón de piel y, después de unos segundos, comenzó a carcajearse como un psicópata. Mi cara era un poema. ¿Por qué se reía? ¿Se había fumado algo?

Miré incómoda las fotos de grupos que decoraban su despacho mientras al señor se le pasaba la risa. Una vez más calmado, se disculpó.

—Lo siento, señorita García. Es que mientras hablaba he caído en algo… Tengo un puesto que nos urge cubrir y, aunque usted no se corresponde con el perfil, quizá sea una persona con su carácter lo que estamos buscando. No sé si servirá para este trabajo, pero puede intentarlo. Tendría que comunicárselo a mis superiores y mostrarles su currículo, pero estarán de acuerdo,

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