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MISTER (EDICIóN EN CASTELLANO)

E.L. James  

4


Fragmento

1

Sexo ocasional, sin ataduras… Se pueden decir muchas cosas a su favor. Sexo sin compromiso, ni expectativas, ni decepciones; solo tengo que acordarme de sus nombres. ¿Cómo se llamaba la de la última vez? ¿Jojo? ¿Jeanne? ¿Jody? Da igual. Era un polvo anónimo, de las que gritan como locas, tanto dentro como fuera del dormitorio. Me quedo tumbado en la cama mirando el reflejo de las ondulaciones del Támesis en el techo de la habitación, sin poder dormir. Demasiado inquieto para conciliar el sueño.

La de esta noche es Caroline. No encaja en la categoría de polvos anónimos; no encajará nunca. Pero ¿se puede saber en qué narices estaba pensando? Cierro los ojos e intento acallar la vocecilla que pone en duda la sensatez de acostarme con mi mejor amiga… otra vez. Ella sigue durmiendo a mi lado, su cuerpo esbelto bañado en la luz plateada de la luna de enero, sus largas piernas enredadas en las mías, la cabeza apoyada en mi pecho.

Esto está mal, muy mal. Me froto la cara, tratando de borrar el asco que me doy a mí mismo, y ella se remueve y se despereza, despertándose. Recorre con una uña de manicura perfecta el contorno de mi vientre y de mis músculos abdominales, y luego traza un círculo sobre mi ombligo. Intuyo su sonrisa somnolienta mientras desliza los dedos hacia mi vello púbico. Le atrapo la mano y me la llevo a los labios.

—¿No hemos hecho ya suficiente daño por esta noche, Caro? Le beso cada dedo para mitigar el escozor de mi rechazo. Estoy cansado y desanimado por la sensación de culpa, desagradable y persistente, que se ha instalado en la boca del estómago. Es Caroline, por el amor de Dios, mi mejor amiga y la mujer de mi hermano. La exmujer de mi hermano.

No. No es su exmujer: es su viuda.

Es una palabra triste y solitaria para una condición triste y solitaria.

—Oh, Maxim, por favor. Ayúdame a olvidar… —murmura, y me deposita un beso cálido y húmedo en el pecho.

Apartándose el pelo claro de la cara, levanta la vista y me mira a través de sus largas pestañas, con el brillo del dolor y la necesidad inundándole los ojos.

Tomo su preciosa cara en mis manos y niego con la cabeza.

—No deberíamos hacerlo.

—No lo digas… —Acerca los dedos a mis labios, acallándome—. Por favor. Lo necesito.

Lanzo un gemido. Voy a ir directo al infierno.

—Por favor… —me suplica.

Mierda, ya estoy en él.

Y como yo también estoy sufriendo, porque yo también echo de menos a mi hermano, y Caroline es mi conexión con él, busco sus labios con los míos y la empujo de espaldas hacia atrás.

Cuando me despierto, un radiante sol invernal inunda de luz la habitación y tengo que entrecerrar los ojos. Me vuelvo en la cama y siento un gran alivio al ver que Caroline se ha ido, dejando tras de sí un rastro persistente de remordimiento… y una nota en mi almohada:

Cena esta noche con papá y la Puercastra?

Por favor, ven.

Ellos también están destrozados.

TQ x

Mierda.

Esto no es lo que quiero. Cierro los ojos, dando gracias por estar a solas en mi propia cama y alegrándome, pese a nuestras actividades nocturnas, de que decidiéramos volver a Londres dos días después del entierro.

¿Cómo narices hemos dejado que esto se nos fuera de las manos?

«Solo una última copa», me había dicho ella, y yo la había mirado a sus enormes ojos azules, anegados de dolor y de pena, y supe de inmediato lo que quería. Era la misma expresión que había en sus ojos la noche que nos enteramos del accidente de Kit, primero, y luego de su muerte. Una mirada a la que no pude resistirme entonces. Habíamos estado a punto de caer muchísimas veces antes, pero esa noche me resigné a dejarme llevar por el destino, y, con irremediable fatalidad, me follé a la mujer de mi hermano.

Y ahora lo habíamos vuelto a hacer, con Kit de cuerpo presente hacía tan solo dos días.

Miro al techo con gesto hosco. Sin ninguna duda, soy un ser humano patético. Aunque, bien mirado, también lo es Caroline. Al menos ella tiene una excusa: está de luto, muerta de miedo ante lo que le deparará el futuro, y yo soy su mejor amigo. ¿A quién más iba a recurrir en un momento de necesidad como este? Simplemente, me había pasado de la raya con lo de «consolar» a una desconsolada viuda.

Arrugando la frente, hago una bola con el papel de su nota y la arrojo al suelo de madera, por donde se desliza rodando hasta detenerse debajo del sofá, abarrotado con mi ropa. Las sombras acuáticas flotan encima de mi cabeza, y es como si la luz y la oscuridad se burlaran de mí. Cierro los ojos para no verlas.

Kit era un buen hombre.

Kit. Mi querido Kit. El favorito de todos… hasta de Caroline; después de todo, al final lo eligió a él. De repente, me viene a la cabeza una vívida imagen del cuerpo destrozado y deshecho de Kit, bajo la sábana del depósito de cadáveres del hospital. Respiro profundamente, tratando de ahuyentar el recuerdo, mientras se me forma un nudo en la garganta. Se merecía algo mejor que Caro y yo… el inútil de su hermano. No se merecía esta… traición.

Mierda.

¿A quién quiero engañar?

Caroline y yo somos tal para cual. Ella me hizo un favor a mí, y yo le hice un favor a ella. Técnicamente, los dos somos adultos, libres, con capacidad para practicar sexo consentido. A ella le gusta. A mí me gusta, y es lo que se me da mejor, follarme a una mujer atractiva, dispuesta y entusiasta, de madrugada. Es como mejor me lo monto, y me permite montar a alguien… Follar me mantiene en forma, y, en el calor de la pasión, aprendo todo lo que necesito saber sobre una mujer: cómo hacerla sudar y si es de las que gritan o de las que lloran cuando se corren.

Caroline es de las que lloran.

Caroline acaba de perder a su marido.

Mierda.

Y yo he perdido a mi hermano mayor, el único faro que ha guiado mi vida en los últimos años.

Mierda.

Al cerrar los ojos, veo una vez más el rostro céreo del cadáver de Kit, y su pérdida abre un vacío insondable en mi interior.

Una pérdida irreparable.

¿Por qué narices tenía que conducir su motocicleta en una noche tan desapacible, con la calzada cubierta de hielo? No logro entenderlo. Kit es —era— el sensato de la familia, el pilar más sólido al que agarrarse, la rectitud en persona. De los dos, era Kit el que confería honor a nuestro apellido, el que mantenía su reputación y el que siempre se comportaba de forma responsable. Tenía un trabajo en la City y llevaba las riendas del próspero negocio familiar, además. No tomaba decisiones precipitadas, no conducía como un loco. Él era el hermano sensato. Siempre el primero en dar la cara, sin rehuir nunca ninguna responsabilidad. No era el desastre pródigo con patas que soy yo. No, yo soy la otra cara de la moneda de Kit. Mi especialidad es ser la oveja negra de la familia. Nadie espera nunca nada de mí, yo mismo me aseguro de que así sea. Siempre.

Me incorporo en la cama, de mal humor bajo la áspera luz de la mañana. Es hora de bajar al gimnasio de la planta baja. Correr, follar y practicar esgrima, todo eso me mantiene en forma.

Con la música dance martilleándome en los oídos y el sudor resbalándome por la espalda, aspiro aire para llenarme los pulmones. El sonido rítmico de mis pasos sobre la cinta de correr me despeja la cabeza mientras me concentro en llevar mi cuerpo hasta el límite. Normalmente, cuando estoy corriendo, tengo la mente del todo centrada en mi objetivo y agradezco sentir algo al menos, aunque solo sea el dolor en los pulmones y en las piernas. Hoy no quiero sentir nada, no después de esta asquerosa semana de mierda. Lo único que quiero sentir es el dolor físico del esfuerzo y la resistencia. No el dolor de la pérdida.

Corre. Respira. Corre. Respira.

No pienses en Kit. No pienses en Caroline.

Corre. Corre. Corre.

Mientras paso a la fase de enfriamiento y la cinta va reduciendo la velocidad, cubro el último tramo de mi carrera de ocho kilómetros, dejando que mis pensamientos febriles vuelvan a apoderarse de mi mente. Por primera vez en mucho tiempo, tengo muchas cosas que hacer.

Antes de la muerte de Kit, mis días transcurrían recuperándome de los excesos de la noche anterior y planificando la juerga de la siguiente. Y eso era todo, básicamente. Esa era mi vida. No me gusta entrar en detalles sobre lo vacía que es mi existencia, pero en el fondo sé que soy un perfecto inútil. Desde que cumplí los veintiuno, disfruto de un generoso fondo fiduciario, lo que implica que no he tenido que trabajar en serio ni un solo día de mi vida. A diferencia de mi hermano mayor. Él trabajó muy duro, aunque también es cierto que no tuvo otro remedio.

Sin embargo, hoy será distinto. Soy el albacea del testamento de Kit, lo cual es una especie de broma. Elegirme a mí, precisamente a mí, fue su última broma, pero, ahora que está enterrado en el panteón familiar, hay que leer el testamento y… bueno, ejecutar sus últimas voluntades.

Y Kit murió sin dejar herederos.

Siento un escalofrío cuando la cinta se detiene. No quiero pensar en las implicaciones. No estoy preparado.

Recojo mi iPhone, me pongo una toalla alrededor del cuello y regreso corriendo a mi apartamento, en la sexta planta.

Me quito la ropa, la dejo en el dormitorio y entro en el baño integrado en la habitación. Bajo el chorro de agua de la ducha, me lavo el pelo y pienso en cómo manejar la situación con Caroline. Nos conocemos desde hace muchos años, cuando íbamos juntos a la escuela. Reconocimos el uno en el otro un alma gemela, y eso nos unió, dos adolescentes de trece años hijos de padres separados. Yo era el chico nuevo y ella me acogió bajo su ala. Nos hicimos inseparables. Es y siempre será mi primer amor, mi primer polvo… mi desastroso primer polvo. Y años después eligió a mi hermano, y no a mí. Sin embargo, a pesar de eso, conseguimos seguir siendo buenos amigos y no tener ningún contacto físico… hasta la muerte de Kit.

Mierda. Esto tiene que acabar. Ni quiero ni necesito esta clase de complicaciones. Mientras me afeito, unos ojos verdes y solemnes me fulminan con la mirada. No lo jodas todo con Caroline. Es una de las pocas amigas que tienes. Es tu mejor amiga. Habla con ella. Haz que entre en razón. Sabe que sois incompatibles. Asiento con la cabeza ante mi reflejo, más decidido todavía respecto a lo que tengo que hacer, y me limpio la espuma de la cara. Arrojo la toalla al suelo y entro en el vestidor. De allí saco mis vaqueros negros, que están enterrados en una pila en uno de los estantes, y siento alivio al ver colgada una camisa blanca bien planchada y una americana negra recién salida de la tintorería. Hoy tengo un almuerzo con los abogados de la familia. Me calzo las botas y me pongo un abrigo para protegerme del frío de la calle.

Mierda, es lunes.

Acabo de acordarme de que la señora de la limpieza, la buena de Krystyna, mi asistenta polaca, tiene que venir luego a limpiar. Saco la cartera y dejo algo de dinero en efectivo encima de la consola del vestíbulo, activo la alarma y salgo. Cierro la puerta con llave, paso de largo por delante del ascensor y tomo las escaleras.

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