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MúNICH

Robert Harris  

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Fragmento

1

Poco antes de la una de la tarde del martes 27 de septiembre de 1938, el señor Hugh Legat, del Servicio Diplomático de Su Majestad, fue conducido a su mesa, junto a uno de los grandes ventanales del restaurante del Ritz de Londres; pidió un benjamín de Dom Perignon de 1921 que no podía permitirse, abrió su ejemplar de The Times por la página diecisiete y empezó a leer por tercera vez el discurso que Adolf Hitler había pronunciado la noche anterior en el Sportpalast de Berlín.

EL DISCURSO DE HERR HITLER

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ULTIMÁTUM A PRAGA

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¿PAZ O GUERRA?

Legat echaba de vez en cuando un vistazo a la sala para controlar la entrada. Tal vez fuesen imaginaciones suyas, pero le daba la impresión de que los comensales, e incluso los camareros que iban de un lado a otro sobre la moqueta roja y entre las sillas tapizadas de rosa oscuro, estaban inusualmente apáticos. No se oía ni una risa. En Green Park, enmudecidos gracias al grueso cristal del ventanal, cuarenta o cincuenta trabajadores, algunos a pecho descubierto para combatir la elevada humedad, cavaban trincheras.

«En este momento, no debe quedar ninguna duda al mundo entero que no es un hombre, o un líder, quien habla, sino todo el pueblo alemán. Sé que en esta hora, todo el pueblo, la fuerza de millones, está de acuerdo con mis palabras (Heil).»

Lo había escuchado cuando lo retransmitió la BBC. La voz metálica, despiadada, amenazante, autocompasiva, jactanciosa —impresionante a su horrible manera— se veía interrumpida por los golpes de la mano de Hitler sobre el atril y el rugido de quince mil voces jaleando sus palabras. El ruido era inhumano, sobrenatural. Parecía emerger de un oscuro río subterráneo y brotar a través del altavoz.

«Estoy agradecido al señor Chamberlain por todos sus esfuerzos y le he asegurado que el pueblo alemán no quiere otra cosa que la paz. También le he asegurado, y lo recalco ahora, que en cuanto este problema se resuelva, Alemania ya no tendrá más problemas territoriales en Europa.»

Legat sacó su pluma y subrayó este fragmento, y después hizo lo mismo con otra referencia anterior al Acuerdo Naval Anglo-alemán:

«Semejante tratado solo está moralmente justificado si ambos países prometen de forma solemne no volver a declararse la guerra. Alemania tiene esta voluntad. Esperemos que quienes detentan la misma convicción en Inglaterra sean capaces de imponer su criterio».

Dejó el periódico y consultó su reloj de bolsillo. Era característico en él no llevar la hora en la muñeca, como la mayoría de los hombres de su edad, sino prendida de una cadena. Tenía solo veintiocho años, pero con su cara pálida, la actitud seria y el traje oscuro aparentaba más. Había hecho la reserva hacía dos semanas, antes de que estallase la crisis. Ahora se sentía culpable. Le concedería otros cinco minutos y, si no aparecía, se marcharía.

Eran y cuarto cuando vislumbró entre las flores su reflejo en los espejos de marcos dorados que cubrían las paredes. Se había quedado parada en la puerta del restaurante, casi de puntillas, con el mentón levantado. La observó un rato más como si fuera una desconocida y se preguntó qué pensaría de ella si no fuese su esposa. La gente solía decir que tenía un tipo imponente. «No es exactamente guapa.» «No, pero es atractiva.» «Pamela es lo que llaman un purasangre.» «Sí, tiene un impresionante pedrigrí, y viene de un mundo completamente diferente al del pobre Hugh…» (Esto último lo había oído en la fiesta de celebración de su compromiso.) Levantó la mano. Se puso de pie. Por fin ella lo vio, sonrió, lo saludó con la mano y se dirigió hacia él, caminando con rapidez entre las mesas con su falda ceñida y su blusa de seda entallada, dejando una estela de cabezas vueltas.

Al llegar hasta él lo besó con decisión en la boca. Estaba casi sin aliento.

—Perdón, perdón, perdón…

—No pasa nada. Acabo de llegar.

Durante los últimos doce meses Hugh había aprendido a no preguntarle dónde había estado. Además del bolso, llevaba una pequeña caja de cartón. La dejó en la mesa delante de él y se quitó los guantes.

—Pensaba que habíamos quedado en no hacernos regalos.

Levantó la tapa. Un cráneo negro de goma, un hocico metálico y las vidriosas cuencas sin ojos de una máscara de gas le devolvieron la mirada. Se echó hacia atrás.

—He llevado a los niños a que se las prueben. Por lo visto tengo que ponérselas a ellos primero. Supone toda una prueba de devoción maternal, ¿no crees? —Encendió un cigarrillo—. ¿Puedo tomar una copa? Estoy sedienta.

Hugh llamó al camarero con un gesto.

—¿Solo un benjamín?

—Esta tarde tengo que trabajar.

—¡Cómo no! Ni siquiera estaba segura de que aparecieses.

—Si te soy sincero, no debería haberlo hecho. He intentado telefonearte, pero no estabas en casa.

—Bueno, ahora ya sabes adónde he ido. Como ves, es algo de lo más inocente. —Sonrió y se inclinó hacia él para brindar—. Feliz aniversario, cariño.

En el parque, los trabajadores blandían sus picos.

Su mujer pidió deprisa, sin mirar siquiera el menú: ningún entrante, filetes de lenguado de Dover y una ensalada. Legat entregó al maître su menú y dijo que tomaría lo mismo. No estaba en condiciones de pensar en comida, no podía quitarse de la cabeza la imagen de sus hijos con máscaras de gas. John tenía tres años y Diana dos. Todas esas advertencias de no correr demasiado rápido, de abrigarse bien, de no llevarse a la boca los juguetes o los lápices porque uno nunca sabía dónde habían estado antes… Puso la caja debajo de la mesa y la empujó con el pie para hacerla desaparecer de su vista.

—¿Se asustaron mucho?

—Por supuesto que no. Pensaron que todo era un juego.

—¿Sabes que a veces tengo esa misma sensación? Aunque vea el telegrama, cuesta no pensar que se trata de una broma de mal gusto. Hace una semana parecía que todo se había arreglado. Y de repente Hitler cambia de parecer.

—¿Qué pasará a partir de ahora?

—¡Quién sabe! Lo más probable es que nada. —Pensó que debía mostrarse optimista—. Continúan negociando en Berlín, o al menos eso hacían cuando he salido del despacho.

—Y si dejan de negociar, ¿cuándo estallará?

Él le enseñó el titular de The Times y se encogió de hombros.

—Supongo que mañana.

—¿En serio? ¿Tan rápido?

—Asegura que cruzará la frontera checa el sábado. Según nuestros expertos militares, necesitará tres días para reagrupar sus tanques y artillería. Eso significa que tendrá que movilizarse mañana. —Volvió a dejar el periódico en la mesa y bebió un sorbo de champán; tenía un sabor ácido—. ¿Por qué no cambiamos de tema?

Sacó del bolsillo de la americana una cajita con un anillo.

—¡Oh, Hugh!

—Es demasiado grande —le advirtió él.

—¡Oh, pero es una preciosidad! —Se deslizó el anillo en el dedo, levantó la mano y la movió bajo la lámpara de araña para que la piedra azul resplandeciese—. Eres maravilloso. Creía que no teníamos dinero.

—No lo tenemos. Lo ha pagado mi madre.

Temía que no se lo tomase a bien, pero para su sorpresa, ella extendió el brazo sobre la mesa y posó la mano sobre la suya.

—Eres un encanto.

Tenía la piel fría. Su delgado dedo índice acarició la muñeca de su marido.

—Ojalá pudiéramos reservar una habitación —comentó él de pronto— y pasarnos toda la tarde en la cama. Olvidarnos de Hitler. Y de los niños.

—Bueno, ¿y por qué no intentas arreglarlo? Ya estamos aquí. ¿Qué nos impide hacerlo? —Le sostuvo la mirada con sus grandes ojos de un azul grisáceo y él descubrió, con una súbita clarividencia que le provocó un nudo en la garganta, que lo decía porque estaba segura de que era imposible.

Hugh oyó que alguien tosía educadamente a sus espaldas.

—¿Señor Legat?

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