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MONTEPERDIDO

Agustín Martínez  

5


Fragmento

 

El ciervo

—Deja que las niñas jueguen —le dijo Raquel.

Su hija había escalado un pequeño montículo hundiendo las manos en la nieve. Las huellas de su ascenso se habían convertido en diminutos agujeros negros. Una vez arriba, intentaba ponerse en pie sin perder el equilibrio. Extendía sus brazos en cruz, inestable. Amenazaba con caer al suelo en cualquier momento y bajar rodando por la nieve. Se reía.

Se reía como si fuera víctima de un ataque de cosquillas.

Sus botas de agua se hundieron hasta los tobillos y le dieron la sujeción suficiente para agacharse a recoger nieve y hacer una bola. Estaba nerviosa, como una mañana de Reyes, reía e intentaba darse prisa. La emoción la hacía torpe, y tan pronto llenaba sus manos de nieve, se le caía al suelo. Ana sólo tenía once años.

—Verás, al final se harán daño —refunfuñó Montserrat al sentarse junto a Raquel.

A los pies del montículo estaba la hija de Montserrat. Agachada, temía el impacto de la bola de nieve que Ana intentaba formar. Eran de la misma edad. Eran vecinas. Eran inseparables.

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