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MOROLOCO

Luis Esteban  

5


Fragmento

1
 
Moroloco

Me presento. Mi nombre es Rachid Absalam, tengo treinta y cuatro años y soy el narco más poderoso de Campo de Gibraltar. Todos me conocen por Moroloco, a pesar de que saben que mi salud mental es cojonuda y que si averiguo que alguno me llama así le va a faltar cuerpo para encajar las hostias. Dispongo de dos pasaportes, uno español y otro marroquí, y hablo correctamente francés, árabe y castellano. Gracias a ello puedo moverme libremente por ambos lados del Estrecho, circunstancia que resulta fundamental en mi negocio.

Estoy casado y tengo dos hijos. Mi mujer, Halima, es un prodigio de paciencia. Soporta los inconvenientes de la vida que le doy con una enorme y tierna resignación. Solo puedo reprocharle su excesiva tendencia al altruismo, que me cuesta un ojo de la cara. Mi hijo pequeño se llama Hassan, tiene cuatro años. Es cariñoso como su madre y despierto como su padre. Mi primogénito, Khaled, cuida de nosotros desde el paraíso. Murió en Madrid, en casa de mi primo, días después de su quinto cumpleaños. Pero no quiero hablar de eso ahora.

Mis padres llegaron a España en patera cuando apenas contaban veinte primaveras. Recién desembarcados se instalaron en la barriada algecireña de El Saladillo, que es como una favela carioca pero sin mulatas de carnes prietas y piernas infinitas. A pesar de que cuando empecé a ganar dinero les compré un chalet en la mejor zona de Algeciras, nunca se han movido de allí. Dicen que ese es su mundo, su pequeño universo, y que fuera de él se encuentran desorientados.

Vine a la vida unos meses después de que mis padres arribasen a España. Mi madre me parió en casa, en su cama de matrimonio, asistida por una anciana mora y su nieta adolescente. Habiendo nacido en el corazón del barrio, El Saladillo y un servidor estábamos condenados a entendernos. Durante mis primeros años pateé a fondo sus calles. En ellas trabé las pocas amistades que conservo y conocí a la mayor parte de mis futuros socios, subordinados y enemigos.

En aquella época, los críos del barrio abandonaban la escuela en cuanto aprendían a leer y escribir. El futuro laboral no los inquietaba. Sus hermanos mayores, simples subalternos en el tráfico de hachís, ganaban en una noche de alijo lo que un obrero de la construcción en dos meses de carretilla y andamio. Habían aprendido de sus padres, contrabandistas de tabaco, y estos de sus abuelos. Con semejantes antecedentes familiares no era extraño que nadie quisiera estudiar.

Treinta años después, las cosas no han cambiado mucho. Los chavales completan la educación obligatoria, pero no muestran interés en ampliar los estudios ni en ingresar en el mercado de trabajo. Las instituciones públicas cubren las necesidades básicas del vecindario suministrándole viviendas de protección oficial y una amplia gama de pagas y prestaciones. Los lujos, como antaño, se los costea cada uno descargando fardos de hachís o metiendo rubio de matute a través de la cercana frontera con Gibraltar.

Soy consciente de que a los ciudadanos honrados, a los que madrugan para acudir a su puesto de trabajo y cumplen escrupulosamente con la ley, les fastidia sustentar con sus impuestos a parásitos sociales, que es como nos consideran a los habitantes del barrio. Y yo pregunto a esos resentidos: ¿no será que os corroe la envidia? Os quejáis de vuestros sueldos miserables, de las condiciones laborales que soportáis, de la falta de tiempo libre, ¿y queréis que sigamos vuestro ejemplo?

En El Saladillo las personas son felices, dignas, dueñas de sus destinos. Los niños son potros salvajes; las mujeres, ciclones de vida; los hombres, machos en el sentido más recto de la palabra. Sobre este último grupo, el de los hombres, existe hoy en día mucha confusión. Por ello, así como por mi doble condición de miembro del mismo y consumado experto en la materia, me permitiré hacer unas apreciaciones:

Un varón como Dios manda, un tío que no gasta en compresas y a quien los testículos le pesan en el escroto, no lloriquea por las esquinas reclamando justicia salarial, seguridad ciudadana y una beca pública para sus hijos. En los últimos tiempos nos hemos acostumbrado al sollozo masculino, y eso está haciendo de nuestra sociedad una decadente tribu de nenazas. Pero un tipo que se viste por los pies es responsable de su pasado, patrono de su presente y amo de su futuro. Y sobre todo ha de hacerse respetar…

… por su mujer, a la que, a su vez, debe reverenciar como a recinto sagrado.

… por sus amantes.

… por las prostitutas a las que ocasionalmente se tira.

… por sus hijos.

… por los hijos de las prostitutas antes citadas.

… por sus amigos.

… por sus enemigos.

… por la policía (que suele estar comprendida, aunque no siempre, en el apartado precedente).

… por sus socios en los negocios.

… por sus rivales en los mismos.

Aunque hace años que no vivo en El Saladillo (vine a mejor fortuna y Halima forzó la mudanza), lo tengo siempre presente en mi corazón. Allí me dejé la infancia y la juventud, ganduleando día y noche por sus calles y aprendiendo de memoria el mapa de sus rincones. Conozco a todos sus inquilinos: a los viejos, a los jóvenes, a los tenderos, a los repartidores, a los policías que lo patrullan, a las ratas que pueblan sus alcantarillas. Ese barrio forma parte de mí, es sangre que corre por mis venas. También yo corro por las suyas, irrigando los bolsillos de sus gentes, recibiendo sus confidencias, preocupándome por sus problemas, implicándome en las soluciones. Estoy al tanto de todo lo que pasa en sus calles, en las que nadie mueve nada sin mi permiso. Participo en cada decisión y ninguna venganza se ejecuta sin mi visto bueno. En El Saladillo cientos de ojos vigilan por mí. Decenas de bocas me informan.

La información es poder. Después de años de riesgo y fatigas, y pese a varios reveses del destino, he amasado una fortuna cuya cuantía exacta desconozco, pero que no podría gastar en trescientos años que viviera. Y conseguido el dinero, solo resta el poder. El poder de influir, para bien o para mal, en las vidas de los que nos rodean. El poder de condicionar las decisiones de los demás: de los vecinos, de los agentes de la autoridad, de los jueces, de los políticos. Para ejercer ese poder no hay mejor herramienta que la información. Por eso pago por ella y recluto a cualquiera que sea capaz de recabarla. La información es una llave maestra, quien sabe manipularla puede abrir todas las puertas. A ese respecto, El Saladillo es un punto geográfico crucial, la zona cero de mi vasta red de inteligencia. Por sus aceras transitan traficantes, imanes radicales y policías corruptos. También moros de Ceuta y Marruecos que saben cosas oscuras y comercian con ellas para buscarse la vida.

Como apunté, mis padres siguen viviendo en El Saladillo. Son de los pocos vecinos del barrio que no perciben prestaciones ni han sido agraciados con una vivienda social. El piso que ocupan lo adquirieron tras veinticinco años de letras y austeridad. Creen en el esfuerzo, en el ahorro, en apretar los dientes y seguir pedaleando. Jamás se han dado un capricho y nunca los vi salir a cenar ni regalarse perfumes en los aniversarios. Son un ejemplo de sacrificio y resignación. Un ejemplo aborrecible que siempre he tratado de eludir.

Durante los primeros años en España, mi padre se dedicó a la construcción. Era la época del boom inmobiliario. Se levantaba a las seis de la mañana y no regresaba a casa hasta el anochecer, pero ganaba un buen salario. Luego estalló la crisis y el trabajo escaseó. Con lo que había ahorrado durante años de privaciones montó una tienda de alimentos halal[1]. Desde entonces trabaja en ella de sol a sol, feliz por ganar el sustento de su familia al tiempo que colabora fielmente con las normas del islam.

Como buena mora, mi madre se ha dedicado siempre al cuidado del hogar. Se ha desvivido por nosotros, especialmente por mí, aunque las cosas no salieron como ella quería. Es lo que tiene la vida, que casi nunca resulta como la planeamos. La vieja soñaba para mí un futuro de bata y estetoscopio; «el doctor Absalam», auguraba la pobre. Yo era un buen estudiante, avispado y de mente ágil, y sacaba unas notas brillantes en comparación con mis condiscípulos. En el último curso del bachillerato nos sometieron a un test psicotécnico. A mí me pareció una memez, pero hice lo que me ordenaron. Sembré equis por doquier, resolví sencillos problemas de lógica y matemáticas y completé farragosas series de figuras, letras y números. Un psicólogo obeso que lucía gafas de culo de vaso se entrevistó con mis padres. Con aire grave, les comunicó que mi cociente intelectual era muy alto. «Su IQ[2] —pronunció «ai quiu», en inglés, debía de creer que mis padres habían estudiado en Oxford— es de ciento cincuenta. A la espera de pruebas ulteriores, eso significa que su hijo es superdotado». Las pruebas ulteriores no se realizaron nunca, pero desde aquel día mi madre tuvo la convicción de que llegaría a ser algo en la vida. Y algo he llegado a ser, sí, aunque no lo que ella anhelaba. Al principio sufrió mucho con mi profesión, ahora se resigna y da gracias a Alá porque no me falta de nada. Me insiste en que sea un buen musulmán, y yo le hago caso a mi manera.

Ser musulmán consiste, sobre todo, en someterse a la voluntad del Altísimo. En este sentido, yo soy un musulmán irreprochable. Me centro en el presente sin preocuparme por el futuro y acepto sin rencor los golpes del destino. Vivo a porta gayola, a pecho descubierto, con el corazón expuesto a una Providencia a la que no exijo ni imploro, a la que no maldigo ni recrimino. En el fondo ni creo en Dios ni dejo de creer. Las cuestiones escatológicas me resbalan, pero eso no significa que sea un amoral. Tengo mi ética y soy consecuente con ella. Mi código, eso sí, es una sucesión muy corta de prioridades. A saber:

— En primer lugar, yo.

— En segundo, mi familia.

— Después vienen mis amigos.

— Por último, el resto del universo.

Este orden prelacional se conjuga con dos normas:

1.ª No jodo a quien no me jode.

2.ª Si me jodes, date por jodido.

Admito que como código de conducta el mío no es muy elaborado. Sin embargo, a lo largo de mi vida he aprendido que cuando alguien se pierde en hondas elucubraciones éticas generalmente es un sinvergüenza. Mi sistema moral es escueto, sí, pero lo sigo de manera estricta. Quien me conoce sabe a qué carta atenerse, pues nunca conculco mis reglas.

La semana pasada, en una de las noches más intensas de mi trayectoria profesional, intenté meter cuatro gomas[3] entre las playas de La Línea y Algeciras. Durante uno de los desembarcos, cuando parte del hachís estaba sobre la arena y el resto en el interior de la lancha, irrumpió una patrulla de la Guardia Civil. Esto provocó la estampida de los braceros[4] y la huida mar adentro de pi

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