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MOTíN ROJO. LA VERDADERA HISTORIA DEL ACORAZADO POTEMKIN

Neal Bascomb  

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Fragmento

primera parte

1

El río Neva atravesaba el centro de San Petersburgo, a modo de poderosa arteria de hielo. Surcaba su superficie una línea temporal de tranvía eléctrico, además de trineos con tiro de caballos. Los cocheros de esos trineos, envueltos en piel de borrego y con las barbas blanqueadas por los carámbanos que formaba su aliento, seguían carriles trazados con ramas de pino. Las patrullas de policía recorrían el río en busca de puntos delgados, que señalaban con banderas rojas, pero en la mayor parte de las zonas el hielo era ya lo bastante grueso para que los obreros recortaran bloques del tamaño de un piano que almacenarían para los calurosos meses del verano. El río estaba salpicado de pistas de patinaje, que disfrutaban aquellos lo bastante afortunados para disponer de tiempo libre. Por debajo de la superficie helada, el agua fluía inexorable hacia el golfo de Finlandia, pero eso era un concepto remoto para los habitantes de San Petersburgo que se habían congregado en el Neva y sus orillas para celebrar la Bendición de las Aguas. Era el 6 de enero de 1905.1

Nicolás II dio inicio a las ceremonias de la jornada con una revista de las tropas en uno de los muchos y espléndidos salones abovedados del palacio de Invierno.2 Con su uniforme azul oscuro con detalles dorados del afamado Regimiento Preobrazhenski de la Guardia, recorrió con elegancia las filas de hombres, parándose de vez en cuando con el saludo: «Buenos días, hijos míos», correspondido en el acto con un «Salud a Su Majestad». Hombre menudo de un metro sesenta y nueve de estatura, el emperador y autócrata de Todas las Rusias era conocido por su tierna sonrisa y sus ojos azules motín rojo compungidos. A sus treinta y seis años irradiaba poca de la autoridad que había derrochado su padre, Alejandro III, cuya sombra lo eclipsaba a todas horas. Aunque Nicolás estaba agobiado de preocupación por la guerra de Rusia con Japón, en curso ya desde hacía casi un año, podía esperar que las ceremonias del día, una mezcla de observancia religiosa y pompa militar, le levantaran el ánimo.

Después de pasar revista, siguió adelante por el palacio barroco de 1.054 habitaciones, un monumento de cuatrocientos metros de longitud a la riqueza, inmensa y ultrajantemente concentrada, de la nación. El trayecto a lo largo de los salones vastos y lujosamente decorados estaba atestado de gente deseosa de llevarse una mirada de refilón o un asentimiento de cabeza del zar: guardias imperiales con su uniforme blanco de gala y sus cascos de oro y plata con el emblema del águila bicéfala rusa, cosacos de largos ropajes azules con los sables desenvainados, senadores con brillantes capas encarnadas, diplomáticos y dignatarios con sus mejores galas, almirantes y generales a punto de sucumbir bajo el peso de sus medallas y damas de la corte con largos vestidos verde pálido y rosa.

Nicolás llevaba del brazo a su madre, la emperatriz viuda. Su tío, el gran duque Alexis, acompañaba a la zarina Alejandra, seguido por el resto de la familia real. Las emperatrices y grandes duquesas llevaban ropajes de terciopelo y centelleaban de diamantes, perlas y otras piedras preciosas. Encabezados por el gran mariscal de la corte, que caminaba de espaldas y llevaba un bastón de oro, desfilaban de salón en salón, al compás del himno nacional. Al final, cruzaron la Galería Militar de 1812, un largo pasillo con 332 retratos de oficiales rusos que combatieron contra Napoleón, y llegaron a la catedral del palacio. Los iconos de los santos patrones de la familia imperial decoraban las paredes de la nave dorada, y el sol radiante de la mañana resplandecía a través de las ventanas circulares de la cúpula.3

Con unas vestiduras cargadas de oro y plata, el metropolitano de San Petersburgo, cabeza de la Iglesia ortodoxa rusa de la ciudad, empezó la misa al mediodía. Nicolás bajó la cabeza y rezó; un fuerte aroma a incienso de clavo y aceite de rosas impregnaba el aire. Rodeado por tantos símbolos de su poder y por las personas comprometidas en su continuidad, Nicolás podría haber creído que su pleprimera parte garia a Dios del 1 de enero, en la que dijo que «en el año que entra Él otorgará a Rusia un final victorioso en la guerra, una paz firme y una vida tranquila sin sobresaltos», pronto recibiría una respuesta favorable.4 Al fin y al cabo, el año anterior Dios por fin lo había bendecido con un hijo, Alexis.

Sin embargo, siglos de historia habían demostrado que era el pueblo de Rusia, y no Dios, quien había cumplido la mayoría de los deseos del zar. La ciudad de San Petersburgo, por ejemplo, erigida para conceder a Pedro el Grande su insensato «paraíso», se cobró la vida de decenas de miles de siervos que se ahogaron o murieron de cólera mientras cavaban los cimientos de sus primeros edificios en un pantanal hundido propenso a las inundaciones graves.5

En su vida privada, a Nicolás le gustaba adoptar el papel de ruso de a pie, vestirse con una blusa de campesino, comer borsch y ocupar habitaciones modestas de su magnífico palacio, pero entendía muy poco de la vida campesina.6 Existía otra San Petersburgo más allá de las imponentes cúpulas doradas, las mansiones elegantes y los edificios gubernamentales y militares mantenidos con esplendidez que jalonaban los muelles de granito del Neva. En esa San Petersburgo, como en otras ciudades rusas, los obreros caminaban con paso cansino por la nieve sucia para ir a trabajar a las fábricas, donde una jornada de catorce horas valía solo un exiguo salario. Los capataces no los trataban mejor que a esclavos, y los trabajadores vivían en barracones sin ventanas, hasta once personas por habitación, con bancos de madera a modo de camas, trapos por almohadas y paredes cubiertas de hollín de las lámparas de queroseno. Querían mejores sueldos y condiciones de vida, y desde hacía un tiempo empezaban a estar dispuestos a ir a la huelga por ello.7

A lo largo y ancho del Imperio ruso —que por entonces ocupaba una sexta parte de la superficie terrestre, desde el golfo de Finlandia al oeste hasta las cálidas aguas del Pacífico en el este tras atravesar Siberia, desde el helado mar Ártico en el norte hasta el mar Negro y las fronteras del Imperio otomano en el sur— vivían los ciento treinta y cinco millones de súbditos del zar, la mayoría de los cuales eran campesinos que trabajaban la tierra y nunca salían de sus aldeas, salvo quizá para servir de carne de cañón en las guerras de su zar.8

motín rojo

Ninguna de esas personas vería jamás al buen tsar batiushka («Padrecito zar») que presentaban los cuentos y tradiciones populares, aquel individuo escogido por el mismo Dios para cuidar de ellos. Lo único que sabían, con todo, era que muchos de sus hijos mandados a la guerra nunca regresaban, que la tierra que araban a duras penas los salvaba de morir de hambre aun en los mejores años y que el zar nunca parecía oír sus ruegos de socorro.9

A las 12.45 del mediodía el metropolitano terminó la misa y las grandes puertas de la catedral se abrieron de par en par. Nicolás se unió a otra procesión, esta encabezada por eclesiásticos que descendieron entre cánticos por la escalinata de mármol blanco de Carrara hasta salir al Neva para la Bendición de las Aguas. Con la cabeza descubierta y sin capa, como mandaba la tradición, Nicolás sintió el golpe del frío como una bofetada.

Mientras bajaba por la alfombra carmesí

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