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MáS ALLá DEL NILO

Nicole C. Vosseler  

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Fragmento

Contenido

Portadilla

Créditos

Poema

Dedicatoria

Índice de personajes

LIBRO PRIMERO. El último verano

1

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LIBRO SEGUNDO. En el amor y en la guerra

I. Fuego y espada

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II. Un puñado de polvo

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III. La fuente diamantina

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Verano de 1894

Nota de la autora

... and like the all-enduring camel, driven
Far from the diamond fountain by the palms,
Who toils across the middle moonlit nights,
Or when the white heats of the blinding noons
Beat from the concave sand; yet in him keeps
A draught of that sweet fountain that he loves,
To stay his feet from falling, and his spirit
From bitterness of death.

... y como el perseverante camello,
alejado de la diamantina fuente junto a las palmeras,
que tiene que luchar en medio de las noches de luna
o cuando el calor abrasador de los mediodías cegadores
le azota desde la arena cóncava, conserva, pese a todo,
un sorbo de esa dulce fuente que ama para preservar sus pies
de la caída y su espíritu
de la amargura de la muerte.

ALFRED LORD TENNYSON, The Lover’s Tale

Para Jörg,
quien me condujo un trecho
por el desierto
para mostrarme el huerto
que había cultivado allí para mí.

Índice de personajes

En Shamely Green:

Grace, Gracie, Constance Norbury

Stephen, Stevie, William Norbury

Ada, Ads, Isabel Norbury

Coronel William Lynton Norbury, baronet, padre de los anteriores

Constance, Connie, Isabel Norbury, de soltera Shaw-Stewart, madre de los tres primeros

En Givons Grove:

Leonard, Len, James Hainsworth, barón Hawthorne

Cecily, Sis, Victoria Hainsworth

Thomas, Tommy, Albert Hainsworth

James Michael Hainsworth, conde de Grantham, padre de los anteriores

Hester Margaret Hainsworth, condesa de Grantham, madre de los tres primeros

Helen Dunmore, ahijada de lady Grantham

En Guildford y Sandhurst:

Rebecca, Becky, Peckham, la mejor amiga de Grace

Reverendo Samuel Peckham, padre de la anterior

Jeremy Danvers

Sarah Danvers, de soltera Elliston, madre del anterior

Royston, Roy, Nigel Henry Edward Ashcombe, vizconde de Amory

Simon George Alasdair Digby-Jones

Frederick, Freddie, Hugh Highmore

Los Ashcombe en Devon, Yorkshire, Berkshire y en Estreham House:

Nathaniel William Frederick Edward Ashcombe, conde de Ashcombe, padre de Royston

Lady Evelyn Lydia Blanche Ashcombe, de soltera Gomeldon of Haringcourt, madre de Royston (lady E)

Lydia Mabel Violet Beatrice, condesa de Basildon, de soltera Ashcombe, hermana de Royston

Blanche Eleanor Alice Victoria, vizcondesa de Osbourne, de soltera Ashcombe, hermana de Royston

Roderick, Roddie, Landon Hugh Mortimer Ashcombe, hermano de Royston

Los Digby-Jones en Somerset y Londres:

Maxwell Oscar Theodore Randolph Digby-Jones, barón Alford, padre de Simon.

Catherine Elizabeth Flora Digby-Jones, lady Alford, de soltera Beauchamp, madre de Simon.

Charles Oscar Francis Digby-Jones, hermanastro de Simon fruto del primer matrimonio del padre.

Hugh Sidney Philip Digby-Jones, hermanastro de Simon fruto del primer matrimonio del padre.

Rupert Henry Stuart Digby-Jones, hermanastro de Simon fruto del primer matrimonio del padre.

LIBRO PRIMERO

El último verano

Oh! how I love, on a fair summer’s eve,
When streams of light pour down the golden west,
And on the balmy zephyrs tranquil rest
The silver clouds, — far, far away to leave
All meaner thoughts, and take a sweet reprieve
From little cares; to find, with easy quest,
A fragrant wild, with Nature’s beauty drest,
And there into delight my soul deceive.

Cómo me gusta, en bellos ocasos estivales,
cuando ríos de luz se vierten al oeste
dorado, y en los céfiros fragantes se serenan
las nubes plateadas, abandonar muy lejos
los pobres pensamientos y tomarme un respiro
de las preocupaciones, encontrar fácilmente
un paraje balsámico de frondosa belleza,
y dejar que la dicha seduzca allí a mi alma.1

JOHN KEATS

1. Trad. de Alejandro Valero en John Keats. Odas y sonetos. Ediciones Orbis, Barcelona, 1997.

Hay períodos en la vida de una persona que quedan grabados en su memoria más profundamente que cualquier otro, anterior o posterior.

Un invierno de la infancia en que no cesaba de nevar y el mundo enmudecía bajo una espesa capa blanca. Aquel invierno en que, palada a palada, al borde de calles y caminos se formaban unos montones de nieve de la altura de un hombre y que invitaban a escalarlos y deslizarse sobre el trasero en medio de gritos de alborozo. Aquellas mejillas arreboladas de frío, aquellos deditos entumecidos que entraban de nuevo en calor entre punzadas y hormigueos frente al fuego de la chimenea, y aquel sabor de las manzanas asadas, tostadas y arrugadas, algo ácidas e impregnadas de la dulzura del azúcar y el fuerte aroma de la canela y el clavo. Aquel otoño en que los árboles parecían en llamas y la dorada luz del sol poniente se colaba entre las ramas. Aquel otoño en que el cuerpo y el alma se hallaban tan saciados de días calurosos y noches tibias, de cielo azul y fragantes prados floridos, que era fácil despedirse del verano. Aquel inicio de primavera en que los capullos se abrieron casi en una sola noche, cuando parecía que el invierno nunca terminaría.

De igual modo, también hay veranos que nunca se olvidan. Ninguno de ellos olvidaría jamás aquel verano. Jeremy y Grace, Leonard, Cecily y Becky, Ada y Stephen, Royston y Simon. Todos ellos recordarían siempre aquel verano de 1881.

Aquel verano que se inició pronto, en mayo mismo, y que tan generosamente vertió sus dones sobre el sur de Inglaterra, como si tuviera que enmendar lo que habían descuidado un enero gélido acompañado de tormentas y nevadas y una primavera insensible. Fue un verano que rebosaba de color, tibieza y vivacidad, un período que tenía mucho que ofrecerles. Días colmados de risas y dulce ociosidad, noches festivas. Estrechos lazos de amistad y primeros amores, vivencias plenas. El resplandor dorado de un amanecer cargado de promesas en el horizonte, la embriagadora sensación de ser joven y libre, indomable e inmortal.

Fue aquel verano cuando la vida realmente comenzó.

El verano en que Ada Norbury regresó a casa.

1

Resoplando pesadamente bajo una columna de humo, el tren de la London & Southwestern Railway se internaba en una soleada mañana de mayo rumbo al sur procedente de la estación londinense de Waterloo: una oruga de piel espesa que devoraba su camino trazado a través de prados y campos.

Ada sonreía al ver que un linde de bosque, un pueblo o un solitario cottage todavía conservaban el mismo aspecto que ella recordaba, y sus ojos oscuros se abrían de par en par cuando descubrían algo novedoso. No se habían producido grandes cambios; el tiempo parecía haberse detenido en Surrey. Suaves pinceladas de un paisaje eternamente apacible, eternamente contemplativo, se diría que de ensueño. Cuando el tren se detuvo en Weybridge, el corazón de Ada se aceleró, y se ensanchó cuando las ruedas de hierro rechinaron al cruzar el puente sobre el río Wey.

Cambiante como la seda de moiré, la cinta verdeceladón del Wey discurría a través de Surrey y desembocaba, pasado Weybridge, en el Támesis, que conducía sus aguas por Londres para vertirse finalmente en el mar. Pero antes de que el Wey pasara por la somnolienta y pequeña ciudad de Guildford en su ruta hacia el norte, junto a Shalford recogía un riachuelo que los niños de la familia Norbury creían que les pertenecía solo a ellos. Durante los mediodías tranquilos y las todavía más tranquilas noches se oía en el jardín el placentero gorgoteo de Cranleigh Waters, un riachuelo tan angosto y pequeño que en los prados elevados casi desaparecía en la espesura, bajo los sauces y fresnos. Y siempre, apenas hacía una pizca de calor, los pequeños iban corriendo a construir diques de barro, ramas y hierba, a navegar barquitos o chapotear entre gritos y exclamaciones. Incluso cuando ya eran demasiado mayores para eso.

La melancolía se apoderó de la vibrante alegría anticipada de Ada, la misma melancolía que en todos esos meses nunca se había extinguido, sino tan solo aligerado. La sentía desde que se había embarcado en aquella aventura apasionante que había provocado una dolorosa separación y que, al final, no había sido más que una huida.

Cerró los dedos en torno a su recia y estrecha falda, para abrirlos al instante y alisar cuidadosamente la prenda, casi con devoción. Llevaba una chaqueta entallada hasta la cadera del mismo e intenso tono burdeos, y un sombrerito a juego. Un modelo de París, «¡a prueba de bombas, mademoiselle!», según le habían asegurado en el salón de modas de la Rue de la Paix. Un traje concebido para una joven moderna, liberal y segura de sí misma.

—Disculpe, ¿se dirige usted también a Portsmouth?

Ada se sobresaltó y el rubor le subió a las mejillas. Con los párpados entornados miró con timidez a la anciana dama vestida de luto que también ocupaba el compartimento, con quien no había intercambiado más palabras que un breve saludo de cortesía al subir al tren.

—Solo hasta Guildford —respondió en voz baja, consiguiendo esbozar una leve sonrisa.

—Vaya. —El libro, cuya lectura había absorbido el interés de la señora hasta ese momento, se cerró sin más—. ¡Pues no es lo que parece! En el andén me llamó la atención su voluminoso equipaje y pensé: pero ¡cómo dejan sola a esta pobre criatura para tan largo viaje!

—Son apenas tres cuartos de hora, no vale la pena que me recojan en Londres —dijo Ada, sugiriendo que aquello era obvio, aunque se sentía orgullosa de realizar sola ese breve trayecto—. Acabo de llegar de un recorrido por el continente —añadió, ya más osada—. He estado fuera más de un año y justo ayer desembarcamos en Dover.

La anciana dejó el libro a un lado y enlazó las manos sobre el regazo.

—¿Un viaje de estudios? ¡Qué estupendo! ¿Visitó también Italia?

Ada asintió.

—Y Francia y Alemania. Incluso Grecia.

Un destello de lo que había visto y vivido iluminó el rostro de la joven: el viaje en barco remontando el Rin y el castillo de Heidelberg, cuya piedra rojiza se inflamaba al atardecer; el cautivador paisaje del lago Lemán y la elegante decadencia de los palazzi de Venecia. Las torres y cúpulas de Florencia, las fuentes y las antiguas ruinas de Roma, donde había depositado una rosa en la tumba de Keats, y la Acrópolis de Atenas. Y París, sobre todo París, con sus encantadores cafés, los caballetes de los pintores y los puestecillos de libros junto al Sena, el suntuoso Louvre y la catedral de Notre Dame, de una belleza sobrecogedora.

—¡Qué maravilla! —suspiró la anciana—. No hay nada que ensanche más las miras que viajar, nada que enriquezca tanto al alma. ¡Sin duda será su alimento espiritual durante años!

Ada sonrió, esta vez con mayor franqueza.

—Apenas si puedo esperar a ver a mis padres y hermanos para contárselo todo.

Su interlocutora asintió reflexiva, las arrugas junto al rabillo del ojo marcadas con afectuosa benevolencia.

—Seguro que rebosa usted de todas las impresiones, de las grandes y pequeñas vivencias experimentadas durante su viaje. ¡Ay, y su familia estará feliz de verla sana y salva, de poder estrecharla entre sus brazos y tenerla de nuevo en su seno!

Una sombra cruzó el rostro de Ada y los dedos se movieron inquietos. Un deseo había germinado en ella lejos de su hogar, bajo los cipreses y los olivos, durante las largas conversaciones con miss Sidgwick. Un propósito con el que tarde o temprano tendría que enfrentarse a sus padres. Ni ese día ni el siguiente, pero pronto. Antes de que acabara el verano.

—¡Guild-fooooord! ¡Próxima parada Guild-foooord!

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