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MáS OSCURO («CINCUENTA SOMBRAS» CONTADA POR CHRISTIAN GREY 2)

E.L. James

5


Fragmento

Agradecimientos

Gracias a:

Todo el equipo de Vintage, por la dedicación y profesionalidad. Vuestra experiencia, vuestro buen humor y vuestro amor por la palabra escrita resultan una fuente de inspiración constante.

Anne Messitte, por tener fe en mí. Siempre estaré en deuda contigo.

Tony Chirico, Russell Perreault y Paul Bogaards, por un apoyo que no tiene precio.

El maravilloso equipo de producción, edición y diseño que ha dado unidad a este proyecto: Megan Wilson, Lydia Buechler, Kathy Hourigan, Andy Hughes, Chris Zucker y Amy Brosey.

Niall Leonard, por tu amor, apoyo y consejo, y por ser menos gruñón.

Valerie Hoskins, mi agente; gracias por todo, todos los días.

Kathleen Blandino, por la lectura de pruebas y por todas las cuestiones de la web.

Brian Brunetti, de nuevo, por tus inestimables conocimientos sobre los accidentes de helicóptero.

Laura Edmonston, por compartir tus conocimientos sobre el noroeste del Pacífico.

El profesor Chris Collins, por ilustrarme en geotécnica.

Ruth, Debra, Helena y Liv, por el apoyo y las palabras de superación, y por hacer que lo haya conseguido.

Dawn y Daisy, por vuestra amistad y vuestros consejos.

Andrea BG, Becca, Bee, Britt, Catherine, Jada, Jill, Kellie, Kelly, Leis, Liz, Nora, Raizie, QT, Susi… ¿Cuántos años hace ya? Y aún seguimos fuertes. Gracias por los americanismos.

También a todos mis amigos del mundo de la escritura y de los libros (vosotros ya sabéis quiénes sois). Bebo de vuestra fuente de inspiración a diario.

Y, por último, gracias a mis hijos. Os quiero sin condiciones. Siempre me sentiré muy orgullosa de los jóvenes maravillosos en que os habéis convertido. Hacéis que me sienta muy feliz.

Seguid siendo excelentes, los dos.

Jueves, 9 de junio de 2011

Estoy sentado. Expectante. Tengo el corazón desbocado. Son las 17:36 y miro por el cristal polarizado del Audi la entrada principal del edificio. Sé que he llegado temprano, pero llevo todo el día esperando este momento.

Voy a verla.

Me remuevo en el asiento trasero del coche. Se respira tensión en el ambiente, y aunque intento mantener la calma, la expectación y la ansiedad hacen que se me forme un nudo en el estómago y que sienta una fuerte presión en el pecho. Taylor está al volante, mirando al frente, mudo, con su habitual expresión impertérrita, mientras a mí me cuesta incluso respirar. Resulta irritante.

Maldita sea. ¿Dónde está?

Está ahí dentro…, dentro de Seattle Independent Publishing. El edificio que se levanta al otro lado de una amplia y despejada acera tiene un aspecto abandonado y necesita una reforma; el nombre de la editorial está grabado de manera un tanto descuidada en el cristal, y el efecto esmerilado del ventanal se ha deteriorado. La empresa que se encuentra tras esas puertas cerradas lo mismo podría ser una agencia de seguros o una asesoría contable; no promocionan sus productos. Bueno, esa es una de las cosas que cambiaré cuando me haga con el control. SIP es mía. Casi. He firmado las bases del contrato.

Taylor carraspea y sus ojos se clavan en los míos en el espejo retrovisor.

—Esperaré fuera, señor —dice para mi sorpresa, y baja del coche antes de que pueda detenerlo.

Quizá mi tensión le afecta más de lo que creía. ¿De verdad soy tan transparente? Quizá es él quien está tenso. Pero ¿por qué? Aparte de por el hecho de que ha tenido que lidiar con mis continuos cambios de humor durante toda esta semana, y sé que no se lo he puesto fácil.

Pero hoy ha sido distinto. Tenía esperanzas. Ha sido mi primer día productivo desde que ella me dejó, o eso me ha parecido. El optimismo me ha hecho llevar las reuniones con entusiasmo. Diez horas para verla. Nueve. Ocho. Siete… Mi paciencia puesta a prueba por el tictac del reloj a medida que se acerca mi reencuentro con la señorita Anastasia Steele.

Y ahora que estoy aquí sentado, esperando solo, la determinación y la confianza que me han acompañado todo el día se han esfumado.

A lo mejor ha cambiado de opinión.

¿Será un reencuentro? ¿O solo quiere que la lleve gratis a Portland?

Miro el reloj otra vez.

17.38.

Mierda. ¿Por qué el tiempo pasa tan despacio?

Me planteo enviarle un e-mail para que sepa que estoy aquí fuera, pero mientras rebusco el móvil en los bolsillos me doy cuenta de que no quiero apartar los ojos de la puerta principal. Me recuesto en el asiento y repaso mentalmente sus últimos correos electrónicos. Me los sé de memoria; todos son atentos y concisos, pero no hay ningún indicio de que me eche de menos.

A lo mejor sí que solo soy el que la llevará gratis.

Descarto esa idea y miro la entrada deseando que aparezca.

Anastasia Steele, estoy esperando.

La puerta se abre y se me desboca el corazón, pero con la misma rapidez se detiene en seco, decepcionado. No es ella.

Maldita sea.

Siempre me hace esperar. Una sonrisa en absoluto feliz se dibuja en mis labios: la esperé en Clayton’s, después de la sesión de fotos en el Heathman, y una vez más cuando le envié los libros de Thomas Hardy.

Tess…

Me pregunto si todavía los tiene. Ella quería devolvérmelos; quería entregarlos a la beneficencia.

No quiero nada que me recuerde a ti.

La imagen de Ana al marcharse acude a mi mente: su rostro triste y sombrío, compungido por el dolor y la confusión. No me gusta ese recuerdo. Duele.

Fui yo quien la hizo así de desgraciada. Llegué demasiado lejos, demasiado rápido. Y eso me llena de una desesperación tal que se ha convertido en un sentimiento habitual desde que se marchó. Cierro los ojos e intento recuperar la calma, pero me enfrento a mi miedo más profundo y oscuro: hay otro hombre en su vida. Comparte su pequeña cama blanca y su hermoso cuerpo con algún maldito extraño.

Maldita sea, Grey. Sé positivo.

No pienses en eso. No está todo perdido. La verás muy pronto. Tus planes siguen su curso. La vas a recuperar. Abro los ojos y observo la puerta de la editorial a través del cristal tintado del Audi, que ahora refleja mi estado de ánimo. Sale más gente del edificio, pero Ana sigue sin aparecer.

¿Dónde está?

Taylor continúa fuera. Pasea de un lado a otro y mira la puerta de reojo. Por el amor de Dios, parece tan nervioso como yo. ¿Qué demonios le pasa?

Mi reloj marca las 17:43. Saldrá en cualquier momento. Inspiro con fuerza y me ajusto los puños de la camisa; luego intento alisarme la corbata, pero descubro que no me he puesto ninguna. Mierda. Me paso la mano por el pelo en un intento de despejar mis dudas, pero siguen obsesionándome. ¿Soy solo el que la lleva gratis? ¿Me habrá echado de menos? ¿Querrá volver conmigo? ¿Hay otro hombre? No tengo ninguna respuesta. Esto es peor que esperarla en el Marble, y no se me escapa lo irónico de la situación. Creía que era el acuerdo más importante que jamás negociaría con ella, y no salió como esperaba. Nada sale como espero con la señorita Anastasia Steele. Vuelvo a sentir un nudo en el estómago de puro pánico. Hoy tengo que negociar un trato más importante.

Quiero que vuelva.

Dijo que me quería…

La adrenalina que inunda mi cuerpo hace que se me acelere el corazón.

No. No. No pienses en eso. Es imposible que sienta eso por mí.

Tranquilízate, Grey. Céntrate.

Miro una vez más la entrada de la Seattle Independent Publishing y allí está ella, caminando hacia mí.

Joder.

Ana.

La impresión me deja sin aire, como si me hubieran dado una patada en el plexo solar. Debajo de una chaqueta negra lleva uno de mis vestidos favoritos, el morado, y las botas negras de tacón alto. El pelo, reluciente bajo el sol del atardecer, se balancea con la brisa a medida que camina. Pero no es ni la ropa ni el pelo lo que me llama la atención. Tiene la cara pálida, casi traslúcida. Se le ven grandes ojeras y está más delgada.

Más delgada.

La culpa me mortifica.

Dios.

Ella también ha sufrido.

Mi preocupación por ella se convierte en rabia.

No. Furia.

No ha comido en todo este tiempo. Debe de haber perdido al menos dos o tres kilos en pocos días. Mira de reojo a un tío que tiene detrás y él le dedica una amplia sonrisa. Es un hijo de puta guapo, un engreído. Gilipollas. Ese intercambio de miradas cómplices acrecenta mi furia. La mira con descaro de macho mientras ella camina hacia el coche, y mi cólera aumenta a cada paso que da.

Taylor abre la puerta y le tiende una mano para ayudarla a subir. Y de pronto está sentada a mi lado.

—¿Cuánto hace que no has comido? —pregunto con brusquedad, esforzándome por mantener la compostura.

Sus ojos azules me miran directamente a la cara y me dejan desnudo y expuesto, como hicieron la primera vez que la vi.

—Hola, Christian. Yo también me alegro de verte —responde.

Me. Cago. En. Todo.

—No estoy de humor para aguantar tu lengua viperina. Contéstame.

Se mira las manos, en su regazo, por lo que no puedo saber qué está pensando, y pretende colarme la patética excusa de que ha comido un yogur y un plátano.

¡Eso no es comer!

Intento con todas mis fuerzas contener mi mal genio.

—¿Cuándo fue la última vez que comiste de verdad? —insisto, pero ella me ignora y mira por la ventanilla.

Taylor pone en marcha el coche y se incorpora al tráfico, y Ana saluda al capullo que la ha seguido fuera del edificio.

—¿Quién es ese?

—Mi jefe.

Así que ese es Jack Hyde. Hago memoria de los detalles de su currículo que he repasado esta mañana: nacido en Detroit, licenciado en Princeton, prosperó en una empresa de publicidad de Nueva York, pero se ha mudando cada pocos años y ha trabajado por todo el país. Los asistentes no le duran demasiado, ninguno está más de tres meses con él. Lo tengo en la lista de tipos pendientes de vigilancia; Welch, mi asesor de seguridad, averiguará más cosas sobre él.

Concéntrate en lo que importa ahora, Grey.

—¿Y bien? ¿Tu última comida?

—Christian, eso no es asunto tuyo —susurra.

—Todo lo que haces es asunto mío. Dime.

No me dejes, Anastasia. Por favor.

Soy el que la lleva gratis.

Suspira, agobiada, y pone los ojos en blanco para cabrearme. Y entonces la veo: una sonrisa tierna asoma a la comisura de sus labios. Está intentando no reírse. Intenta no reírse de mí. Después de toda la angustia que he soportado, resulta tan refrescante que logra apaciguar mi enfado. Es tan típico de Ana… Su reacción se refleja en mí e intento ocultar mi sonrisa.

—¿Bien? —pregunto en un tono más conciliador.

—Pasta alle vongole, el viernes pasado —responde ella hablando en voz baja.

¡Por el amor de Dios, no ha probado bocado desde la última vez que comimos juntos! Ahora mismo la tumbaría sobre mis rodillas, aquí, en la parte de atrás del coche, pero sé que no debo volver a tocarla así.

¿Qué puedo hacer con ella?

Ana mira hacia abajo, estudia sus manos, tiene la cara más pálida y triste que antes. Y yo me empapo de ella, intento entender qué debo hacer. Una desagradable sensación me oprime el pecho y amenaza con colapsarme, pero la ignoro. Inspecciono de nuevo a Ana y me queda dolorosamente claro que mi mayor miedo es infundado. Sé que no se emborrachó y que no ha conocido a nadie más. Viéndola ahora, sé que ha estado sola, acurrucada en la cama, llorando hasta el agotamiento. Esa idea me reconforta y me desconcierta al mismo tiempo. Soy el responsable de su tristeza.

Yo.

Soy el monstruo. Soy quien le ha hecho esto. ¿Cómo voy a conseguir que vuelva conmigo?

—Ya

Sobran las palabras. De pronto mi misión parece imposible. Ella jamás querrá volver conmigo.

Reacciona, Grey.

Me olvido de los miedos y le hago una súplica.

—Diría que desde entonces has perdido cinco kilos, seguramente más. Por favor, come, Anastasia.

Me siento impotente. ¿Qué más puedo decir?

Ella no me mira, está sumida en su mundo, mirando al frente, y tengo tiempo de estudiar el perfil de su rostro. Es tan menuda, delicada y bella como la recordaba. Quisiera alargar la mano y acariciarle la mejilla, sentir la tersura de su piel, confirmar que es real. Vuelvo el cuerpo hacia ella, ansioso por tocarla.

—¿Cómo estás? —le pregunto, porque quiero oír su voz.

—Si te dijera que he estado bien, te mentiría.

Maldita sea. Yo tenía razón. Ha estado sufriendo, y todo es culpa mía. Pero sus palabras me dan una mínima esperanza. Tal vez sí me haya echado de menos. ¿Es posible? Envalentonado, me aferro a esa idea.

—Yo estoy igual. Te echo de menos.

Le cojo la mano porque no puedo vivir ni un minuto más sin tocarla. La siento menuda y helada envuelta en la calidez de la mía.

—Christian, yo…

Deja la frase inacabada, se le quiebra la voz, pero no retira la mano.

—Ana, por favor. Tenemos que hablar.

—Christian, yo… por favor… he llorado mucho —susurra.

Sus palabras, y ver cómo intenta contener las lágrimas, me rompen lo que me queda de corazón.

—Oh, cariño, no.

Tiro de su mano y, antes de que ella pueda protestar, la subo a mi regazo y la rodeo con mis brazos.

Oh, por fin la siento…

—Te he echado tanto de menos, Anastasia.

Es demasiado ligera, demasiado frágil, y quiero gritar de frustración, pero en lugar de eso hundo la nariz en su pelo, abrumado por su embriagador aroma. Me recuerda tiempos más felices: un huerto en otoño. Risas en casa. Unos ojos brillantes, llenos de humor, de malicia… y deseo. Mi dulce, dulce Ana.

Mía.

Al principio está tensa y se resiste, pero poco a poco se relaja sobre mi cuerpo y apoya la cabeza en mi hombro. Envalentonado, me arriesgo a cerrar los ojos y besarle el pelo. Ella no intenta zafarse de mí, lo que es un alivio. He anhelado con desesperación a esta mujer, pero debo tener cuidado. No quiero que vuelva a marcharse. La sostengo entre mis brazos y disfruto de la sensación y de este sencillo momento de tranquilidad.

Sin embargo, solo es un breve interludio; Taylor llega al helipuerto del centro de Seattle en un tiempo récord.

—Ven. —Tengo que hacer un gran esfuerzo para levantarla de mi regazo—. Hemos llegado. —Ella me mira, perpleja—. Al helipuerto… en lo alto de este edificio —le explico.

¿Cómo había pensado que iríamos a Portland? En coche habríamos tardado tres horas

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