Loading...

MáS RáPIDA QUE LA VIDA

Celia Santos  

0


Fragmento

Metió la enorme llave en la cerradura y empujó, como el que espera una misiva y rompe el sobre con descuido. Apenas tres empujones y la puerta cedió.

La oscuridad salió en busca de la ansiada luz, ausente durante décadas. Las motas de polvo se precipitaron hacia el torrente de claridad, chisporroteando incontroladas.

Allí estaba, cubierto por una lona. El polvo y alguna pluma velaban su testimonio para así evitar que escapase y se desvaneciese en la bruma del tiempo. Dio una vuelta completa al vehículo antes de retirar la tela. Su mano izquierda sujetaba las solapas de su abrigo. Tras más de veinticinco años en aquel país, aún no se había acostumbrado a la humedad. Con la mano libre alzó la lona y la apartó con determinación. Un vuelo casi perfecto que levantó una estela polvorienta, como la que solía dejar a su paso cuando retaba a la velocidad por los caminos de media Europa.

Candela cerró los ojos y agitó la mano para evitar que le entrase el polvo. El viejo coche de carreras De Dion se mostró como un espíritu invocado por la melancolía. La pintura verde, entonces brillante, lucía ahora ajada y de una tonalidad gris acorde con el olvido. Los neumáticos habían perdido el aliento y el parabrisas la miraba casi ciego.

Aquel viejo trasto era lo único que ella le había dejado en herencia. No se quejaba, muy al contrario, sentía un orgullo conmovedor. Avanzó unos pasos mientras acariciaba la deslucida carrocería con la yema de su dedo corazón. Cuando llegó a la puerta derecha, se detuvo. Dudó un instante antes de abrirla. Remangándose la falda, subió y se acomodó en el asiento del conductor. No lo hacía desde aquellos días en que su amiga le enseñó a conducir. Sonrió ante la invasión del recuerdo... Deseó que el pasado que rezumaba por cada tuerca, por cada pedazo de chapa, por cada costura de la piel de los asientos se tornase presente; convertir aquel viejo De Dion en la máquina del tiempo de su viejo amigo el escritor.

Al deslizar la mano derecha bajo el asiento, localizó el pequeño cajón donde Dorothy guardaba siempre sus herramientas. El cierre cedió con facilidad. Movió la mano como un sabueso hasta que topó con lo que esperaba encontrar. Sonrió. Sabía perfectamente de qué objeto se trataba. Lo apretó con fuerza, con miedo de que el pasado se desvaneciera. Antes de examinarlo cerró los ojos y suspiró. La vieja polvera de plata, labrada con motivos florales, había perdido el brillo de antaño, las vetas del orfebre lucían ennegrecidas y le dispensaban una belleza madura y reposada. Se sintió como un arqueólogo a punto de abrir el sarcófago de un milenario faraón, temerosa de destapar tantos recuerdos. Con un leve pellizco, el espejito se abrió. Miró a través de él y entonces, sin necesidad de artilugios modernos, viajó a aquel pasado. El suyo, el de Dorothy...

Con una nitidez mágica, vio reflejada su figura: la chica más rápida del mundo.

1

La primera vez que Dorothy vio un coche fue con ocho años, en la residencia de la familia Levitt, en Hackney. Tomaba el té con su hermana Elsie mientras el aburrimiento se merendaba la tarde. Dorothy observaba dos escarabajos que parecían competir en una carrera hasta las migas de pastel que ella había dejado a unos centímetros. Apostaba mentalmente cuál de los dos llegaría primero para hacerse con el premio. Elsie bordaba hastiada, con la mente en el imaginario que suelen visitar las adolescentes.

Un rumor ronco, tenue al principio, rompió la quietud. Aunque inusual, las niñas adivinaron de dónde procedía. Se asomaron a la ventana y se sonrieron. En ese instante, el señor Lowenbrown apareció frente a ellas en su flamante Mercedes Benz. El socio de su padre, un joven y guapo emprendedor que se encargaba de los negocios de la empresa de Jacob en el extranjero, los visitaba con frecuencia y ya les había anunciado su decisión de adquirir uno de aquellos modernos vehículos a motor. Una locura, había afirmado Jacob convencido, una moda que no durará.

La pequeña Dothy contemplaba el coche fascinada: no había caballos que tirasen de él ni un cochero en el pescante. Imaginó un par de corceles invisibles arrastrando la magnífica máquina.

Elsie se incorporó y se atusó el pelo y el vestido. Su interés en el socio de su padre rozaba los límites del decoro para una señorita de su edad y condición. Dorothy dejó caer su emparedado sobre la taza de té, salpicando el elegante mantel de hilo que su hermana había bordado. El interés de la pequeña iba por otros derroteros. Se moría de ganas de ver aquel carruaje extraño.

El hombre bajó del coche y fue directo hacia Elsie para dejarse agasajar. Ella le ofreció una taza de té que él rechazó; prefería saborear la tierna belleza de la juventud recién estrenada que ella disfrutaba con fingida timidez.

Al ver la puerta del vehículo abierta, Dorothy se coló y trepó por el asiento del conductor hasta quedar frente al volante. Lo giró y los neumáticos chirriaron al roce con la tierra. Su hermana aprovechó la travesura para alardear de su mad

Sigue leyendo y recibe antes que nadie historias como ésta