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MáS RáPIDA QUE LA VIDA

Celia Santos  

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Fragmento

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Los vehículos recién llegados se alineaban en el gran salón, colocados de forma estratégica para atraer la atención de los visitantes. Algunos vendedores abrían capós para mostrar las virtudes de los motores. Otros los ponían en marcha para que los posibles compradores se deleitasen con su ronroneo.

A sus diecinueve años, los conocimientos de Dorothy eran suficientes como para apreciar la moderna tecnología que se exponía en la feria anual de Napier. Observaba cautivada cada uno de los modelos y estudiaba la evolución de los viejos motores de vapor, ahora de carburación. Algunos incluso de un cilindro. Sujetaba su sombrero con elegancia y sumergía la cabeza en los entresijos, como un estudiante de medicina que acude a una disección. La imagen de una joven refinada y aparentemente distinguida analizando carburadores y neumáticos resultaba chocante, inusual, por no decir provocadora.

La exposición estaba siendo un éxito y Selwyn Edge esperaba que las visitas se materializasen en dinero que llenase su caja de caudales. Observaba desde un extremo a la multitud que serpenteaba entre los coches, parecían hormigas alrededor de granos de azúcar. Era difícil resistirse a probar —y desear— una de aquellas máquinas. Prescindir de la dependencia animal, limitada e incómoda, era el principal aliciente para decidirse a adquirir cualquiera de los modelos. De repente, entre tanto hombre, Edge se fijó en Dorothy. Lanzó al suelo con descaro el pitillo que estaba fumando y lo apagó de un pisotón. Quería conocer a esa chica. Se abrochó el botón de la chaqueta, se atusó el pelo y el poblado bigote, y con una mano en el bolsillo y aire petulante, se dirigió hacia ella.

Dorothy estaba con la cabeza hundida en el engranaje, admirando el motor del De Dion-Bouton de ocho caballos. Era evidente que no quería perder detalle. Edge se puso a su lado, tan cerca que le resultó cómico que ella no se percatase de su presencia. Solo cuando se giró para continuar con su examen advirtió la figura que estaba casi pegada a ella. Dio un respingo que hizo tambalear su sombrero. Ante ella, un rostro firme, anguloso, de mandíbula ancha y labios cóncavos que la miraba fijamente. Tenía unos pómulos exagerados y las cejas juntas, ojos neutros y sonrisa irreal. De hechuras hercúleas, aunque no exageradas, le daba a su traje hecho a medida la agilidad de quien sabe, o quiere, moverse seguro por la vida. El hombre gozaba de un atractivo indescriptible, oculto, casi etéreo. Difícil de localizar a primera vista.

—Discúlpeme —se excusó Dorothy de forma fingida y se retiró ligeramente ruborizada.

Él respetó la distancia entre ambos y se acodó en la carrocería del vehículo.

—¿Le gusta este modelo? Seguramente su marido desearía probarlo.

Aquel comentario iba cargado de segundas intenciones. No le gustaba moverse por terreno pantanoso, prefería caminar sobre seguro, o al menos tener algo a lo que agarrarse en caso de patinar.

—No, no. Solo estaba mirando.

—Normalmente las mujeres se aburren cuando acompañan a sus maridos a sitios como este. Pero usted parece realmente interesada. —El pez no había picado a la primera. Tenía que lanzar otro anzuelo.

—¿Le extraña que una mujer se interese por la automoción? —replicó ella algo ofendida.

—Digamos que estoy... sorprendido —dijo él desafiante—. Es la primera vez que veo a una mujer cautivada por unos cuantos hierros.

—Pues debería saber que hay mujeres que conducen sus propios coches, incluso han participado en competiciones. Pero imagino que no sabe quién es Camille du Gast, o la baronesa Van Zuylen, señor... —Hizo una pausa para que él se presentara.

—Edge, Selwyn Edge. Soy el propietario. —Y alargó la mano esperando la suya.

—Dorothy Levitt. —Él se dispuso a besarle la mano, pero ella se limitó a estrechársela.

—Discúlpeme, t

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