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MUERTE DE UN FORENSE (ADAM DALGLIESH 6)

P.D. James  

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Fragmento

Título original: Death of an expert witness

Traducción: Jorge Luis Mustieles

1.ª edición: julio, 2016

© 2016 by P. D. James

© Ediciones B, S. A., 2016

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

ISBN DIGITAL: 978-84-9069-495-4

Maquetación ebook: Caurina.com

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

Contenido

Portadilla

Créditos

 

Nota de la autora

PRIMERA PARTE. LLAMADA AL ASESINATO

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SEGUNDA PARTE. UNA MUERTE DE BATA BLANCA

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TERCERA PARTE. UN HOMBRE EXPERIMENTAL

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CUARTA PARTE. COLGANDO DEL CUELLO

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QUINTA PARTE. EL POZO DE TAJÓN

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Nota de la autora

En East Anglia no hay ningún laboratorio oficial de medicina legal y, aun en caso de que lo hubiera, es sumamente improbable que tuviera nada en común con el Laboratorio Hoggatt, cuyos miembros, como todos los demás personajes de esta novela —incluso los más desagradables—, son puramente imaginarios y no guardan ningún parecido con persona alguna, viva o muerta.

PRIMERA PARTE

LLAMADA AL ASESINATO

1

La llamada se produjo a las 6:12 exactamente. Para él ya se había convertido en un gesto automático el anotar la hora frente al dial iluminado de su reloj eléctrico de cabecera antes de encender la lámpara, un segundo después de haber buscado a tientas y silenciado la estridente insistencia del teléfono. Aunque raramente debía sonar más de una vez, él siempre temía que el timbrazo pudiera despertar a Nell. El que llamaba era conocido; el llamamiento, esperado. Era el detective inspector Doyle. La voz, con su vaga e intimidante insinuación de acento galés, le llegó clara y confiada, como si el gran corpachón de Doyle se cerniera sobre la cama.

—¿Doc Kerrison? —La interrogación era ciertamente innecesaria. ¿Quién si no él, en aquel caserón medio vacío y lleno de ecos, podía descolgar el teléfono a las 6:12 de la mañana? No contestó nada, y la voz siguió hablando.

—Tenemos un cuerpo. En los marjales, en un campo de tajón, a cosa de una milla al noreste de Muddington. Una chica. Estrangulada, según todos los indicios. Parece un caso bastante claro, pero como está usted tan cerca...

—Muy bien. Ahora voy.

La voz no manifestó alivio ni gratitud. ¿Por qué habría de hacerlo? ¿Acaso no acudía siempre que era llamado? Esta disponibilidad se le pagaba bien, pero no era éste el único motivo de su obsesivo celo. Sospechaba que Doyle le habría respetado más si de vez en cuando se hubiera mostrado menos servicial. También él mismo se habría respetado más.

—Es el primer desvío de la A142 después de atravesar Gibbet’s Cross. Haré que alguien le espere.

Volvió a colgar el auricular, se sentó en el borde de la cama y, recogiendo el lápiz y la libreta, anotó los detalles mientras aún seguían frescos en su mente. En un campo de tajón. Eso probablemente significaba barro, sobre todo después de la lluvia del día anterior. La ventana estaba ligeramente abierta por su parte inferior. La deslizó hacia arriba para abrirla del todo, haciendo una mueca al oír chirriar la madera, y asomó la cabeza. El denso aroma margoso de una noche de otoño en el marjal le bañó la cara; era un olor intenso, pero fresco. Había dejado de llover y el firmamento era un tumulto de nubes grises por entre las cuales la luna, casi llena, vagaba en círculos como un pálido espectro demente. Su mente se extendió sobre los campos desiertos y los desolados diques hasta los vastos arenales del Wash, blanqueados por la luna, y los movedizos ribetes del mar del Norte. Podía imaginar que olfateaba su dejo medicinal en el aire lavado por la lluvia. Allí afuera, en las tinieblas, rodeado por toda la parafernalia de la muerte violenta, había un cadáver. Mentalmente, recreó el familiar ambiente de su profesión: los hombres que se movían como negras sombras tras el fulgor de las lámparas de arco, los automóviles de la policía ordenadamente aparcados; el aleteo de las mamparas, las voces intercambiando comentarios ocasionales mientras esperaban divisar las primeras luces de su automóvil. Ya debían de estar consultando sus relojes, calculando cuánto podía tardar en llegar hasta allí.

Tras cerrar la ventana con manos cuidadosas, tironeó de los pantalones por encima del pijama y se puso un polo. A continuación, recogió su linterna, apagó la lámpara de cabecera y salió hacia el piso de abajo, avanzando cautelosamente y caminando cerca de la pared para evitar que crujieran los escalones. Pero del cuarto de Eleanor no salía el menor ruido. Dejó que su mente cruzara los veinte metros del rellano y los tres peldaños que le separaban del dormitorio interior donde yacía su hija de dieciséis años. Siempre había tenido el sueño ligero y, aun dormida, era asombrosamente sensible al sonido del teléfono. Pero no era posible que lo hubiera oído. En cuanto al pequeño William, de tres años de edad, no le preocupaba: una vez dormido, nunca despertaba antes de la mañana.

Tanto sus acciones como sus pensamientos estaban medidos. Su rutina nunca variaba. Entró primero en el pequeño cuarto de baño junto a la puerta posterior, ante cuyo umbral estaban preparadas las botas de agua, con los rojos calcetines sobresaliendo de la caña como un par de pies amputados. Arremangándose por encima de los codos, se lavó manos y brazos con abundante agua fría, y luego, agachado, se remojó toda la cabeza. Siempre realizaba estas abluciones casi ceremoniales antes y después de cada caso. Hacía mucho tiempo que había cesado de preguntarse el porqué. Se había convertido en algo tan necesario y reconfortante como un ritual religioso, el breve lavado preliminar que era como una dedicatoria, la ablución final que constituía al mismo tiempo una tarea necesaria y una absolución, como si al enjuagar de su cuerpo el olor de su profesión pudiera también eliminarlo de sus pensamientos. El agua salpicó con fuerza el espejo; al

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