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MUJERES QUE COMPRAN FLORES

Vanessa Montfort

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Fragmento

Olivia es nombre de ángel

En el barrio nadie se ponía muy de acuerdo sobre cuánto tiempo llevaba allí. Pregunté a los camareros de la taberna de La Dolores y aseguraban que muy poco, sin embargo los de Casa Alberto tenían la certeza de que llevaba toda la vida. En lo que todos coincidían es que El Jardín del Ángel llevaba al menos dos siglos siendo una floristería y llamándose así, quizá porque siempre había residido uno en él y simplemente iban cogiéndose el relevo. Cuando Olivia se marchara la sucedería otro ángel con otra misión. Eso estaba claro. Daba igual a quién preguntaras, para los vecinos del barrio era como si Olivia siempre hubiera estado allí y aquella verja y sus flores hubieran brotado alrededor de su persona en algún momento del siglo XX.

Qué o quién habría sido Olivia antes era difícil averiguarlo. Nadie lo sabía. O los que lo sabían guardaban su intimidad y su secreto. Nadie tenía claro si la floristería era suya o alquilada. Unos rumoreaban que había sido una rica y excéntrica heredera. Otros creían que fue la amante de un hombre célebre o quizá una actriz famosa que alcanzó la fama en otros países. Y era cierto que en su voz brotaban dejes de otras posibles tierras como el que habla varios idiomas: las eses silbaban entre sus dientes algo más de lo normal, las vocales eran aflautadas como en los países galos, pero su pronunciación era perfecta y su voz, grave y serena como la de las plantas.

La primera vez que la vi fue a los tres días de llegar al barrio. Desde que había descubierto El Jardín del Ángel pasaba por su puerta varias veces al día, pero nunca me decidía a entrar. Mi pequeño y recién alquilado apartamento me asfixiaba. El calor era insoportable y hacía que el olor a pintura fuera aún más intenso. Todavía no tenía aire acondicionado y las maletas llenas y sin abrir me servían de mesa, de asiento o para subirme en ellas cuando no alcanzaba a abrir la llave del gas de la cocina. Así que esas excursiones y la visión de aquel oasis me ayudaban a obtener mi ración de oxígeno diario.

Esa noche bajé a la calle con la misma ropa con la que había estado limpiando la casa: unos vaqueros viejos, una camiseta de tirantes más vieja aún y las mismas chanclas con las que salía de la ducha. Cuando me vi en el espejo del ascensor me pareció que toda yo estaba descolorida. Las costillas se transparentaban en la piel de mi escote. Mi pelo negro y lacio estrangulado en una coleta. El rostro blanco sin maquillaje. Los ojos hinchados por el polvo.

Cuando subí arrastrando los pies hasta la plaza me sorprendió encontrarlo aún abierto. Estaba iluminado por bombillas de colores y pequeños farolillos de papel que colgaban de los árboles. Eso y un grillo que parecía haberse instalado en el enorme olivo para dar un recital le regalaba al conjunto una atmósfera de verbena de pueblo.

Y el Olivo, robusto y centenario. Ocupaba el centro del jardín y de sus ramas colgaba un rudimentario columpio de cuerda. Traspasé la verja con cierto recelo siguiendo un camino de baldosas de piedra con la ilusión de que fueran ama­rillas y con la secreta esperanza, ahora lo sé, de que al final de ese camino me esperara el Mago de Oz. Olía a tierra mojada. Entre las sombras de las hojas y bajo una carpa blanca alcancé a ver una pequeña mesa de hierro forjado con una copa de vino aplazada y un libro abierto. La puerta del invernadero estaba abierta de par en par.

Aquella fue la primera vez que la vi.

Porque todo aquello era ya Olivia.

En el interior, un jazz años cuarenta acariciaba las hojas de las plantas, mecía las cestas de flores colgantes, se escapaba empujado por el vapor de los aspersores. Aquí y allá, coloridas mariposas de celofán decorando las paredes de cristal, acuarelas con motivos florales y luminosos expuestas en cualquier rincón, recipientes reciclados de otras vidas con ramos de flores a las que entonces no podía dar nombre. Al fondo y tras una pared de cristal, una gran fuente de piedra antigua pegada a la pared de ladrillo visto, en la que la cabeza de un extraño león escupía el agua sobre un pilón lleno de nenúfares. En cualquier hueco, con cualquier excusa, surgía la vida en forma de planta. Del techo a dos aguas colgaban móviles de cristal soplado, coronas tejidas con ramas, flores y piñas secas, mensajes alegres pintados en carteles de madera y un mostrador que exhibía tarjetas antiguas: el barrio en el siglo XIX, a principios del siglo XX, antiguos figurines de moda, cuadros de los museos vecinos, viejos carteles del teatro Español y del de la Comedia. En el centro, un libro de visitas para los clientes abierto con un mensaje en japonés rodeado de corazones. Y otro libro forrado en terciopelo rojo en cuya portada aparecía grabado un título: «Cuaderno de Campo».

No pude evitarlo.

Nunca había hecho una cosa así, por eso sé que no pude evitarlo. Lo abrí por el lugar donde asomaba el marcapáginas de raso.

En letras estilizadas y a pluma, un pequeño texto escrito a mano que se titulaba: «Cicatrices».

—Siempre me gustaron las personas con cicatrices, como los árboles —dijo una voz a mi espalda que me hizo cerrar de golpe el libro—. De hecho, desconfío de las personas que pasados los cuarenta no tienen ninguna.

Me volví despacio y muda, con los mismos ojos de Capitán cuando acababa de afilarse las uñas en la alfombra.

Detrás del mostrador y apartando una pequeña cortina de cuentas de colores que comunicaba con la trastienda estaba ella, como si acabara de salir al escenario.

Olivia poseía ese tipo de belleza que estaba fuera de toda convención: había convertido su delgadez no buscada en elegancia, suplía su falta de maquillaje con un sencillo toque de rojo en los labios y sus vestidos de tela gastada parecían en su cuerpo de alta costura. Un estilo como el de aquellas mujeres que salían de las fábricas durante las grandes guerras. Como todas las damas era de edad indefinida, aunque parecía atrapada entre los años cuarenta y los sesenta. Una Katherine Hepburn en tecnicolor: delgada y alta, de talle largo al que se ceñía un vestido de seda estampado con hojas verdes y unas sandalias de esparto con pulsera al tobillo. Llevaba el pelo recogido en un moño alto y poco fabricado de color mandarina que le daba el aspecto de haber salido de un fotograma antiguo coloreado.

—Esperaba que fueras más joven —continuó con su voz redonda, pausada—, entiéndeme, no es que sea un requisito, pero simplemente te había imaginado así.

—Lo siento —intenté justificarme.

¿Y por qué sabía mi edad aquella mujer?

Entonces posó un dedo sobre sus labios finos, rojos y algo arrugados, indicando silencio.

Se acercó a mí.

Unos ojos turquesa, chisposos, buscaron algo en los míos y luego me hizo un gesto de escuchar. El grillo del jardín parecía estar ahora dentro de la estancia y su canto molesto hacía vibrar los cristales. Sonrió.

—Querida, tranquila, la vida mancha pero no afea, al contrario —prosiguió susurrando mientras me cogía del brazo—, en el fondo me alegra que no seas una chiquilla. Mi última ayudante me dejó colgada por un inglesito achicharrado que había venido de Erasmus.

Cogió una enorme y pesada regadera roja de hierro llena de agua. Caminamos guiadas por aquel canto estridente mientras regaba los tiestos y se detenía cada poco como si auscultara el lugar en el que se escondía el insecto.

—Verás —prosiguió enredando un mechón de pelo naranja entre sus dedos—, la prueba que voy a hacerte es muy sencilla.

—¿Una prueba? —Me alarmé.

Volvió a indicarme silencio con su dedo huesudo. Puso cara de concentración.

—Es una sola pregunta. Y sabré si eres tú. —Hizo una pausa teatral—. Por esta floristería pasan hombres y mujeres que necesitan comunicar una emoción o enviar un mensaje para el que no encuentran las palabras: respeto, agradecimiento, admiración, desamor, pérdida, amor, celebración… Unos compran flores para un nacimiento y otros por una muerte. Unos las encargan para restar sobriedad a sus despachos, otros para dar vida a sus casas. Algunos las prefieren vivas, aún prendidas de la tierra, otros muertas o disecadas. En unos casos las prefieren a punto de abrirse para que duren más, a otros en cambio les gustan perecederas como las margaritas que empiezan a deshojarse. —Su mirada atravesó el cristal del invernadero donde los transeúntes se deslizaban atrapados en una brillante tira de fotogramas—. De una en una o de cien en cien… a veces las enviamos al camerino del teatro Español, otras forman coronas en la iglesia de San Sebastián, las compran madres a sus madres, infieles a sus mujeres, amantes a sus amantes, el Palace para sus retretes, las ancianas para sus balcones… Yo tengo la teoría de que a cada persona le corresponde una flor. Y a cada etapa de su vida, también. Hay mujeres que compran flores y otras que no. Eso es todo.

Me quedé mirándola fijamente y ya en ese instante, sin saber por qué, quise pertenecer a esa categoría más que nada en el mundo.

—¿Y cómo son esas mujeres?

Me soltó del brazo como el que abre un candado y se volvió hacia mí levantando una ceja fina y pelirroja con brillos de plata.

—Dime: ¿qué flor te llevarías hoy de todas estas?

Ni siquiera miré alrededor. Sentí el mismo retortijón en la tripa que cuando me sacaban a la pizarra.

—Nunca he comprado flores —vacilé.

—Ya… y cuando te las han regalado, ¿cuáles te gustaban?

—Nunca me las han regalado tampoco. —Agaché la bar­billa.

Ella chasqueó la lengua.

—¿Y ahora? ¿No ves ninguna que te guste? Vamos…

Sólo vi manchas de colores. Por culpa de los nervios y el calor me pareció que ambas formábamos parte de un cuadro de Monet. Tras un larguísimo silencio, respondí:

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