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MáXIMO IMPACTO (WILL ROBIE 2)

David Baldacci  

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Fragmento

Título original: The Hit

Traducción: Mercè Diago y Abel Debritto

1.ª edición: abril, 2017

© 2013 by Columbus Rose, Ltd.

© Ediciones B, S. A., 2017

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

ISBN DIGITAL: 978-84-9069-701-6

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Maquetación ebook: emicaurina@gmail.com

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Gracias al elenco y a la tripulación de Buena Suerte

por tan estupendo viaje.

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

 

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Agradecimientos

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Doug Jacobs, que se sentía pletórico ante la inminencia de una muerte, se ajustó los cascos y aumentó el nivel de brillo de la pantalla del ordenador. La imagen apareció nítida, entonces, casi como si estuviera allí.

Sin embargo, dio las gracias a Dios por no encontrarse en ese lugar, sino a miles de kilómetros, aunque nadie lo hubiera dicho al mirar la pantalla. No había dinero suficiente para enviarlo allí. Además, había muchas personas mucho mejor preparadas para ese trabajo, con una de las cuales estaba a punto de comuni­carse.

Era un día soleado. Jacobs contempló brevemente las cuatro paredes y la única ventana de su despacho, situado en un edificio bajo y anodino de obra vista en una zona ecléctica de Wash­ington D.C. en la que coexistían viviendas antiguas en distintos grados de deterioro o restauración. Aunque algunas zonas del edificio de Jacobs no tenían nada de anodino. Por ejemplo, una pesada puerta de acero con una verja alta rodeaba el períme­tro de la propiedad. Guardias armados patrullaban las estancias interiores y cámaras de vigilancia controlaban el exterior. Pero por fuera no había nada que indicara lo que sucedía de puertas adentro.

Y lo que sucedía no era poco.

Jacobs cogió la taza de café recién hecho en la que acababa de verter tres sobres de azúcar. Tenía que observar la pantalla con una concentración absoluta, y la combinación de azúcar y cafeína le ayudaban a ello. Así estaría acorde con la turbulencia emocional que lo invadiría en apenas unos minutos.

Habló por el micrófono.

—Alfa Uno, confirma ubicación —pidió con sequedad. Le pareció que sonaba como un controlador aéreo que intenta garantizar la seguridad en los cielos. «Bueno, en cierto modo, eso soy precisamente. Solo que nuestro objetivo es matar en cada viaje.»

Recibió una respuesta casi inmediata.

—Alfa Uno se encuentra a setecientos metros al oeste del objetivo. Sexto piso del lado este del edificio de apartamentos, cuarta ventana empezando por la izquierda. Si haces zoom, deberías poder ver el cañón del fusil.

Jacobs se inclinó y desplazó el ratón. Hizo zoom en la imagen que recibía vía satélite en tiempo real desde esa lejana ciudad que albergaba a tantos enemigos de Estados Unidos. Advirtió el extremo de un supresor largo acoplado a la boca de un fusil que apenas asomaba por el alféizar. Se trataba de un arma personalizada, capaz de matar a larga distancia, siempre y cuando quien la manejara tuviera puntería y ojo de lince.

En ese momento, ese era exactamente el caso.

—Entendido, Alfa Uno. ¿En posición?

—Afirmativo. Todos los factores confluyen en la mira. El punto de mira se encuentra en el punto terminal. Supresor con cambio de frecuencia sintonizado. El sol se pone detrás de mí y les da en la cara. Ninguna lente refleja. A punto.

—Recibido, Alfa Uno.

Jacobs comprobó la hora.

—¿La hora local son las diecisiete?

—En punto. ¿Actualización de inteligencia?

Jacobs hizo aparecer esa información en una pantalla secundaria.

—Todo sigue el horario previsto. El objetivo llegará dentro de cinco minutos. Bajará de la limusina por el lado de la acera. Está previsto que allí responda a preguntas durante un minuto y que tarde diez segundos en entrar en el edificio.

—¿Confirmado que tardará diez segundos en llegar andando al edificio?

—Confirmado —respondió Jacobs—. Pero el minuto con los reporteros quizá se alargue. Tú actúa en consecuencia.

—Entendido.

Jacobs volvió a centrar la vista en la pantalla durante unos minutos hasta que lo vio.

—Bueno, se acerca la caravana de vehículos.

—La veo. Tengo la línea de mira bien encuadrada. Sin obstrucciones.

—¿Y la muchedumbre?

—Llevo una hora observando los movimientos de la gente. El personal de seguridad ha delimitado un perímetro. Han marcado el recorrido como una pista iluminada.

—Cierto. Ahora lo veo.

A Jacobs le encantaba disfrutar de una visión tan cercana sin necesidad de estar en la zona de peligro. Recibía una compensación más generosa que la persona que estaba al otro lado de la línea, lo cual, en cierto sentido, carecía de toda lógica.

El tirador moriría si fallaba o no conseguía escapar con rapidez. En cambio, a este lado no habría ni reconocimiento ni conexión, solo negación absoluta. El tirador no llevaba documentos, credenciales ni ningún tipo de identificación que demostrara lo contrario. Se quedaría colgado. Y en el país donde tenía lugar ese golpe en concreto, la horca sería la suerte que correría. O quizás acabara decapitado.

Mientras tanto, Jacobs estaba sentado en su despacho, a salvo, y recibiría una gran suma de dinero. «Hay un montón de tíos capaces de acertar el tiro y salir indemnes. Yo me encargo de los tejemanejes geopolíticos para esos mamones. La preparación es la base. Y me merezco todos y cada uno de los dólares que me pagan», pensó.

—Está al caer —dijo—. La limusina está a punto de parar.

—Recibido.

—Dame un margen de sesenta segundos antes de disparar. Nos quedaremos en silencio.

—Entendido.

Jacobs cogió el ratón con más fuerza, como si de un gatillo se tratara. Lo cierto es que durante los ataques con drones había hecho clic con el ratón y visto desaparecer el objetivo envuelto en una bola de fuego. Seguro que el fabricante del hardware nunca había imaginado que sus dispositivos servirían para eso.

Se le aceleró la respiración, aunque sabía que la respiración del tirador iba menguando hasta llegar prácticamente a cero, como tenía que ser para realizar un disparo de largo alcance como aquel. No existía margen de error posible. El tiro tenía que alcanzar y matar al objetivo, así de sencillo.

La limusina se detuvo. Los de seguridad abrieron la puerta. Unos hombres fornidos y sudorosos, con pinganillo y armados con pistolas miraron alrededor para detectar cualquier peligro. Eran bastante buenos, pero eso no bastaba si uno se enfrentaba con la excelencia.

Y todos los ejecutores que Jacobs enviaba eran excelentes.

Ya de pie en la acera, el hombre miró con ojos entornados el resplandor menguante del sol. Se trataba de un megalómano llamado Ferat Ahmadi que deseaba llevar a una nación ya de por sí agitada y violenta por un camino incluso más siniestro. No podía permitirse.

Así pues, había llegado

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