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MY DILEMMA IS YOU. UN NUEVO AMOR. O DOS... (SERIE MY DILEMMA IS YOU 1)

Cristina Chiperi  

5


Fragmento

PRÓLOGO

Jamás he subido a un avión, así que reconozco que estoy un poco emocionada.

Me siento y me abrocho el cinturón de seguridad. Mi madre se acomoda a mi lado y me sonríe con aire compasivo:

—Tranquila, cariño. Llegaremos a Miami enseguida.

Cinco horas y veintitrés minutos para sobrevolar el país de un océano a otro. Tres mil setecientos cincuenta y siete kilómetros en total, para ser más exactos.

Cinco horas y veintitrés minutos para destrozar dieciséis años de vida. Y todo por un estúpido trabajo.

Hace solo quince días mi vida era perfecta: dos mejores amigos, un montón de conocidos, fiestas todos los sábados por la noche y una familia…, bueno, como cualquier otra. ¿Qué más se puede pedir?

Hasta que un viernes por la tarde, al volver a casa después de clase, enseguida me doy cuenta de que está a punto de ocurrir algo terrible. Cuando mis padres deben darme una mala noticia preparan siempre una tarta de chocolate para que luego pueda consolarme con ella, y ese es, precisamente, el aroma que me recibe: tarta de chocolate.

Dejo el bolso en el recibidor y voy directa a la cocina. Mi madre está delante de los fogones.

—Hola, mamá —digo.

—Hola, cariño, no te he oído entrar. —Por su mirada comprendo enseguida que algo va mal.

—¿Todo bien?

—Sí, ¿por qué?

—Pareces un poco..., no sé..., extraña.

—Todo va bien, cielo. Cenamos dentro de una hora.

—Ok, mientras tanto ordenaré mi cuarto —digo a la vez que salgo de la cocina y subo como un rayo la escalera en dirección a mi dormitorio.

Me acerco al ordenador y pongo un poco de música. Misery Business, de los Paramore, comienza a sonar a todo volumen y empiezo a ordenar mis trastos, entre otras cosas para quitarme de la cabeza al gilipollas de Set. Hemos estado juntos ocho meses… Es terrible descubrir que el chico que quieres te engaña. ¡Menudo idiota!

La voz de mi madre me distrae de mis pensamientos:

—¡A la mesa!

En la cocina mi madre, mi padre y Kate están ya sentados en su sitio habitual. Tomo asiento yo también. No veo la hora de llevarme algo a la boca, porque me estoy muriendo de hambre.

El silencio que reina en la cocina resulta embarazoso, además de raro, porque solemos hablar mucho.

—¿Sabéis? Me encanta el nuevo colegio —dice mi hermana rompiéndolo. Kate tiene catorce años y acaba de empezar su primer año en el instituto.

Observo las caras de mis padres. Se miran de forma extraña y parecen preocupados. Veo que mi padre asiente con la cabeza y que mi madre entiende a la perfección su gesto.

¿Qué está pasando?

—Chicas, papá y yo debemos deciros algo importante.

¡Oh, no! ¡Lo sabía!

—Nos tenemos que ir a vivir a Miami, porque a vuestro padre le han ofrecido un trabajo mejor allí. Nos marcharemos dentro de dos semanas —dice.

¡No me lo puedo creer! ¡No puede ser verdad! No tiene sentido… ¡Estamos genial en Los Ángeles! Tenemos una casa bonita, muchos amigos, puede que el instituto sea un asco, pero los compañeros son fantásticos y, además, mis padres ganan bastante dinero.

—Pero ¡si estamos bien aquí! —digo.

Mi padre me mira haciendo un esfuerzo para mantener la sonrisa.

—Lo sé, Cris, pero no puedo rechazar el puesto. John Dallas se fía de mí y quiere que esté a su lado para gestionar unos negocios importantes. Piensa en lo que ganaréis Kate y tú con el cambio: ¡una casa dos veces más grande que esta, un instituto magnífico que os proporcionará una formación adecuada, amigos nuevos y muchas otras cosas! Además, Miami es una ciudad preciosa, ya lo veréis.

—¿Quién es John Dallas? —pregunta Kate.

—Un viejo y querido amigo nuestro de la época de la universidad, además del jefe de vuestro padre —responde mi madre—. Estoy segura de que Miami os gustará, chicas.

—¡Esa no es la cuestión, mamá! —replico—. Da igual si es la ciudad más bonita del mundo, ¡todos mis amigos están aquí!

—¡Sí, todos nuestros amigos están aquí! —corrobora Kate.

—Es cierto, pero los amigos van y vienen, estoy segura de que haréis otros nuevos.

No doy crédito a lo que oigo. No puedo contener la rabia. ¿Cómo pueden ser tan insensibles?

—¡No quiero hacer nuevos amigos! —suelto al final con los ojos anegados en lágrimas—. ¡Y no quiero dejar a Cass y a Trevor! Sabes de sobra que estamos muy unidos. ¡No puedo vivir sin ellos!

—Basta, Cris, estás exagerando. Existe internet. De una forma u otra seguiréis en contacto.

Mi madre siempre da por zanjadas las discusiones de esa forma: encontrando la solución más sencilla a cualquier problema, pero sé de sobra que es difícil conservar una relación en la distancia. ¿Cómo será la vida sin Cass y Trevor? ¿Cómo será dejar de verlos a diario, no compartir con ellos todo lo que me sucede?

Por no hablar de Set… Esperaba tener tiempo para resolver nuestros problemas, para conseguir que volviera conmigo.

En cambio, todo se ha acabado.

Y ahora estoy aquí, a bordo de este maldito avión, que no tardará en arrebatarme todas las cosas que dan sentido a mi vida. ¿Por qué todo tiene que ser tan difícil?

Estoy sentada en el lado de la ventanilla y oigo que el avión avanza por la pista acelerando. Cada vez nos movemos más deprisa, lanzados hacia delante como un proyectil. Contengo el aliento mientras nos elevamos del suelo. No me lo puedo creer, está sucediendo de verdad. Una fuerza me mantiene pegada al asiento y noto una sensación de vacío en el estómago. Tengo miedo y, al mismo tiempo, lo reconozco, siento un extraño estremecimiento de placer.

Sin saber cómo, encuentro el valor suficiente para mirar por la ventanilla. A nuestros pies se encuentra la ciudad de Los Ángeles, como nunca la había visto hasta ahora: una red de líneas y formas geométricas que se van alejando. No la reconozco.

Algo me dice que van a ser las cinco horas más largas de mi vida. Miro alrededor y me concentro en dos niños que viajan con sus padres: tendrán unos cuatro y cinco años, y parecen alegres y tranquilos, como si volar fuera para ellos la cosa más natural del mundo.

En cierta medida los envidio. Esbozo una sonrisa y cierro los ojos con la esperanza de poder relajarme y conciliar el sueño, a pesar del jaleo que están montando.

Al final me duermo y empiezo a soñar. Y el sueño es uno de los más raros que he tenido en mi vida: estoy llorando y abrazando a un chico. Pese a que no puedo ver sus facciones, noto un detalle: lleva un pendiente en el lóbulo derecho, una especie de media luna.

No sé quién es y, sin embargo, tengo la extraña sensación, mejor dicho, la certeza, de que lo conozco desde siempre. Da la impresión de que sufre mucho, pero ¿por qué?

Mueve los labios para hablar, y es realmente insólito porque solo dice: «¡Despiértate, cariño!».

Lo miro perpleja y acto seguido abro los ojos.

Es mi madre.

—Estamos en Miami —me dice.

1

Me enderezo en el asiento, desentumezco las piernas y los brazos, y me desabrocho el cinturón de seguridad para poder levantarme. Estoy deseando pisar tierra firme.

Por lo visto todos los pasajeros comparten mi deseo, porque se apiñan a la salida. A saber si también a ellos les falta el aire… Kate no parece tener el menor problema: pasa por mi lado a toda prisa, se abre paso entre la multitud para bajar y cuando la pierdo de vista comprendo que lo ha conseguido. Daría lo que fuera por tener una pizca de su descaro y de su capacidad para adaptarse a las novedades. Aceptó mucho mejor que yo la noticia del traslado y ahora diría que parece incluso feliz.

Al cabo de más o menos una hora, después de haber recuperado las maletas, salimos del aeropuerto y subimos a un taxi. Mi madre, Kate y yo nos apretamos en el asiento posterior, y papá se sienta delante.

A través de la ventanilla observo la ciudad que fluye ante mis ojos y que no tardará en convertirse en mi hogar: rascacielos, mar, palmeras, playas, casas y, de nuevo, el mar.

Vamos a vivir en Miami Beach, es lo único que no me desagrada, al contrario. Me en

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