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NADIE SE MUERE DE ESTO

Fátima Casaseca  

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Fragmento

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Dicen que para solucionar cualquier problema el primer paso es reconocer que lo tienes, y la verdad es que, visto así, parece fácil. Como si reconocer algo no fuese más que un trámite, una diligencia anodina consistente en admitir aquello que ya se sabía pero que, por alguna razón estúpida y caprichosa, uno se empeña en negar de manera sistemática. Sencillísimo, vaya. Poco menos que un juego de niños si no se pasase algo por alto. Algo importante, fundamental. Y es que, para reconocer, primero siempre hay que conocer; es decir, percatarse, notar o percibir, pues difícilmente puede admitirse algo que se ignora.

Yo misma, por ejemplo, hasta hace poco ignoraba que era una cobarde. Que soy bastante soberbia sí que lo intuía, más que nada porque es casi lo único que llevan reprochándome en serio mi padre y mis hermanas desde que tengo uso de razón. Pero ¿cobarde yo? No lo habría imaginado jamás. Nunca. De hecho, llevo —o llevaba— toda la vida considerándome osada y transgresora, diferente, mejor incluso, y pavoneándome por ello día sí, día también, con unas ínfulas que ahora se me antojan de lo más ridículas y cuyo recuerdo aún me sonroja, provocándome dolorosas punzadas de vergüenza. Un recuerdo no muy lejano, todo sea dicho, porque aunque esta historia comenzó meses atrás, su absurdo desenlace se produjo hace apenas unas semanas. Una resolución que por mucho que mi padre se empeñe en considerar necesaria y, por eso mismo, acertada, a mí solo me parece triste. Triste, cobarde e indecorosa. Y con el amargo regusto que le queda a una al descubrir que ha estado demasiado tiempo haciendo el gilipollas.

Me llamo Elena Garcinuño, por cierto, y voy a cumplir treinta y cuatro años.

El último sábado de enero, hace casi siete meses, llamé a mi hermana pequeña en estado de shock. Al principio, como viene siendo lo habitual en estos casos, Natalia se cabreó con Alberto. Aunque quizás «cabrear» no se ajuste del todo a la sarta de improperios que le dedicó, que lo puso de vuelta y media. Es probable que aquel día no jugase a favor de Alberto el hecho de que mi hermana no le ha tragado nunca y que los últimos cinco años, por educación y porque me quiere, se ha limitado a dejarme caer, como si fuera una observación objetiva y sin malicia, que es un blandengue y que no entiende qué veo en él. Con lo macarra que es Natalia, todo un detalle por su parte. Así que durante esa conversación telefónica no desaprovechó la oportunidad y se desquitó a gusto; y no se le pasó por la cabeza concederle siquiera la presunción de inocencia.

De todas formas, como esto es a toro pasado y estoy intentando ser sincera y despiadada conmigo misma —y valiente, claro—, reconozco que llamando a Natalia sabía perfectamente dónde me metía y que eso era justo lo que buscaba. Pero es que la situación era de todo menos simple y lo que yo tenía esa mañana era el orgullo dolorido y un ataque de cólera monumental y descontrolado que me urgía canalizar antes de verle. Que estaba llorando a moco tendido, vamos. Mientras aporreaba la pantalla del teléfono era consciente de que, si me lo hubiese encontrado dándose un revolcón con otra, o intentándolo, habría sido todo muchísimo más fácil. Sobre todo por lo espontáneo. Conociéndome, seguro que le habría abofeteado, escupido e insultado, y que después me habría escapado a gimotear y a seguir injuriándole en algún bar, alternando amigas y familia. Y copas, eso por supuesto, mogollón de copas. La cuestión —y aquí residía el problema fundamental, mi problema fundamental— era que no le había pillado, así, con las manos en la masa como quien dice, sino un mensaje antiguo en su Facebook que, además de parecer una despedida, por lo menos temporal, resultaba bastante ambiguo. Eran apenas tres líneas, tal vez cuatro, y aunque no era sexualmente explícito en su contenido, el hecho de no conseguir ubicar a la remitente —una tal Pilimindrina— en mi lista mental de legítimas amistades femeninas de Alberto, ni lograr identificarla por su foto de perfil —una figura sin contornos ni facciones, a lo lejos, frente a lo que me pareció el Coliseo romano— disparó todas mis alarmas.

Ella, Pilimindrina —apodo que me la sugería traviesa e inocente al mismo tiempo, como pilindri o pelandrusquilla, una aleación irresistible para cualquier ego masculino—, había escrito, hacía más o menos un año, que le había hecho muy feliz conocerle, que desde aquellos días pasados juntos en Barcelona no había podido deja

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