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NANA

Chuck Palahniuk  

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Fragmento

Índice

Cubierta

Nana

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Capítulo 42

Capítulo 43

Capítulo 44

Biografía

Créditos

Acerca de Random House Mondadori

Dedico este libro, con especial agradecimiento, a…

Jason Cheung

Kyle McCormick

Dennis Widmyer

Amy Dalton

Kevin Kölsch

…que leyeron mis cosas cuando nadie las leía

PRÓLOGO

Al principio, el nuevo propietario finge que nunca miró el suelo de la sala de estar. Que en realidad nunca lo miró. No la primera vez que visitaron la casa. No cuando se la enseñó el inspector. Midieron las habitaciones y les dijeron a los empleados de mudanzas dónde tenían que poner el piano y el sofá, metieron todo lo que tenían y nunca se detuvieron a mirar el suelo de la sala de estar. Eso es lo que fingen.

Luego, la primera mañana que bajan las escaleras, se lo encuentran, escrito con rayones en el suelo de madera de roble blanco:

LARGAOS

Algunos nuevos propietarios fingen que lo ha hecho un amigo para gastarles una broma. Otros están seguros de que se lo han escrito porque no dieron propina a los empleados de mudanzas.

Un par de noches más tarde, un niño pequeño rompe a llorar dentro de la pared norte del dormitorio principal.

Entonces es cuando suelen llamar.

Y este nuevo propietario que está ahora al teléfono no es lo que nuestra heroína, Helen, necesita esta mañana.

Con su tartamudeo y sus quejas.

Lo que necesita es otra taza de café y un sinónimo de siete letras de «aves de corral». Necesita oír qué está pasando en el escáner de la policía. Helen Boyle chasquea los dedos para llamar la atención de su secretaria en la habitación de al lado. Nuestra heroína tapa el auricular del teléfono con las manos y lo usa para señalar el escáner y dice:

–Es un código nueve once.

Su secretaria, Mona, se encoge de hombros y dice:

–¿Y?

Así que tiene que ir a mirarlo en la guía de códigos.

Y Mona dice:

–Tranquila. Es un robo en una tienda.

Asesinatos, suicidios, asesinos en serie, sobredosis accidentales, no se puede esperar a que salgan en las portadas de los periódicos. No puedes dejar que otro agente de ventas llegue antes que tú a la próxima bendición.

Helen necesita que el nuevo propietario del 325 de Crestwood Terrace se calle un momento.

Por supuesto, el mensaje ha aparecido en la sala de estar. Lo raro es que el niño pequeño no suele empezar hasta la tercera noche. Primero viene el mensaje fantasma, luego el niño se pasa la noche llorando. Si los propietarios duran lo bastante, a la semana siguiente llaman por la cara que aparece reflejada en el agua cuando llenan la bañera. Una cara toda fruncida y arrugada con dos agujeros oscuros en el lugar de ojos.

La tercera semana aparecen las sombras fantasmagóricas que corren en círculos sin parar por las paredes del comedor cuando todo el mundo está sentado a la mesa. Después puede que pasen más cosas, pero nadie ha llegado a durar cuatro semanas.

Helen Hoover Boyle le dice al nuevo propietario:

–A menos que esté dispuesto a ir a un tribunal y demostrar que la casa es inhabitable, a menos que pueda usted demostrar sin un asomo de duda que los propietarios anteriores sabían que sucedían estas cosas… –Y dice–: Tengo que decirle –dice– que estos casos se pierden, además de que se genera un montón de publicidad y la casa pierde todo su valor.

No es una mala casa, el 325 de Crestwood Terrace, estilo Tudor inglés, con el tejado rehecho, cuatro dormitorios y tres baños y medio. Con piscina de obra. Nuestra heroína ni siquiera tiene que comprobar la ficha. Ya ha vendido esa casa seis veces en los últimos dos años.

Otra casa, la casa antigua estilo Nueva Inglaterra de dos pisos de Eton Court, con seis dormitorios, dos baños, entrada con revestimiento de pino y una cocina con paredes que manan sangre, la ha vendido ocho veces en los últimos cuatro años.

Le dice al nuevo propietario:

–Tengo que ponerle un momento en espera.

Y pulsa el botón rojo.

Helen lleva un traje blanco y zapatos blancos, pero no blancos del todo. Se parece más al blanco que se lleva para practicar descensos contrarreloj en Banff con coche privado, chófer con busca, catorce maletas a juego y una suite en el hotel Lake Louise.

Nuestra heroína dice en dirección a la puerta:

–¿Mona? ¿Rayo de luna? –Y levantando la voz–: ¿Cazafantasmas?

Da unos golpecitos con el bolígrafo en la página doblada de periódico que tiene sobre la mesa y dice:

–¿Una palabra de cuatro letras para «roedor»?

El escáner de la policía habla con voz borboteante, balbucea, ladra y repite «¿Me recibe?» después de cada frase. Repite: «¿Me recibe?».

Helen Boyle grita:

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