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NARANJA DE SANGRE

Harriet Tyce  

5


Fragmento

Prólogo

 

 

 

 

Primero, enciendes un cigarrillo, el humo se retuerce sobre sí mismo subiendo hacia el techo. Con la primera calada, se engancha al fondo de tu garganta, luego se va filtrando en tus pulmones y se cuela en tu torrente sanguíneo con un cosquilleo. Dejas el cigarro de nuevo en el cenicero antes de volverte para preparar el escenario. Arrodillándote sobre el respaldo del sofá, atas la cuerda a la estantería, mientras el humo te trepa por la cara y hace que te escuezan los ojos.

A continuación, envuelves la cuerda con un pañuelo de seda para suavizar el tacto y tiras de ella una vez, y otra, para cerciorarte de que está fija. Ya lo has hecho antes. Lo has ensayado y probado. Lo has medido a la perfección. Hasta aquí, no más. Sin llegar a caer. Solo queremos morir un poco.

La pantalla está preparada, el vídeo elegido, listo para dar al play.

Y el corte final, la naranja que has dispuesto en un plato. Coges el cuchillo, uno afilado, con mango de madera y filo de acero veteado, y lo hundes en la fruta. En dos, en cuatro. En ocho. El color naranja de la corteza, el blanco del albedo, la carne ensangrentada en los bordes, una paleta de colores de atardecer.

Son todas las texturas que necesitas. La punzada del humo en el aire, las siluetas bailando en la pantalla ante tus ojos. El suave tacto acolchado de la seda sobre la cuerda áspera. El latido de la sangre en tus oídos según te vas acercando, el dulce estallido cítrico sobre la lengua para traerte de vuelta, de allí hasta aquí, antes de llegar al punto sin retorno.

Siempre funciona. Sabes que estás a salvo, solo.

Tras la puerta cerrada, solo tú y la gloriosa cumbre que estás a punto de alcanzar.

A solo unos latidos de distancia.

1

 

 

 

 

El cielo gris de octubre se cierne sobre mí y el maletín con ruedas pesa, pero aun así me siento agradecida mientras espero el autobús. El juicio ha terminado, despachado tras prosperar una petición de anulación basada en la falta de pruebas. Siempre es agradable meterle un tanto a la acusación, y mi cliente ha salido encantado. Y lo mejor de todo: es viernes. Fin de semana. El momento de estar en casa. Llevo tiempo planeándolo: esta noche será distinta. Una copa, dos a lo sumo, y me voy. Llega el autobús y emprendo el camino de vuelta cruzando el Támesis.

Al llegar al bufete, entro directamente en la sala de secretarios y espero a que adviertan mi presencia entre el ruido de los teléfonos y el zumbido de la fotocopiadora. Por fin, Mark alza la vista.

—Buenas tardes, Alison. Ha llamado el procurador[1]: están muy contentos de que se haya dado carpetazo a ese caso del robo.

—Gracias, Mark —digo—. Las pruebas de identificación eran una mierda. En fin, me alegro de que haya acabado.

—Buen resultado. No hay nada para el lunes, pero ha llegado esto para usted. —Señala un fino fajo de papeles sobre su escritorio, atado con cinta rosa. No resulta muy impresionante.

—Genial. Gracias. ¿De qué se trata?

—Un asesinato. Y lo lleva usted —responde Mark, y me entrega los documentos guiñándome un ojo—. Enhorabuena.

Se va de la sala antes de que pueda contestar. Me quedo de pie con los documentos en la mano, mientras secretarios y becarios pasan a mi lado con las prisas habituales de un viernes. Un asesinato. Voy a llevar mi primer caso de asesinato. La gran ilusión de mi carrera profesional.

—Alison. ¡Alison!

Hago un esfuerzo para centrarme en las voces.

—¿Te vienes a tomar algo? Nos vamos. —Sankar y Robert, ambos abogados treintañeros, llevan una colección de becarios tras su estela—. Hemos quedado con Patrick en el Dock.

Asimilo sus palabras.

—¿Patrick? ¿Qué Patrick? ¿Bryars?

—No, Saunders. Eddie acaba de terminar un caso con él y lo están celebrando. El del fraude, por fin ha acabado.

—Vale. Voy a guardar esto. Os veo allí. —Salgo de la sala, agarrando con fuerza el expediente del caso y con la cabeza agachada. Me arde el cuello y no quiero que nadie vea que estoy sonrojada.

Una vez a salvo en mi despacho, cierro la puerta y compruebo cómo tengo la cara. Me pinto los labios y atenúo el rubor con polvos. Las manos me tiemblan demasiado como para trazarme la raya de los ojos, pero me cepillo el pelo y vuelvo a echarme perfume; no es necesario llevar encima el hedor de las celdas.

Empujo los documentos hacia el fondo de la mesa y recoloco la foto enmarcada que se ha movido con los papeles. Una copa para celebrar que es viernes. Pero solo una.

Hoy va a salir según lo planeado.

 

 

Nuestro grupo llena la mitad del piso de abajo del bar, un garito cutre frecuentado por abogados criminalistas y sus secretarios. Al bajar las escaleras, Robert me hace un gesto con el vaso y me siento a su lado.

—¿Vino?

—Vino, claro. Pero solo una. Hoy quiero llegar pronto a casa.

Nadie dice nada. Patrick no me ha saludado. Está sentado al otro extremo de la mesa, enfrascado en una conversación con una de las becarias —la tal Alexia— con una copa de vino tinto en la mano. Distinguido, apuesto. Me obligo a apartar la mirada.

—Tienes buen aspecto, Alison. ¿Te has cortado el pelo? —Sankar está animado—. ¿No crees que tiene buen aspecto, Robert? ¿Y tú, Patrick? ¿Patrick? —Más énfasis. Patrick no le mira. Robert interrumpe su conversación con uno de los secretarios más novatos, asiente y alza su pinta en un brindis por mí.

—¡Bravo por el asesinato! Y lo llevas tú… Antes de que te des cuenta te hacen consejera de la reina[2]. ¿No te lo dije el año pasado, cuando te luciste en el Tribunal de Apelación?

—No nos emocionemos —contesto—. Pero gracias. Se te ve de buen humor. —Mi voz suena alegre. Me da igual que Patrick se haya dado cuenta de mi presencia o no.

—Es viernes y me voy una semana a Suffolk. Deberías probar lo de tomarte vacaciones alguna vez.

Sonrío asintiendo. Claro que debería. Una semana en la costa, tal vez. Por un instante me imagino saltando entre las olas como las alegres fotografías que se ven en cierto tipo de casas de veraneo. Luego comería fish and chips en la playa, bien abrigada del fresco viento de octubre del mar del Norte, antes de encender un fuego en la estufa de leña de mi casita perfectamente amueblada. En ese momento me acuerdo del montón de expedientes que tengo sobre mi escritorio. No es el momento.

Robert me sirve un poco más de vino. Me lo bebo. La conversación fluye a mi alrededor, Robert grita a Sankar, a Patrick y de nuevo a mí, una montaña rusa de chistes malos y risas. Más vino. Otra copa. Se unen más abogados y pasan un paquete de cigarrillos por la mesa. Salimos a fumar, otro, «no, no, déjame que compre, que siempre te estoy gorroneando», la búsqueda de cambio e ir tambaleándome al piso de arriba para comprarlos en la barra, y «no hay Marlboro Lights, solo Camel, pero ahora mismo qué más da, sí, un poco más de vino», y otra copa y otra, y chupitos de algo pegajoso y oscuro, y el bar y la conversación y las bromas dando vueltas cada vez más rápido a mi alrededor.

—Creí que habías dicho que te irías pronto. —Ahora céntrate. Tienes a Patrick delante de ti. Cuando le miro desde ciertos ángulos me recuerda a un Clive Owen canoso. Intento encontrarlos, inclinando la cabeza hacia un lado, hacia el otro.

—Dios, menudo pedo llevas.

Voy a coger su mano pero se aparta bruscamente, mirando a nuestro alrededor. Vuelvo a sentarme, quitándome el pelo de la cara. Se ha ido todo el mundo. ¿Cómo no me he dado cuenta?

—¿Dónde están todos?

—En la discoteca. Ese sitio, Swish. ¿Te apetece?

—Creía que estabas hablando con Alexia.

—Entonces sí que me viste al entrar. No estaba seguro…

—Eres tú el que me estaba ignorando. Ni siquiera me has mirado para saludarme. —Intento ocultar la indignación, sin éxito.

—Vale, no te sulfures. Le estaba dando algunos consejos profesionales.

—Seguro… —Demasiado tarde, se me escapan los celos. ¿Por qué siempre me hace esto?

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