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NEIMHAIM. EL AZOR Y LOS CUERVOS

Aranzazu Serrano Lorenzo  

5


Fragmento

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Antes de iniciar el viaje...

Cuando alguien crea un mundo interior no espera compañía. Ese fue mi caso. Neimhaim fue, durante gran parte de mi vida, un refugio secreto donde podía empuñar una espada y soñar que era diferente; un lugar de nieve y hielo en el que me enfrentaba a retos imposibles, donde amaba y también sufría junto a personajes que sentía tan vivos como si respiraran. Ahora ya no estoy sola. Miles de personas han viajado conmigo a Neimhaim: hemos combatido hombro con hombro en los fiordos y en las estepas escarchadas de Hertejänen. Hemos cabalgado por las nieblas de Schenneval, nos hemos zambullido en las heladas aguas del lago de Karajard, hemos brindado con Illzar con un buen trago de aguamiel. Nos hemos enamorado y hemos llorado juntos. Puede que no conozca sus nombres, pero ya no somos desconocidos, un lazo invisible nos ha unido para siempre, porque hemos vivido las mismas emociones.

Compartir algo tan íntimo ha sido, y sigue siendo, una experiencia grandiosa. Me siento inmensamente afortunada. Gracias a todos los que os habéis atrevido a cruzar el umbral de la Península Prohibida, gracias por compartir vuestro entusiasmo, por el ánimo y las alegrías que me habéis brindado, por vuestros preciosos dibujos y regalos, por vuestras recomendaciones, por venir a verme desde lugares muy lejanos. En estos tres últimos años he conocido a personas extraordinarias. Muchas han sido tremendamente generosas y me han ayudado en eventos, promociones y de las más diversas formas: los miembros del grupo Taranis (especialmente Jesús Patón), Hidromiel Helheim, la Hermandad del Acero, Sìol, Duendelirium, Hidromiel Valhalla, la Asociación Valhalla de Softcombat, el cineasta Inge Vela, libreros, periodistas, blogueros, organizadores de festivales y muchos otros; me siento en deuda con todos ellos. También me siento muy emocionada por el apoyo incondicional de mi familia y de mis amigos, por los esfuerzos de mi padre, mi madre y mis hermanas.

Ahora, con este libro en la mano, debo mi más honda gratitud a los que me han acompañado en la gestación de El azor y los cuervos: ante todo, Juan Carlos, guía y sustento de mis palabras; Patricia y Nuria, que me orientaron en la oscuridad; Melisa y Amelia, por sus valiosísimas aportaciones; Alicia y Loli, mis lectoras de cabecera, y Sara/Morgana, que no se le escapa una. Mención aparte merecen Concha, Jordi, David, Juan, Txell, Antonio y Leire, que fueron mis compañeros de fatigas durante la escritura de este libro y me sirvieron de inspiración en un momento en el que necesitaba un montón de grandes personajes. Tampoco puedo olvidar a Javier, cuya impronta aún permanece en Sygnet y Jörn, a Natalia, mi editora, y a Vero Navarro, por su impresionante trabajo con las ilustraciones de la portada. Y a Daniel G. Aparicio, que probablemente no sabe que es el responsable de que esta historia diera un giro de ciento ochenta grados.

Dicen que la magia tiene un precio, y es verdad. Por cada hora que paso en Neimhaim, les robo a dos personas un tiempo muy valioso, insustituible, y eso me parte el alma. Por eso esta historia es suya, se la dedico con todo mi corazón, pues se lo merecen más que nadie. A Juan Carlos y a Daniel, pues no sería nadie sin mis dos amores.

Ahora ha llegado el momento de conocer al azor y a los cuervos. Os invito a disfrutar de esta aventura con la mente libre de ataduras o prejuicios. Que los Altos os acompañen.

 

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Hubo un tiempo en el que matar era un arte, y derramar la sangre enemiga, una honra. El mayor anhelo era morir empuñando el acero, solo así se ganaba el favor de los dioses, el respeto de los pares, una vida inmortal y gloria eterna.

Mapas y genealogía

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Preludio

En algún punto del mar, al norte de Neimhaim
Año 33 después del nacimiento de los Reyes Blancos

Aquel fue un día ominoso, un instante grabado al rojo vivo en su memoria.

Ignorando el sudor que resbalaba por su cara, Kjartan se aferró a sus dos hachas. Una le sirvió para protegerse, desvió el acero que amenazaba con rebanarle el cuello y lo arrancó de la mano que lo empuñaba, apartándolo lejos de él. La otra puso fin a la lucha: la clavó con todas sus fuerzas en la cara de su rival, traspasando hueso y sesos hasta la mitad del cráneo.

La sorpresa se quedó congelada en el rostro inerte. Muchos le subestimaban, a causa de su edad. Una ventaja de la que sabía sacar provecho.

Solo había vivido dieciséis inviernos pero sabía bien cómo entregar nuevas almas a la Señora Oscura, y no tenía reparo en hacerlo para proteger la mercancía que habían reunido con tanto esfuerzo. El que defendiera con más ahínco a La gorda Gyda, un pequeño barco de palo trincado con el que comerciaban de costa a costa, podría honrar aquella noche a Njörd con una buena borrachera de aguamiel. Y por ahora él iba a la cabeza.

—¡Mejora eso, hermano! —gritó victorioso y empujó con el pie el cuerpo de su enemigo para liberar el hacha.

Su gemelo, Søren, no respondió a la bravata. Tan solo tensó el arco, aguardó un instante para que La gorda Gyda descendiera de una ola y disparó al timonel del navío que había osado asaltarlos en alta mar. La flecha penetró limpiamente en la cuenca de su ojo derecho y el hombre se desplomó sin vida, dejando su embarcación a merced de las agitadas olas. Solo un grueso cabo unía los dos barcos, tensándose a cada golpe de mar.

—¡Buen tiro, hijo! —le felicitó su padre.

Era un viejo comerciante y también un experimentado guerrero. Atrapó a tiempo a un ladrón que iba a arrebatarle sus mejores pieles, le clavó su puñal de caza por encima de la clavícula y lo arrojó al agua. Después cortó el cabo que aún los unía al otro navío y dejó que la resaca se lo llevara lejos. Los ladrones que quedaban con vida a bordo de La gorda Gyda saltaron al agua y trataron de regresar a su propio barco.

Ulf Sturnum, el mejor amigo de su padre, soltó una carcajada.

—Parecían una manada de lobos cuando nos abordaron y ahora nadan como focas. —Acompañó sus apreciaciones con un potente alarido que hizo que sus rivales lanzaran brazadas más enérgicas, en su afán por ponerse a salvo.

Se pasó el brazo por la frente mojada. Su cráneo estaba rapado y tatuado, la silueta de un jabalí dominaba al resto de los dibujos de su cabeza y le otorgaba un aspecto feroz. Ulf llevaba comerciando con ellos desde que Kjartan tenía uso de razón y nunca le había visto alterarse por nada ni por nadie.

—Kjartan casi lo consigue, pero el aguamiel regará mi garganta esta noche —les advirtió.

Tres flechas silbaron cerca de su oreja, una detrás de otra, e impactaron en los ladrones. Ninguno de ellos llegó a su navío.

—Impresionante, Søren —apreció su padre—. Pero hubiera sido más útil que los dejaras con vida. Así avisarían a otros de su ralea y no volverían a atacarnos.

—Sea como sea, el muchacho se ha ganado el jodido aguamiel —apreció Ulf. Maldijo por lo bajo pero una sonrisa asomó bajo su barba, que era negra y frondosa como los bosques más profundos de Lonjard.

Palmeó a los gemelos y los felicitó por su valentía. Sintiéndose de buen humor, cargó con los cadáveres que estorbaban en la cubierta y los arrojó a las olas.

—¡Comida para las orcas! —rezongó.

Kjartan rio. Su padre, sin embargo, no compartía su optimismo. Su semblante estaba sombrío. Era un hombre menudo, no impresionaba a nadie con su estatura ni con su fortaleza, pero muchos le respetaban porque era un gran hombre de mar, cabal e intuitivo. Sus decisiones siempre eran acertadas. Sin embargo, esta vez no había sido así.

—Nos han dejado atrás.

El muchacho comprendió enseguida el motivo de su temor, y no era infundado: las naves sajatormentas eran dos borrones oscuros en el horizonte. La gorda Gyda se había alejado demasiado.

Solo dos embarcaciones, Alas de Muninn y Orgullo de Huggin, eran capaces de comunicar el reino de Neimhaim con su territorio más distante: la isla boreal de Hertejänen. Las costas de Neimhaim eran hogar de afilados arrecifes y crueles tormentas, y sus traicioneras aguas se extendían mucho más allá, a dos o tres días de navegación. Eso los había aislado del mundo: muy pocos extranjeros habían sido capaces de llegar hasta ellos, cruzando con vida el círculo protector que llamaban el Escudo de Njörd, en honor al Señor de los Mares. Al mismo tiempo, también les había impedido salir de él. Pero eso fue en otra época. Por delante del Alas y del Orgullo las olas se partían en dos y los más violentos temporales se amansaban. Por eso las llamaban sajatormentas, pero también eran conocidas como las naves guía, porque jamás perdían su rumbo, ni siquiera cuando caía la noche en alta mar.

En todo Neimhaim no había otras igual con semejante calado y estabilidad, construidas con una quilla de una sola plancha. Sin embargo, nada de eso habría sido suficiente para superar el Escudo de Njörd si no fuera por los aguadores. Eran ellos los que aquietaban el oleaje y la ventisca, los que sabían con certeza el rumbo a seguir. Y una escolta de pequeños comerciantes seguía su estela para llegar a salvo a la lejana Marca de Hertejänen, donde sobrevivía una colonia de granjeros. Kjartan, al igual que su hermano, ya había hecho aquel viaje tres veces y sabía bien cuán ávidos estaban los colonos de cualquier género, en su aislamiento. El riesgo merecía la pena.

En aquella ocasión el buen tiempo le había acompañado, su padre se había confiado y se habían distanciado demasiado de las naves guía. Ahora no daban señales de que se hubieran dado cuenta del ataque. Habían quedado fuera de su círculo de protección.

—El cielo está despejado —los alentó Ulf—. Los alcanzaremos antes de que anochezca.

—No lo haremos —sentenció Søren.

Kjartan sintió un escalofrío. Su gemelo no hablaba por hablar y jamás se equivocaba cuando se trataba de predecir una tormenta. Tenía un sentido especial, notaba cuándo acechaba un temporal marino, por más repentino que fuera, como si lo oliera en el aire. Por eso actuaron a toda prisa: si no alcanzaban al resto de las embarcaciones antes de que la furia de Njörd se desatara, las olas los engullirían sin dejar rastro. Con gran frustración, arrojaron al agua su preciado cargamento para ganar ligereza y velocidad. Habían luchado fieramente por él pero les iba a costar un alto precio.

La advertencia de Søren comenzó a tomar forma sobre sus cabezas antes de lo previsto: densos nubarrones cercaron el cielo como una manada de lobos y la lluvia torrencial cayó sobre ellos con fuerza. La vela se tensó con violencia, y la recogieron a toda prisa, antes de que el viento la desgarrara. Søren los ayudó en silencio.

La gorda Gyda, un navío de cuatro remos que su padre había construido con sus propias manos en el caladero de Adertral, se convirtió en una cáscara de nuez a merced de los azotes del mar. Las crestas se levantaban por encima del palo de la vela y la corriente los arrastró aún más lejos de las naves sajatormentas.

Una ola barrió la cubierta. El agua estaba helada pero Kjartan no se detuvo a secarse, solo tenía ojos para los dos barcos que desaparecían por momentos tras las ráfagas y las enormes olas. Sin ellos estaban sentenciados a muerte.

Los cuatro empuñaron los remos y lucharon a brazo partido contra la resaca pero todos sus esfuerzos resultaron inútiles. Si algo había hecho de Neimhaim un reino inexpugnable era precisamente aquella violencia marina.

—¡Njörd! —clamó Kjartan, por encima del rugido del viento.

Su alarido fue más un reproche furioso que una súplica. No recibirían ayuda de los Altos ese día.

Una ola los elevó vertiginosamente hasta el cielo y luego descendieron casi en caída libre.

—¡Padre! —gritó Søren—. ¡Allí!

Una de las naves guía había aparecido tras la cresta, una difusa y lejana mancha oscura entre el aguacero. No había duda: regresaba en su busca. Los dos adultos y los jóvenes remaron frenéticamente en su dirección, batiendo el mar con sus musculosos brazos en un duelo épico. Que los hubieran encontrado en medio del temporal era providencial, pero fue en vano.

Una ola tan alta como un acantilado se alzó sobre ellos y los envolvió su sombra. No había escapatoria.

Kjartan miró una última vez a su hermano. Habían compartido el vientre de su madre, habían crecido juntos y esperaba que un día murieran juntos. Pero no tan pronto, ni de aquella forma.

La gorda Gyda se deshizo literalmente bajo aquel muro de agua desmoronado: el palo de la vela se partió en dos, el casco se abrió como una manzana y el mar se los tragó.

Kjartan sintió el impacto del agua, su gélido abrazo, tan frío que dolía. Algo le golpeó brutalmente la espalda pero aguantó la respiración. Luchó contra la punzada que paralizaba sus miembros y braceó a la superficie.

Recibió el precioso aire con una bocanada. A su alrededor todo era un universo cambiante de agua, espuma y pedazos de madera. Había perdido sus botas y su ropa en el impacto, el mar del norte mordía la carne desnuda. Las olas se estrellaron en su cara, tragó agua salada y se atragantó. Tosió agónicamente. Su mente se nublaba por momentos.

Apenas era capaz de mantenerse a flote pero logró ver a su padre entre las ráfagas de lluvia. Sostenía a Søren en brazos, malherido. No vio rastro alguno de Ulf.

Kjartan hizo todo lo posible por reunirse con ellos pero sus brazos y piernas no le respondían, estaban atenazados por los calambres, y la resaca tiraba de él en dirección contraria.

Un alarido rompió el fragor de la tempestad: era su hermano, que le llamaba desde algún punto entre el caótico oleaje. Lo vio por un instante: Søren se debatía con un brazo extendido hacia él, como si pudiera agarrarle en la distancia, pero enseguida desapareció.

Kjartan era un luchador, nunca se había dejado doblegar por nada ni por nadie. Hizo un último intento por mover sus miembros paralizados, por hacer llegar aire a sus torturados pulmones, pero todo era agua a su alrededor: sobre él, en su interior, entrando a raudales por su garganta. No pudo resistir más. El mar le dio la bienvenida a sus entrañas.

Los Altos me han abandonado, pensó, iracundo pese a todo.

El mundo perdió consistencia y la oscuridad se cernió sobre él.

Todo quedó envuelto en una gran paz. Ran, la diosa de los ahogados, le acogía en su seno.

Pero no era la diosa quien le abrazaba, quien le arrastraba hacia arriba. El aire por fin se abrió paso en su pecho. Rompió a toser y vomitó el agua salada. Recibió con infinito alivio el don de la respiración, y también a su salvador: Ulf Sturnum.

Entonces notó una extraña calma a su alrededor. Si hubiera podido hablar, habría soltado un juramento a los dioses.

Ya no había oleaje ni lluvia. El mar todavía se removía, pero era ya una fiera amansada. Al menos donde se encontraban. En realidad la tormenta no había amainado, notó Kjartan estupefacto. Aún se debatía furiosa a su alrededor, contenida apenas tras unos muros invisibles, tan altos que sobre sus cabezas el cielo era azul. El viento giraba en torno a ellos como si se encontraran en el ojo de un huracán, y su bramido era sobrecogedor.

Era una visión prodigiosa. Kjartan pensó que sería obra de los aguadores de la nave guía pero no los vio por ningún lado. Tampoco les había visto hacer algo semejante. Ellos aquietaban las tormentas, no hacían un agujero en medio de ellas.

Su padre y su hermano se mantenían a flote gracias a los restos de La gorda Gyda. De todos ellos, el más sorprendido era Søren, estaba pálido como un cadáver.

Entonces Kjartan supo que todo aquel milagro era obra suya; comprendió que, de alguna forma inexplicable, su gemelo había sido capaz de abrir la tempestad para salvarle la vida.

Todos pensaban lo mismo pero Ulf Sturnum fue el único que se atrevió a decirlo en voz alta.

—Un djendel —masculló—. El muchacho es un maldito djendel.

Dos días más tarde, el Alas de Muninn los dejó en su hogar, Adertral.

Su madre esperaba en el embarcadero, ignorando la pesada lluvia que castigaba la bahía. Los recibió como si hubieran regresado de los dominios de Hell y al llegar a casa preparó un caldo de esturión para devolver el calor a sus cuerpos entumecidos.

Søren estaba helado por dentro, no podía dejar de temblar. En el naufragio se había abierto la rodilla hasta el hueso y le dolía tanto que apenas podía pensar, había vomitado durante todo el viaje de vuelta. A su lado, Kjartan, envuelto en gruesas pieles, trataba de aparentar que nada había ocurrido pero sus ojos le miraban como a un extraño.

Soy tu hermano gemelo, Søren Hahnek, ¡el mismo de siempre!, tuvo ganas de gritarle.

Sin embargo, él mismo se sentía como si vistiera una piel que no era la suya, ¿cómo reprochárselo a los demás?

Su madre les dio cerveza caliente y ellos bebieron con avidez. Besó a sus muchachos en la frente, inmensamente aliviada de verlos con vida, y recibió ansiosa a la partera, que se ocuparía de sus heridas.

A su madre no le preocupaba la pérdida de la embarcación que daba sustento a su familia ni las revelaciones que habían traído. Lo único que le importaba era que sus hijos y su esposo habían regresado. Por décima vez dio las gracias a Ulf Sturnum, que decidió que ya debía marcharse. Tenían mucho de que hablar.

La suya era una casa humilde, con una sola estancia que compartía toda la familia y otra donde almacenaban pieles de foca, de oveja, huesos de morsa y otras mercancías con las que comerciaban. Todo aquello daba a la casa un olor muy peculiar; Søren adoraba ese aroma, siempre le hacía sentirse seguro, a salvo. Por encima de sus cabezas, las vigas de tejo crujían bajo el temporal. Temblaban los aparejos de pesca y los bacalaos secos que colgaban de las paredes. El viento y la lluvia arreciaban con furia en el exterior.

De pie frente al fuego del hogar, su padre aún llevaba la tempestad consigo, haciendo estragos en su interior.

Søren se descubrió con cuidado la pierna y le mostró la herida a la partera. Era un surco profundo, blanco en su interior, donde asomaba el hueso de la rodilla. La vieja mujer le cosió con pocos miramientos y él soportó con los dientes apretados el despiadado ir y venir de la aguja. Observó con recelo el emplasto de hierbas y orín que le untó sobre la herida. La anciana le recomendó que hiciera un sacrificio a los Altos para no perder la pierna. O la vida.

El dolor era insoportable, pero lo peor era el miedo. Sentía pavor ante la idea de quedar cojo, más que de morir, como cualquier otro guerrero. Y algo le aterraba más que todo eso.

Un djendel.

No acertaba a comprender lo sucedido, todo había pasado muy deprisa. Lo único que sabía es que el mar había engullido a su hermano y que pensó que le había perdido. Entonces algo se rompió dentro de él.

En ese instante perdió el sentido de la realidad, como si se sumiera en un sueño. Todo se volvió gris a su alrededor. El mundo parecía insustancial, las olas rompían más despacio y las ráfagas de aire se habían detenido. En ese estado todo parecía etéreo, maleable bajo sus manos. Y eso fue lo que hizo, moldear la realidad. Apartó la tormenta de ellos.

Un djendel, se repitió para sus adentros, incapaz de asumirlo.

El clan Djendel no tenía nada que ver con él; eran sacerdotes pacíficos que se negaban a vestir pieles o a montar animales. Tocar un arma era sacrílego para ellos y en el pasado se habían dejado matar y habían permitido que sus familias murieran ante sus ojos con tal de no dañar a otros. La mayoría de ellos vivían lejos de la costa y las montañas, escondidos en las llanuras brumosas. En Adertral no había muchos; tan solo la vieja Elais Ianndellen, la mujer con más arrugas que Søren había visto en su vida, y toda su progenie: sus hijos, nietos y bisnietos.

Él pertenecía al clan Kranyal, sus padres eran guerreros, al igual que sus antepasados. Había manejado las armas desde que era niño. Nadie podía superar su puntería con el arco, todos lo decían. También era veloz a caballo. Ya había cazado ciervos y había matado a otros hombres, lo que le convertía en un adulto, un guerrero de pleno derecho.

Todo en su mundo era palpable y real, por eso los kranyal recelaban de los djendel, que eran capaces de mover el viento y apartar las olas. Es lo que hacían los aguadores. También podían hablar con los animales como si compartieran la misma lengua, levantar un muro de tierra o abrir una sima en el suelo, o curar una cruenta herida en solo un instante. Eran cosas inexplicables y nunca dejarían de serlo, por más años que hubieran pasado desde la Alianza que selló la unión entre sus pueblos. Otros kranyal se habían relacionado de forma estrecha con los sacerdotes, incluso se habían casado con ellos, pero no los Hahnek. Mantenían una respetuosa distancia, y eso era todo. Ni su padre ni su madre habían recurrido jamás a los Ianndellen, ni siquiera cuando estaban enfermos o heridos. Preferían ponerse en manos de la vieja partera y sus remedios.

Otros djendel iban de paso por Adertral; miembros solitarios o familias que esperaban embarcarse rumbo a Hertejänen para colonizar nuevas tierras. Su existencia era meditabunda y demasiado tranquila, consideraban aberrantes las cosas que él amaba. ¿Cómo podía ser él un djendel?

—No sois hijos de nuestra carne —soltó su padre sin previo aviso. Se volvió y los miró a ambos con el gesto torcido—. No sois Hahnek.

Søren experimentó un sudor frío que le bajaba por la espalda, pero extrañamente no sintió emoción alguna, como si aquello no tuviera que ver con él. En cambio notó con intensidad la lucha de su padre por contener las suyas. Kjartan había palidecido como si hubiera recibido un puñetazo en el estómago.

—¿No somos hijos vuestros? —repitió su hermano, incapaz de creerlo—. Entonces ¿quiénes son nuestros padres?

Su madre no les contestó, tan solo se dirigió al arcón donde guardaban las pertenencias más preciadas de la casa. Allí había varias armas, una coraza, un yelmo oxidado y algunas protecciones de cuero trenzado. Cuando regresó, traía un pequeño fardo de piel de foca y lo desenvolvió ante ellos para que pudieran ver su contenido: una simple tira de cuero, como las que usaban para envolver la empuñadura de una espada. Era larga y desgastada, no tenía nada de interés, salvo unos dibujos labrados con un buril. Era un buen trabajo de artesanía, seguía un complejo patrón de líneas enlazadas.

—Una noche Ulf llamó a la puerta. Alguien había abandonado dos criaturas en su cobertizo, al calor de las ovejas. Acabábamos de perder un niño de pecho y pensó que nadie mejor que nosotros cuidaría de unos huérfanos. Esta cinta de cuero a

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