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NERVE

Jeanne Ryan

4


Fragmento

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Fueron necesarios tres días de espera, pero a las cuatro de la mañana de un domingo la calle se vació de Seguidores ante la casa de Abigail. Era posible que hasta los obsesos necesitasen dormir de vez en cuando. También ella podría descansar, pero, más que eso, ansiaba libertad. Había pasado casi una semana desde que se marchó de su casa.

Garabateó una nota a sus padres, metió un montón de cosas en el coche y salió pitando sin dejar de mirar por el retrovisor durante todo el camino hasta abandonar la ciudad y durante las dos horas de coche hasta el Shenandoah. Las incontables veces que había recorrido aquellas carreteras con su familia estaban repletas de juegos, canciones y vídeos, y a veces las pasaba soñando despierta, sin más, pero ahora lo hacía con una creciente sensación de pánico.

Hizo caso omiso de los años que sus padres se habían pasado diciéndole que avisara de su presencia a un guarda forestal nada más llegar al parque, dejó el coche cerca del comienzo de la pista más desierta que fue capaz de encontrar y echó a andar por un sendero que estaba a punto de quedar oculto por el follaje. A primera hora de la tarde tendría que elegir un sitio para acampar. Por ahora tan solo deseaba desaparecer entre los árboles. Si era capaz de evadirse de los Seguidores un rato más, aquella vegetación le daría una cierta paz, al menos por unos pocos días.

Notaba la carga de la mochila en los hombros mientras ascendía con paso pesado por la ladera rocosa, apartaba los helechos y se llevaba las esporádicas gotas de rocío que quedaban sobre las hojas. El sonido de un torrente más arriba la espoleaba con la promesa de una cascada. Sería una bendita distracción del constante rumiar que se había apoderado de sus pensamientos en los últimos veintitrés días. Maldito juego.

Le dio un manotazo a una rama baja, y el agua y las hojas le cayeron por la cabeza. Qué más daba, tampoco era que hubiese nadie por allí para ver los restos de follaje adheridos a su piel y su cabello. Sin embargo, pensar en otras personas le llevó de manera inmediata a una serie de imágenes tan insistentes como indeseadas. Y de temores. Miedos que se alojaban al borde de su consciencia y parecían cobrar forma física, esta vez en el sonido de unos pasos amortiguados detrás de ella.

Se paró en seco, a la espera, rezando por que aquel sonido no hubiera sido más que su imaginación. Su cerebro la traicionaba mucho últimamente. Hacer un alto. Concentrarse. Pensar.

Las pisadas se detuvieron un instante y se reanudaron, más rápidas. Sí, había alguien tras ella. ¿Y ahora qué?

¿Esconderse detrás de un arbusto y dejar que pasara aquella persona? Tenía que ser un senderista cualquiera que buscase, probablemente, la misma soledad que buscaba ella. Aun así, esconderse no sonaba como si fuera el mejor plan. Echó a correr hacia delante para ganar cierta distancia y se metió entre los brazos de un exuberante rododendro.

Los pasos se oyeron con más fuerza, y su peso sugería a alguien corpulento. ¿Sería aquello la «consecuencia» con la que amenazaban esos idiotas que llevaban el juego si no se mantenía accesible para los fans? Sin embargo, nadie podía esperar de ella que fuese amable con los imbéciles que llamaban a todas horas, los asquerosos que la seguían al cuarto de baño o aquellos enfermos mentales que habían creado esa horrenda web con las imágenes de ella y de los demás jugadores sobreimpresas con el objetivo de una mirilla telescópica. Cuando se encontró con aquello, se inventó una enfermedad que la retuvo en su casa la semana pasada entera. Pero no podía esconderse para siempre. Y tampoco tenía pinta de poder conseguir órdenes de alejamiento para todo el planeta.

Su respiración se aceleraba y se volvía menos profunda conforme se acercaba quien fuera que venía detrás de ella. Los pasos eran rítmicos, medidos. Quizá no fueran humanos. Qué curioso resultaba que la posibilidad de que se tratase de un oso negro le preocupase menos que si el intruso fuera otro senderista. O quizá las pisadas no fueran siquiera reales. Todo esto podía ser un sueño, manipulado del mismo modo que todos y cada uno de sus pensamientos conscientes durante el juego, e incluso después. Estaba resultando cada vez más difícil descubrir qué estaba sucediendo realmente. Como la nota que había encontrado en una revista cuando se escapó al centro comercial: «Querida Abigail: el juego no se acaba hasta que nosotros lo digamos».

¿Cómo podría saber alguien que entraría en aquella tienda en particular, y que hojearía aquella revista en especial? Aun así, cuando terminó de repasar todas las revistas de la estantería para ver si habían toqueteado alguna otra, ya le había perdido la pista a la nota en cuestión, como si jamás hubiera existido. Probablemente la había robado alguno de esos «nosotros» desconocidos que espiaban todos y cada uno de sus movimientos. Aquella era la peor parte, no ponerle cara al enemigo, mientras que su propia imagen estaba disponible para todos, como una especie de cromo perverso.

A los pasos se unió un silbido. Ni siquiera una imaginación tan activa como la suya era capaz de concebir un escenario en el que un animal conociese la melodía de «Somewhere Over the Rainbow». Se le humedecieron los ojos al obligarse a creer que aquella persona no era más que un simple excursionista de buen humor.

Los pasos se detuvieron. Ella se agachó más entre la vegetación cuando se agitaron los arbustos cercanos.

—Sé que estás ahí —dijo una voz profunda.

Sintió un temblor en el vientre. Se apretó contra el árbol a su espalda, y deseó haberse subido a él. No había nadie en kilómetros a la redonda, y un vistazo rápido al móvil le mostró que no había cobertura. Mira tú por dónde. Su móvil no le daba más que motivos de sufrimiento en aquellos días.

Las ramas del rododendro entre las que ella se escondía se abrieron para revelar el rostro de un hombre con cara de pitbull y un aliento que olía a beicon. Cielo santo, habría sido mejor no ponerle cara a sus torturadores. Aquel rostro interpretaría un papel protagonista en sus pesadillas durante el resto de su vida. Por muy larga que esta fuese.

Sus manos carnosas apartaron las ramas todavía más.

—¿Por qué no sales de ahí, encanto? Pongámonos las cosas fáciles.

Se le contrajeron todos los músculos, y casi le cedieron las rodillas. El absoluto pavor que surgía de su vientre fue peor que durante la última ronda del juego, cuando se enfrentó a un cuarto lleno de serpientes. Y pensar que ese había sido para ella el peor temor del mundo.

A pesar del temblor que le sacudía el pecho, reunió de algún modo las fuerzas para decir:

—Déjame en paz, gilipollas.

El hombre se sorprendió.

—No hace falta ponerse borde. He sido tu mayor partidario.

Su mirada recorrió veloz la penumbra del sotobosque. Solo había una opción con algún tip

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