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ÁNGELES EN LAS TINIEBLAS (PRIMERA GUERRA MUNDIAL 3)

Anne Perry  

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Fragmento

1

Joseph estaba tendido boca abajo sobre la fina capa de hielo que cubría el barro. A primeras horas de la noche una veintena de hombres había efectuado una incursión en las trincheras alemanas. Habían capturado a un par de prisioneros pero cuando regresaban fueron alcanzados por una lluvia de disparos. Llegaron al parapeto como pudieron, heridos, ensangrentados y sin Doughy Ward ni Tucky Nunn.

—Me parece que Doughy ha caído —había dicho Barshey Gee con abatimiento, los ojos hundidos en las cuencas bajo el breve resplandor de una bengala—. Pero Tucky aún estaba vivo.

No había elección. Cubiertos por la descarga de su propia artillería, tres de ellos salieron a buscarlo. El ruido de los morteros pesados resultaba ensordecedor y cuando éste cesaba Joseph oía el estrépito más rápido y seco de las ametralladoras. En cuanto se apagó la bengala asomó la cabeza otra vez para escrutar entre los cráteres, las alambradas rotas y los pocos tocones de árboles hechos pedazos que aún podían distinguirse.

Algo se movía en el barro. Joseph reanudó su avance reptando tan aprisa como podía. El hielo fino crujía bajo su peso pero él sólo oía el fragor de las armas. Tenía que llegar hasta Tucky sin caer en ninguno de los inmensos socavones llenos de agua. Varios hombres se habían ahogado en esos tétricos hoyos. La idea lo estremeció. Al menos no los habían gaseado aquella semana, de modo que en las hondonadas no había asfixiantes gases letales.

Lanzaron otra bengala y Joseph se quedó inmóvil. Por último, mientras se apagaba, volvió a avanzar rápidamente palpando el terreno para evitar los restos de obuses, los cadáveres en descomposición, las marañas de alambradas viejas y fusiles oxidados. Como siempre llevaba consigo material de primeros auxilios para curas de urgencia, pero quizás iba a necesitar algo más que aquello. Si lograra llevar a Tucky de vuelta a la trinchera, los médicos de verdad ya estarían allí para entonces.

Se hizo oscuro otra vez. Se incorporó y, manteniéndose agachado, echó a correr. Faltaban sólo unos metros hasta donde había visto un movimiento. Patinó y por poco cayó encima de él.

—¡Tucky!

—Hola, capellán.

La voz de Tucky sonó ronca en la oscuridad, terminando en una tos seca.

—Muy bien, ya te tengo —contestó Joseph alargando los brazos, y agarró la tela áspera del uniforme de Tucky notando el peso de su cuerpo—. ¿Dónde estás herido?

—¿Qué está haciendo aquí fuera?

En el tono de Tucky había una especie de humor desesperado que intentaba disimular el dolor. Se encendió otra bengala y su rostro de nariz respingona resultó visible unos instantes, así como la herida sangrante que tenía en el hombro izquierdo.

—Pasaba por aquí —respondió Joseph con voz un tanto temblorosa—. ¿Dónde más te han dado?

Si fuera sólo en el hombro, Tucky habría regresado por su propio pie. Joseph aguardó la respuesta con pavor.

—En la pierna, creo —contestó Tucky—. Si quiere que le diga la verdad, apenas siento nada. Maldito frío. Parece que no tengan verano por estos andurriales. ¿Se acuerda de los veranos en casa, capellán? Las chicas...

El resto de lo que dijo lo ahogó el estruendo de los cañones.

A Joseph le cayó el alma a los pies. A lo largo del último año había visto morir a demasiados muchachos conocidos de toda la vida, entre ellos a Bibby, el hermano mayor de Tucky.

—Voy a llevarte de vuelta —dijo a Tucky—. Cuando entres en calor seguramente te hará un daño de mil demonios. Venga. —Se agachó y medio levantó a Tucky cargándolo a hombros y tocándole la herida sin querer; el chico gritó—. Perdona —se disculpó Joseph.

—No pasa nada, capellán —dijo Tucky, jadeando y con náuseas por el mareo que le causaba el dolor—. Duele, pero no demasiado. Me pondré mejor enseguida.

Todos decían lo mismo, incluso cuando agonizaban. No estaba bien visto quejarse.

Encorvado, trastabillando bajo el peso de Tucky y procurando no erguirse para no ofrecer un blanco fácil al enemigo, Joseph avanzó a trompicones por el barro de regreso a la línea de trincheras. Dos veces resbaló y cayó al suelo, disculpándose de inmediato, consciente de estar golpeando y sacudiendo al herido, pero no podía evitarlo.

Vio el parapeto delante de él, a escasos diez metros. Estaba empapado de agua fangosa hasta la cintura. Su aliento se congelaba en el aire y tenía tanto frío que a duras penas sentía las piernas.

—Casi hemos llegado —dijo a Tucky, pero sus palabras se perdieron en otra descarga de obuses. Uno explotó cerca de él, a la izquierda, arrojándolo al suelo de bruces. Sintió un dolor horrible en el lado izquierdo; luego, nada.

Joseph abrió los ojos con un dolor de cabeza tan cruel que borraba la conciencia de que le dolía todo el lado izquierdo del cuerpo. Al parecer había otras personas a su alrededor. Oía voces. Tardó unos instantes en comprender que lo que estaba mirando era el techo del hospital de campaña. Le habían dado sin que se diera cuenta. ¿Qué habría sido de Tucky?

Intentó hablar pero no estuvo seguro de si en efecto emitía algún sonido o si las palabras sólo estaban en su cabeza. Nadie acudió. Le faltaban fuerzas para moverse. El dolor era escalofriante. Le consumía el cuerpo entero y casi le impedía respirar. ¿Qué le había sucedido? Había visto un sinfín de soldados heridos, brazos y piernas destrozados, torsos reventados por explosiones. Los había sostenido, hablado con ellos mientras agonizaban, tratando simplemente de estar a su lado para que no se sintieran solos. A veces eso era lo único que cabía hacer.

No podía empuñar armas, era capellán, pero la noche antes de que se declarara la guerra se había prometido a sí mismo que iría al frente con los hombres y aguantaría con ellos lo que ocurriera.

Su hermana Hannah estaba casada pero Matthew y Judith estuvieron con él en el hogar de su infancia en Selborne St. Giles contemplando el ocaso que oscurecía la campiña mientras hablaban del futuro en voz baja. Matthew permanecería en el Servicio Secreto de Inteligencia; Judith iría al frente a hacer lo que estuviera en su mano, seguramente conducir ambulancias; Joseph sería capellán. Pero se había jurado que nunca más permitiría que algo le importara tanto como para traumatizarse con su pérdida, tal como le había ocurrido con el fallecimiento de Eleanor y el bebé. Naturalmente, Hannah se quedaría en casa. Su marido, Archie, estaba en el mar, y tenía tres hijos a los que cuidar.

Había alguien inclinado sobre él, un hombre rubio con el semblante serio y cansado. Tenía sangre en las manos y la ropa.

—¿Capitán Reavley?

Joseph intentó contestar pero sólo consiguió emitir un graznido ronco.

—Me llamo Cavan —prosiguió el hombre—. Soy el médico titular. Su brazo izquierdo presenta una rotura muy mala. Lo alcanzó un trozo grande de metralla, a juzgar por su aspecto, y ha perdido mucha sangre por la herida de la pierna pero se pondrá bien. Conservará el brazo pero me temo que esto sea un billete a Inglaterra, sólo de ida.

Joseph sabía a qué se refería el médico: una herida lo bastante grave como para que lo mandaran a casa.

—¿Tucky? —consiguió susurrar por fin—. ¿Tucky Nunn?

—Mal, pero confío en que lo consiga —contestó Cavan—. Probablemente viajará a Inglaterra con usted. Ahora tenemos que hacer algo con este brazo. Le dolerá, pero haré cuanto pueda, y lueg

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