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NI SI NI NO, SINO TODO LO CONTRARIO

Eduardo Arias Villa   Karl Eduard Troller Pardo  

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Fragmento

Prólogo

¿Qué tan buen colombiano es usted? ¿Qué tanto derecho tiene de sentirse un buen colombiano? Maneras de probarlo hay muchas. Por ejemplo, aferrarse ciegamente a la idea de que el himno de Colombia es el segundo más bello del mundo, que los mejores pilotos de avión son los colombianos y que los mejores ciclistas son los escarabajos que se crían en las montañas de Boyacá, Antioquia, Cundinamarca, Santander y Nariño.

Otra manera de ser un buen colombiano es no tener ni idea de fútbol ni interesarse por ese deporte, salvo cuando juega la selección Colombia, motivo por el cual arma tremenda rumba para ver el partido y compra la camiseta original del equipo para la ocasión. Y hasta se hace el mismo corte de pelo de James Rodríguez.

Pero también es propio del colombiano patriota promedio acusar de doping a Christopher Froome porque le sacó un minuto de ventaja a Nairo Quintana en una etapa en los Pirineos; recoger firmas para protestar ante las autoridades que manejan la belleza universal porque le quitaron el título a Ariadna Gutiérrez, entablar una queja formal desde nuestra embajada en Washington porque algún presentador de un programa de televisión de Estados Unidos hizo algún chiste tonto sobre el consumo de cocaína en Colombia.

Enfurecerse por algún artículo que hable mal de Cartagena en el New York Times y celebrar porque otro artículo en la revista Travel&Leissure destaca a Cartagena como uno de los mejores destinos turísticos. Destino que, dicho sea de paso, por sus altos precios le está vedado al 95 por ciento de los colombianos.

Sentirse orgulloso de la malicia indígena que sirve para tumbar a otros colombianos y extranjeros, pedir rebaja en todas partes, buscar cualquier oportunidad para colarse donde pueda, acelerar en vez de frenar cuando un semáforo se pone en amarillo y sacar provecho de la legislación vigente cada vez que un tinterillo encuentra el papayazo.

Declararse a favor de un tratado de paz y echar tiros al aire para celebrar la llegada del año nuevo, el triunfo en unas elecciones del candidato de su complacencia, o dejar ochenta muertos de saldo y un jugador asesinado como balance final de la celebración o, mejor, conmemoración, de una gesta balompédica. Y lo peor, casi 25 años después, seguir viviendo del 5 a 0.

Pero lo anterior no alcanza. No basta. No es suficiente. Un buen colombiano no sólo puede limitarse a exaltar las cañas de sus valles y el anís de sus montañas y comprometerse a no tomar trago extranjero porque es caro y no sabe a bueno. No, señor. Ni tampoco viajar por el mundo como embajador vestido de sudadera de la selección, con un carriel al hombro y un sombrero vueltiao en su cabeza. Ni mucho menos aplaudir cuando el avión que lo trae d

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