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NéMESIS (HARRY HOLE 4)

Jo Nesbo

5


Fragmento

2

Astronauta

Al ver a aquel hombre mayor, Harry pensó en un astronauta. Esos pasos cortos tan cómicos, la rigidez de sus movimientos, la mirada muerta y sombría, y el arrastrar de las suelas de los zapatos por el parqué. Como si tuviera miedo de perder el contacto con el suelo y salir flotando por el espacio.

Harry miró el reloj que colgaba en la pared blanca de hormigón, sobre la puerta de salida. Las 15.16 horas. Al otro lado de la ventana, en la calle Bogstadveien, la gente pasaba con las prisas propias de un viernes. El sol bajo de octubre se reflejaba en el espejo retrovisor de un coche atascado en el tráfico de la hora punta.

Harry se fijó en el hombre mayor. Llevaba sombrero y una elegante gabardina gris que, a decir verdad, necesitaba pasar por la tintorería. Debajo de la gabardina vestía una chaqueta de tweed, corbata y unos pantalones grises raídos con la raya muy marcada. Zapatos bien lustrados con tacones desgastados. Era uno de esos jubilados que parecían abundar en el barrio de Majorstua. No era una suposición. Harry sabía que August Schultz tenía ochenta y un años, que había sido comerciante de confección y que llevaba toda la vida viviendo en Majorstua, salvo durante la guerra, que pasó en un barracón de Auschwitz. Y la rigidez de las rodillas se debía a una caída de un puente peatonal de la calle Ringveien, cuando cruzaba para acudir a una de las habituales visitas a casa de su hija. La posición de los brazos, doblados en ángulo recto por el codo, reforzaba la impresión de muñeco mecánico. Del antebrazo derecho colgaba un bastón marrón, y en la mano izquierda sostenía un giro bancario que estaba a punto de entregar al joven de pelo corto que había al otro lado del mostrador número dos. Harry no podía verle la cara, pero sabía que miraba al hombre mayor con una mezcla de compasión y de disgusto.

Eran ya las 15.17 horas y August Schultz había llegado, por fin. Harry suspiró.

Stine Grette, del mostrador número uno, contaba las setecientas treinta coronas del chico del gorro azul que acababa de entregarle un cheque nominativo. El diamante que lucía en el anular izquierdo centellaba cada vez que dejaba un billete en el mostrador.

Harry tampoco podía verlo pero sabía que, a la derecha del chico, delante del mostrador número tres, había una mujer que mecía un cochecito por pura distracción, seguramente, ya que el pequeño estaba dormido. La mujer estaba esperando que la atendiera la señora Brænne, que, a su vez, se afanaba ruidosamente en decirle por teléfono a un señor que no podía pagar mediante un giro sin que el destinatario hubiera firmado una autorización, y que la que trabajaba en el banco era ella, no él. De modo que ¿por qué no dar la discusión por terminada?

En ese instante se abrió la puerta de la sucursal bancaria y dos hombres, uno alto y otro de baja estatura, vestidos con monos oscuros idénticos, entraron rápidamente en el local. Stine Grette levantó la cabeza. Harry miró el reloj y empezó a contar. Los hombres se dirigieron a la esquina donde estaba Stine. El alto se movía como si fuera sorteando pequeños charcos a zancadas, y el bajito se contoneaba al caminar como quien ha desarrollado más músculos de los que su cuerpo es capaz de alojar. El chico del gorro azul se dio la vuelta despacio y empezó a caminar hacia la puerta, tan concentrado en contar el dinero que no se fijó en ellos.

—Hola —le dijo a Stine el alto, que se adelantó y soltó de golpe un maletín negro en el mostrador. El pequeño se ajustó unas gafas de sol de cristal reflectante, se acercó y colocó al lado un maletín idéntico—. ¡El dinero! —exclamó con voz clara—. ¡Abre la puerta!

Fue como pulsar el botón de pausa y todos los movimientos que se estaban produciendo en la sucursal se congelaron en el acto. Tan solo el tráfico que discurría al otro lado de la ventana confirmaba que el tiempo no se había detenido, así como el segundero del reloj de Harry, que ahora indicaba que habían pasado diez segundos. Stine pulsó un botón que tenía debajo de su mesa. Se oyó un zumbido y el más bajo empujó con la rodilla la pequeña puerta giratoria del fondo, junto a la pared.

—¿Quién tiene la llave? —preguntó—. ¡Rápido, no tenemos todo el día!

—¡Helge! —gritó Stine por encima del hombro.

—¿Qué? —respondió una voz procedente del único despacho del banco que, además, tenía la puerta abierta.

—¡Tenemos visita, Helge!

Asomó entonces un hombre con pajarita y gafas para leer.

—Estos señores quieren que les abras el cajero automático, Helge —dijo Stine.

Helge Klementsen miró impasible a los dos hombres, que ya habían pasado al otro lado del mostrador. El más alto oteaba la puerta visiblemente nervioso, pero el bajito no apartaba la vista del director de la sucursal.

—Ah, sí, claro, por supuesto —jadeó Klementsen, como si acabara de recordar una cita olvidada, y estalló en una risa ansiosa y estentórea.

Entretanto, Harry no movió ni un músculo, concentrado en absorber con la vista los detalles de sus gestos y movimientos. Veinticinco segundos. Continuó mirando el reloj que colgaba sobre la puerta, pero en el límite de su campo de visión observó que el director de la sucursal abría desde dentro el cajero automático, extraía dos cajas metálicas alargadas llenas de billetes y se las entregaba a los dos hombres. Todo ocurrió con suma rapidez y en silencio.

—¡Estas son para ti, viejo!

El hombre bajito había sacado dos cajas idénticas del maletín, que ahora le entregó a Helge Klementsen. El director de la sucursal tragó saliva, asintió, las cogió y las colocó en el cajero.

—¡Buen fin de semana! —exclamó el bajito, irguiéndose después de coger el maletín.

Un minuto y medio.

—Un momento, no tan deprisa —advirtió Helge.

El pequeño se detuvo.

Harry apretó las mejillas, intentando concentrarse.

—El recibo… —dijo Helge.

Los dos hombres se quedaron mirando un instante al hombre menudo y canoso y el más bajito se echó a reír. Era una risa chillona y aguda, con un punto de histeria, como se ríe la gente que se ha tomado un chute de speed.

—No creerás que íbamos a largarnos sin tu autógrafo, ¿no? Y entregar dos millones sin recibo, ¡vamos!

—Ya, claro —dijo Helge Klementsen—. Pero a un compañero vuestro casi se le olvida la semana pasada.

—Hay muchos principiantes en el transporte de valores estos días —reconoció el bajito mientras él y Klementsen firmaban y se repartían las copias amarilla y rosa.

Harry esperó a que la puerta de salida se cerrara tras ellos antes de mirar el reloj otra vez. Dos minutos y diez segundos.

A través del cristal de la puerta marrón vio alejarse la furgoneta blanca con el logotipo del banco Nordea.

Entonces se reanudaron las conversaciones entre las personas que había en el local. Harry no necesitaba contarlas, pero lo hizo de todas formas. Eran siete. Tres detrás del mostrador y tres delante, incluidos el niño y el tipo de los pantalones de peto, que se había detenido delante de la mesa que había en el centro del local, para apuntar el número de cuenta en un formulario de ingreso a favor de Saga Solreiser, cosa que Harry sabía.

—Adiós —dijo August Schultz, arrastrando los pies en dirección a la puerta.

Eran exactamente las 15.21.10, el instante en que todo empezó.

Cuando se abrió la puerta, Harry vio que Stine Grette levantaba la vista de sus documentos un segundo para volver a ellos enseguida. Pero pronto volvió a levantar la cabeza, muy despacio esta vez. Harry miró hacia la entrada. El hombre que acababa de acceder al local ya se había bajado la cremallera del mono y estaba sacando un fusil AG3 de color negro y verde aceituna. Un pasamontañas azul oscuro le cubría toda la cara, a excepción de los ojos. Harry empezó a contar de cero otra vez.

El pasamontañas empezó a moverse como una muñeca de Henderson justo en el lugar donde debería estar la boca:

—This is a robbery. Nobody moves.

No lo dijo muy alto, pero el silencio que se hizo en la pequeña sucursal bancaria podría haber sucedido al disparo de una salva de cañón. Harry miró a Stine. El hombre cargó el fusil y, al ruido del tráfico, se impuso con claridad el deslizante chasquido de las piezas de un arma bien lubricada. El hombro izquierdo de Stine descendió imperceptiblemente.

«Una chica valiente —se dijo Harry—. O quizá muerta de miedo.» Aune, el profesor de psicología de la Escuela Superior de Policía, decía que la gente, cuando está lo bastante aterrada, deja de pensar y actúa según se espera. La mayoría de los empleados de la banca pulsan el botón de alarma silenciosa que avisa de un atraco en un estado rayano a la parálisis. En estado de conmoción, sostenía Aune, refiriéndose a que después, cuando han de dar cuenta de lo sucedido, muchos no recuerdan si activaron o no la alarma. Funcionaron con el piloto automático. «Igual que un atracador de bancos que se ha programado a sí mismo para dispararle a todo aquel que intente detenerlo —explicaba Aune—. Cuanto más miedo tenga, menos probable es que nadie lo haga cambiar de idea.» Harry no se movió, solo intentaba ver los ojos del atracador. Eran azules.

El atracador se quitó la mochila negra y la dejó caer en el suelo, entre el cajero y el hombre del peto, que seguía con la punta del bolígrafo en el último círculo del número ocho que tenía a medias. El hombre de negro recorrió los seis pasos que lo separaban de la portezuela del mostrador, se sentó en el borde, pasó las piernas por encima y se quedó de pie justo detrás de Stine, que permanecía inmóvil con la vista al frente. «Bien hecho —pensó Harry—. Se sabe las instrucciones y no provocará al atracador mirándolo a la cara.»

El hombre le encañonó la nuca a Stine con el arma, se inclinó y le susurró algo al oído.

La mujer aún no había caído presa del pánico, pero Harry veía palpitar su pecho, como si aquel cuerpo menudo no pudiera inspirar el aire suficiente bajo la blusa blanca que, súbitamente, parecía demasiado estrecha. Quince segundos.

Stine carraspeó. Una vez. Dos veces. Hasta que las cuerdas vocales respondieron por fin.

—Helge. Las llaves del cajero.

Habló con una voz baja y ronca, totalmente distinta de aquella con la que había pronunciado casi las mismas palabras hacía tan solo tres minutos.

Harry no lo veía, pero sabía que Helge Klementsen había oído la frase inicial del atracador y que ya estaba en la puerta de su despacho.

—Rápido. De lo contrario…

Su voz era apenas audible y, en la pausa que siguió, solo se oyeron las suelas de los zapatos de August Schultz contra el parqué, como un par de palillos que se arrastran despacio sobre la piel seca de un tambor.

—… me pega un tiro.

Harry miró por la ventana. Seguramente habría allí fuera un coche con el motor en marcha, pero desde donde se encontraba no podía avistar más que vehículos que iban y venían y personas que caminaban con paso más o menos despreocupado.

—Helge… —repitió Stine en tono suplicante.

«Vamos, Helge», pensó Harry animando mentalmente al director de la sucursal, al que también conocía bastante. Sabía que en casa lo esperaban dos caniches gigantes, una mujer y una hija embarazada a la que acababa de abandonar el novio. Sabía que tenían ya listas las maletas para irse a la cabaña de la montaña en cuanto Helge Klementsen llegara a casa. Sin embargo, Klementsen tenía ahora la sensación de estar sumergido bajo las aguas en uno de esos sueños en que todos los movimientos son lentos por más que uno intente apresurarse. El director de la sucursal entró en el campo de visión de Harry. El atracador había girado la silla de Stine de manera que seguía detrás de ella, pero mirando a Helge Klementsen. Como un niño temeroso que va a alimentar a un caballo, Klementsen asomaba con el cuerpo hacia atrás y sosteniendo las llaves en la mano, lo más lejos posible. El atracador volvió a susurrarle algo a Stine y giró el arma para apuntar a Klementsen, que reculó trastabillando unos pasos.

Stine carraspeó bajito.

—Dice que abras el cajero y metas las cajas nuevas en esa mochila negra.

Helge Klementsen miró como hipnotizado el fusil con que le apuntaba el atracador.

—Tienes veinticinco segundos antes de que dispare. A mí. No a ti.

Klementsen abrió la boca, como para decir algo, y la cerró enseguida.

—Ahora, Helge —dijo Stine.

El mecanismo de apertura de la puerta emitió un zumbido y Helge Klementsen salió del despacho y pasó al local.

Habían transcurrido treinta segundos desde que comenzó el atraco. August Schultz casi había alcanzado la puerta de salida. El director de la sucursal cayó de rodillas delante del cajero, mirando fijamente las cuatro llaves del llavero.

—Quedan veinte segundos —avisó la voz de Stine.

«La comisaría de policía de Majorstua —pensó Harry—. Sus coches están en camino. Ocho manzanas. Los atascos de los viernes.»

Helge Klementsen cogió una de las llaves con los dedos temblándole de miedo y la metió por el ojo de la cerradura. A mitad de camino, se detuvo. Helge Klementsen empujó más fuerte.

—Diecisiete segundos.

—Pero… —balbució.

—Quince segundos.

Helge Klementsen sacó la llave y probó con una de las otras, que entr

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