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NO ERES MI TIPO

Chloe Santana  

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Fragmento

1

MI AMIGO PEPE

Querido diario:

Tengo un montón de cosas que contarte. ¡Qué fuerte!, ¿verdad? Ni siquiera nos hemos presentado y ya te estoy atosigando con mis problemas. Por cierto, perdona por las pegatinas de Hello Kitty con las que he adornado tu tapa. Últimamente no llego a fin de mes, así que he tenido que reciclar un cuaderno cutre comprado en los chinos y tunearlo con papel de regalo color fucsia y pegatinas de cuando iba al instituto. Lo sé, soy lo peor. Sobre todo porque en mi cabeza, no me preguntes por qué, eres un hombre.

Y dirás que qué hago a mis veinticinco años escribiendo un diario, pero todo tiene una explicación. La explicación se llama Raquel, y no es mi novia, por mucho que a mi abuela le haya dado por pensar a estas alturas que soy lesbiana. Raquel es mi psicóloga desde que Raúl, mi exnovio, ese traidor de mier... Vale, vale, ya me calmo. Raquel es mi psicóloga desde que tuve un momento de bajón de esos con chocolatinas, kilos de más y mucha mala leche.

Y es que mi vida no tenía rumbo. «Eres como un barco a la deriva buscando quien lo guíe», suele decir Raquel. Le gusta ponerse filosófica mientras me aconseja con cara de intensa, y yo finjo como una niña buena que voy a hacer todo lo que me diga, aunque las dos sabemos que no va a ser así.

El caso es que Raquel me dijo que tenía que alcanzar otras metas. Trazar nuevos planes. Porque, según ella, estoy estancada en el pasado y nada cambiará a no ser que yo le dé un empujoncito.

«Busca nuevas amistades, haz algo que te guste, encuentra la motivación necesaria para salir de ese letargo que solo te lleva a estar deprimida. Cambia de camino y márcate otros horizontes».

Así que, por primera vez y tras invertir más de trescientos euros en terapia, decidí hacerle caso. Ni corta ni perezosa, y en un arrebato de esos de los que luego te arrepientes, de los que echas la vista atrás y gritas: «¿Por qué, Señor?», dejé mi trabajo como cajera de supermercado, pisé una mierda de camino a casa y me dispuse a escribir un diario.

¿Que por qué dejé mi trabajo? Porque mi exjefe es un viejo baboso y malhablado que, cada vez que se acercaba a mí, o me tocaba el culo o me gritaba lo inútil que era.

¡Un año, dos meses y seis días es lo que he aguantado en semejante trabajo de jornada completa y salario basura! ¿Y todo para que en uno de mis arrebatos me vaya sin más y, por consiguiente, me quede en el paro?

¿He dicho ya que necesito urgentemente un empleo? ¿Y que soy un desastre?

Como ves, no suelo pensar mucho las cosas antes de actuar. Por eso siempre me han llamado Ana la Bocazas. También tengo una mentalidad idealista que me llevó a estudiar Derecho. Derecho a la puta calle. Derecha al paro.

Raquel también me aconsejó que hiciera nuevos amigos, consejo que seguí a medias por aquello de que arruinarlo todo es mi gran especialidad. Así que decidí buscar un confidente. Alguien a quien contarle mis penas sin tener que pagar cincuenta euros la hora.

¡Y te encontré a ti! ¿No te parece fabuloso? Ya sé, ya sé lo que estás pensando... Por supuesto que es un coñazo escuchar los problemas ajenos sin que te paguen, pero yo necesito urgentemente que alguien me diga qué he hecho mal en la vida. Un confidente que no me regale miradas censuradoras si le cuento mis miserias.

¿Hacia dónde voy? ¿Por qué he dejado el trabajo si no tengo donde caerme muerta? ¿Por qué nadie me quiere? ¿A qué huelen las nubes?

La crisis de ansiedad motivada por que a principios de mes poseo la increíble cantidad de ciento veinte euros con treinta y tres céntimos para sobrevivir me hizo llamar a Raquel a las cuatro de la mañana en busca de respuestas.

—¡Raquel, la he cagado! —Lloré desconsolada, mientras retorcía el cable del teléfono de manera histérica.

Oí un suspiro de agotamiento al otro lado de la línea.

—Ana, ¿sabes qué hora es? —respondió cortante.

—¡Estoy fatal, he dejado el trabajo y no puedo pagar el alquiler! ¿Sabes que lo único que tengo en la nevera es una barra de chóped y yogures desnatados? ¿Hay algo más triste que un bocadillo de chóped para cenar?

Raquel se quedó en silencio durante un instante, probablemente asimilando lo que acababa de contarle.

—¿Cómo que has dejado el trabajo?

Bien, pasábamos del chóped e íbamos al grano.

—Pues que he seguido tu consejo. Quiero encontrar nuevos horizontes y...

—A ver..., a ver... —carraspeó incómoda—. Yo no te aconsejé que cambiaras de trabajo. Al menos, no hasta que encontrases uno mejor. Que no está la cosa para tirar cohetes, y en tu situación...

—¡Debería haberlo pensado antes!

—Exactamente —concluyó.

—Pero, Raquel, ¿qué hago?

—Encontrar otro trabajo, y cuanto antes, mejor.

¡Qué tía más lista! ¿Y para esto le pago cincuenta euros la hora? Nota mental para Ana: Invertir mi dinero en un fondo de pensiones.

—Pero si encontrar el trabajo de cajera en el supermercado me costó una barbaridad... —suspiré deprimida.

—A ver, Ana. ¿Qué hemos hablado? Nada de venirse abajo en momentos cruciales. Debes ver esta situación como una oportunidad. Si luchas, te pasarán cosas buenas. Creer que la vida te va a tratar bien solo porque eres buena persona...

—Lo sé..., lo sé...

—Para empezar, mañana vas a redactar de nuevo tu currículum y vas a salir a buscar trabajo. Quiero que te recorras todas las calles de la ciudad y que no tires la toalla hasta que alguien te dé una oportunidad, ¿de acuerdo? No volverás a casa sin haber conseguido una entrevista.

Visto así, parecía fácil. ¿A que me hago psicóloga para ofrecer consejos de mierda a la gente

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