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NO ESTá SOLO (COLOMBA Y DANTE 1)

Sandrone Dazieri

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Fragmento

Índice

Portadilla

Índice

Dedicatoria

I. Antes

II. El círculo de piedra

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

III. Antes

IV. Viejos amigos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

V. Antes

VI. Visitas a domicilio

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

VII. Antes

VIII. Seguir la Brújula

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Epílogo

Agradecimientos

Notas del traductor

Sobre el autor

Créditos

A Olga, que ha resistido

Este libro es una obra de ficción. Los personajes y lugares mencionados son fruto de la fantasía del autor y tienen como objetivo conferir veracidad al relato. Cualquier parecido con hechos, lugares o personas, vivas o desaparecidas, es absolutamente casual.

I. Antes

 

El mundo es una pared curvada de cemento gris. El mundo tiene sonidos amortiguados y ecos. El mundo es un círculo que de ancho mide dos veces sus brazos extendidos. Lo primero que el muchacho aprendió en este mundo circular fueron sus nuevos nombres. Tiene dos. Hijo es el nombre que prefiere. Tiene derecho al mismo cuando hace las cosas correctas, cuando obedece, cuando sus pensamientos son límpidos y rápidos. En caso contrario, su nombre es Bestia. Cuando se llama Bestia, el muchacho es castigado. Cuando se llama Bestia, el muchacho tiene hambre y frío. Cuando se llama Bestia, el mundo circular apesta.

Si Hijo no quiere convertirse en Bestia, tiene que recordar el lugar correcto de las cosas que le han sido encomendadas y cuidar de ellas. El cubo para sus necesidades tiene que estar siempre colgado en la viga, a la espera de ser vaciado. La jarra para el agua tiene que estar siempre en el centro de la mesa. La cama tiene que estar siempre hecha y limpia, con la manta bien remetida. La bandeja de la comida tiene que estar siempre junto a la portezuela.

La portezuela es el centro del mundo circular. El muchacho la teme y la venera igual que a una divinidad caprichosa. La portezuela puede abrirse de repente, o permanecer cerrada durante días. La portezuela puede dejar que entre comida, ropa limpia y mantas, libros y lápices, o bien administrar castigos.

El error es castigado siempre. Para los errores pequeños está el hambre. Para los errores más grandes, el frío o el calor atroz. En una ocasión tuvo tanto calor que dejó de sudar. Cayó sobre el cemento pensando que iba a morir. Fue perdonado con un chorro de agua fría. Era Hijo de nuevo. Podía beber de nuevo y limpiar el cubo, que zumbaba por las moscas. El castigo es duro en el mundo circular. Implacable y certero.

Eso es lo que siempre había creído hasta que descubrió que el mundo circular es imperfecto. El mundo circular tiene una grieta. Larga como su índice, la grieta se abrió en la pared, justo donde la viga con el cubo se engasta en el cemento.

El muchacho no se atrevió a mirarla de cerca durante semanas. Sabía que estaba ahí, presionaba en los límites de su conciencia, le quemaba igual que el fuego. El muchacho sabía que mirar la grieta era Algo Prohibido, porque en el mundo circular todo lo que no ha sido explícitamente permitido está prohibido. Pero una noche el muchacho cedió ante sí mismo. Transgredió por primera vez desde hacía mucho tiempo, ese tiempo siempre igual de su mundo circular. Lo hizo con prudencia, con lentitud, estudiando sus movimientos. Se levantó de la cama y fingió que se caía.

Estúpida Bestia. Bestia inútil. Hizo ver que tenía que apoyarse en el muro para sujetarse y puso solo por un instante su ojo izquierdo en contacto con la grieta. No vio nada, tan solo la oscuridad, pero la enormidad de ese gesto suyo lo hizo sudar de miedo durante horas. Durante horas estuvo esperando el castigo y el dolor. Esperó el frío y el hambre. Pero nada ocurrió. Fue una sorpresa extraordinaria. En esas horas de espera, luego convertidas en una noche insomne y un día febril, el muchacho comprendió que no todo lo que hace es visto. No todo lo que hace es valorado y juzgado. No todo lo que hace es premiado o castigado. Se sintió perdido y solo, como no se sentía desde los primeros días del mundo circular, cuando todavía era fuerte el recuerdo de Antes, cuando las paredes no existían y tenía otro nombre, distinto a Bestia o Hijo. El muchacho sintió que sus certezas se quebraban y por eso se atrevió a mirar de nuevo. La segunda vez mantuvo su ojo pegado a la grieta casi durante todo un segundo. La tercera vez, durante el tiempo de una respiración. Y vio. Vio el verde. Vio el azul. Vio una nube que parecía un cerdo. Vio el tejado rojo de una casa.

Ahora el muchacho sigue mirando, en vilo, de puntillas, las manos extendidas sobre el cemento frío para sujetarse. Hay algo que se mueve ahí afuera, en una luz que el muchacho imagina que es la del amanecer. Es una silueta oscura, que va haciéndose más grande a medida que se aproxima. De repente el muchacho se da cuenta de que está cometiendo el error más grave, la transgresión más imperdonable.

El hombre que camina por el césped es el Padre, y él está mirándolo. Como si hubiera escuchado sus pensamientos, el Padre acelera el paso. Está yendo a por él.

Y lleva un cuchillo en la mano.

II. El círculo de piedra

1.

El horror empezó a las cinco de la tarde de un sábado a principios de septiembre, con un hombre en pantalón corto que agitaba sus brazos intentando detener a los coches. El hombre llevaba una camiseta en la cabeza para protegerse del sol y calzaba un par de chanclas destrozadas.

Mientras estacionaba la patrulla en el arcén de la provincial, el agente veterano miraba al hombre del pantalón corto, que clasificó como un «perturbado». Tras diecisiete años de servicio y unos cuantos cientos de borrachos o personas desequilibradas, calmados por las buenas o por las malas, a los perturbados sabía identificarlos con un vistazo. Y ese tipo lo era sin duda alguna.

Los dos agentes bajaron del coche y el hombre del pantalón corto se acurrucó farfullando algo. Estaba agotado y deshidratado, y el agente joven le dio un poco de agua de la botellita que llevaba en la puerta, ignorando la mirada de asco de su compañero.

En ese momento las palabras del hombre del pantalón corto se hicieron comprensibles.

—He perdido a mi mujer —dijo—. Y a mi hijo.

Se llamaba Stefano Maugeri y esa mañana había ido a hacer un pícnic con la familia unos kilómetros más arriba, en los Pratoni del Vivaro. Habían comido pronto y él se había echado una siesta acunado por la brisa. Al despertar, su esposa y su hijo ya no estaban allí.

Durante tres horas se había movido en círculos, buscando sin resultado, hasta encontrarse caminando por el arcén de la provincial, al borde de la insolación y completamente perdido. El agente veterano, cuyas convicciones empezaban a tambalearse, le preguntó por qué motivo no había llamado a su mujer con el móvil, y Maugeri contestó que lo había hecho, obteniendo tan solo que saltara el contestador hasta que su teléfono se quedó sin batería.

El veterano miró a Maugeri con algo menos de escepticismo. Había visto una buena colección de esposas que desaparecían llevándose a sus hijos cuando estaba en el servicio de emergencias, aunque ninguna de ellas hubiera abandonado a su marido en medio del campo. Por lo menos, no vivo.

Los agentes llevaron a Maugeri hasta el punto de partida. No había nadie. Los otros campistas habían regresado a sus casas y su Bravo gris permanecía solitario en la carreterita, a poca distancia de un mantel magenta con restos de comida y un muñeco de Ben 10, un joven héroe con el poder de transformarse en diferentes monstruos alienígenas.

Ben 10 en ese momento podría haberse convertido en una especie de enorme moscón y haber sobrevolado los Pratoni, en busca de los desaparecidos, pero los dos policías optaron por llamar al centro de operaciones y dar la alarma, poniendo en marcha una de las más espectaculares operaciones de búsqueda presenciadas en los Pratoni en los últimos años.

Fue entonces cuando entró en juego Colomba. Aquel iba a ser su primer día de trabajo tras un largo permiso, e iba a ser, sin duda alguna, uno de los peores.

2.

Algo más vieja en apariencia, por el contorno de sus ojos verdes, que sus treinta y dos años, Colomba no pasaba desapercibida con su cuerpo musculoso, de anchas espaldas, y su rostro de pómulos altos y fuertes. El rostro de una guerrera, dijo en cierta ocasión un amante suyo, que montaba a caballo a pelo y cortaba la cabeza de sus enemigos con la cimitarra. Ella se había reído, antes de saltar encima de él y de montarlo, hasta dejarlo sin aliento. Ahora, sin embargo, se sentía más víctima que guerrera, sentada en el borde de la bañera, con el móvil en la mano, mirando en la pantalla el nombre parpadeante de Alfredo Rovere. Era el mando principal de la Brigada Móvil de Roma, formalmente aún su jefe y su mentor, y llamaba por tercera vez en tres minutos; ella no le había contestado ni una sola.

Colomba seguía en albornoz tras la ducha, con un retraso ya monstruoso para la cena con los amigos a la que al final había aceptado asistir. Desde que saliera del hospital, la mayor parte del tiempo lo había pasado sola. Sacaba muy poco la nariz fuera de casa; salía sobre todo por las mañanas, a menudo al amanecer, cuando se ponía el chándal e iba a correr a lo largo del Tíber, que discurría por debajo de las ventanas de su apartamento, a dos pasos del Vaticano.

Correr a lo largo del terraplén suponía un ejercicio de atención, porque además de los baches tenía que evitar los excrementos de los perros y las ratas que surgían de los montones de basura en putrefacción, pero a Colomba aquello no le molestaba, como tampoco le molestaban los humos de los tubos de escape de los coches que pasaban sobre su cabeza. Se trataba de Roma, y le gustaba precisamente porque era sucia y malvada, aunque los turistas nunca iban a darse cuenta. Tras la carrera, Colomba hacía la compra en días alternos en el súper de la esquina que regentaban dos cingaleses, y el sábado se iba hasta el puesto de la plaza Cavour, donde renovaba sus provisiones de libros usados que leía durante la semana, mezclando clásicos, novela negra y novelitas rosas, sin acabar casi ninguno de ellos. Se perdía con las tramas demasiado intrincadas y se aburría en las que eran demasiado sencillas. No era capaz de concentrarse en nada de nada. A veces tenía la impresión de que todo se le resbalaba.

Aparte de los comerciantes, Colomba pasaba días enteros sin dirigirle la palabra a ningún alma viva. Estaba su madre, es cierto, pero a ella podía escucharla sin abrir la boca, y también los amigos y los compañeros que de tanto en tanto aún la llamaban por teléfono. En los escasos momentos en que se dedicaba a la autoconciencia, Colomba sabía que estaba exagerando. Porque no se trababa de que estuviera bien a solas, una práctica que siem

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