Loading...

NO LLORES POR UN BESO

Mary Higgins Clark  

0


Fragmento

Prólogo

12 de octubre

Gina Kane se arrellanó en su asiento de ventanilla. Sus oraciones habían sido escuchadas. Las puertas del Jumbo se estaban cerrando y los asistentes de vuelo se preparaban para el despegue. El asiento central que quedaba a su lado estaba vacío, y permanecería así durante las dieciséis horas que duraría el vuelo desde Hong Kong hasta el aeropuerto JFK de Nueva York.

Su segundo golpe de suerte fue el pasajero que se sentaba al otro lado del asiento vacío. Tras abrocharse el cinturón, se había tomado dos somníferos. Ya había cerrado los ojos y no los abriría en las próximas ocho horas. Aquello era perfecto para Gina. Necesitaba tiempo para pensar, no para una cháchara intrascendente.

Aquel era un viaje que sus padres llevaban planeando durante más de un año. La habían llamado muy emocionados para contarle que ya habían pagado una señal y que se habían «comprometido a ir». Recordaba a su madre diciendo, como solía hacer a menudo: «Queremos hacerlo antes de que seamos demasiado mayores».

La idea de que sus padres pudieran envejecer le parecía de lo más remota. Ambos eran practicantes entusiastas de actividades al aire libre y siempre estaban haciendo senderismo, dando largos paseos o montando en bicicleta. Sin embargo, durante un rutinario chequeo anual, a su madre le habían detectado «algo anormal». Fue todo un mazazo: un tumor cancerígeno inoperable. Su madre, que había sido la viva imagen de la salud, falleció en apenas cuatro meses.

Después del funeral, su padre sacó a colación el tema del viaje.

—Voy a cancelarlo. Me deprimiría mucho ir allí solo y ver juntas a las otras parejas del club de excursionismo.

Gina no se lo pensó dos veces.

—Papá, vas a ir, y no irás solo. Yo te acompañaré.

Pasaron diez días dando largas caminatas por las pequeñas aldeas de las montañas del Nepal y, tras volar juntos de vuelta a Hong Kong, su padre había tomado un vuelo directo a Miami.

Gina no tuvo la menor duda sobre lo que debía hacer. Su padre había disfrutado mucho del viaje, y ella también. En ningún momento había vacilado de la decisión que había tomado.

Pero ¿dónde estaba su capacidad de decidir y lanzarse cuando se trataba de Ted? Ambos tenían ya treinta y dos años. Él era un buen hombre y estaba absolutamente seguro de que Gina era la persona con la que quería pasar el resto de su vida. Y aunque no le había hecho mucha gracia la idea de tener que separarse de ella, fue él quien la animó a acompañar a su padre. «La familia es lo primero», una frase que Ted le había repetido a menudo cuando debían reunirse con su numeroso y variopinto círculo familiar.

Tanto tiempo para pensar y aún no tenía ni idea de lo que iba a decirle a Ted. Él tenía derecho a saber hacia dónde se encaminaba su relación. ¿Cuántas veces más podría decirle que necesitaba más tiempo?

Como de costumbre, sus reflexiones la llevaron a un callejón sin salida. Para distraerse, abrió su iPad e introdujo la contraseña de su correo electrónico. La pantalla se llenó al instante de nuevos mensajes, noventa y cuatro en total. Pulsó varias teclas para que los correos se ordenaran por el nombre del remitente. No había ninguna respuesta de CRyan. Un tanto frustrada y desconcertada, decidió enviarle un nuevo mensaje. Tecleó su dirección y empezó a escribir:

Hola, C:

Espero que recibieras el mensaje que te envié hace diez días. Me interesaría mucho que me contaras más cosas sobre tu «terrible experiencia». Por favor, ponte en contacto conmigo a la mayor brevedad posible.

Saludos,

Gina

Antes de darle a «Enviar», añadió su número de teléfono.

El único otro correo que abrió fue el de Ted. Estaba convencida de que le diría que había hecho planes para salir a cenar esa noche. Y también para hablar. Gina leyó su mensaje con una mezcla de alivio y decepción.

Hola, Gina:

He estado contando los días que faltaban para volver a verte, pero lamento decir que voy a tener que seguir contando. El banco me ha asignado un proyecto especial y tengo que marcharme esta misma noche. Estaré en Los Ángeles durante al menos una semana. No sabes lo decepcionado que me siento.

Te prometo que te compensaré cuando vuelva. Te llamo mañana.

Con todo mi amor,

Ted

Una voz anunció por megafonía que estaban listos para despegar y ordenó que apagaran todo los dispositivos electrónicos. Cerró el iPad, bostezó, y luego colocó la almohada entre el respaldo de su asiento y la pared de la cabina para apoyar la cabeza.

Mientras se iba adormilando poco a poco, no podía apartar de su mente el mensaje que había recibido diez días atrás, el mismo que iba a poner en peligro su vida.

PRIMERA PARTE

1

El apartamento de Gina se encontraba en la calle Ochenta y dos con la avenida West End. Sus padres se lo habían regalado cuando se jubilaron y se mudaron a Florida. Se trataba de una vivienda espaciosa, con dos habitaciones y una cocina de buen tamaño que era la envidia de sus amigos, ya que la mayoría vivían hacinados en diminutos estudios y apartamentos de un solo cuarto.

Dejó las maletas en su dormitorio y miró la hora: las once y media de la noche en Nueva York; las ocho y media en California. Decidió que era un buen momento para telefonear a Ted. Contestó al primer tono.

—Vaya, hola, desconocida —la saludó con una voz de profundo cariño que hizo que la invadiera una oleada de calidez—. No sabes lo mucho que te he echado de menos.

—Yo también te he echado de menos.

—No soporto la idea de tener que pasar una semana entera en Los Ángeles.

Charlaron durante unos minutos hasta que, al final, Ted dijo:

—Sé que acabas de llegar y debes de estar exhausta, y yo tengo mañana un montón de reuniones. Te llamaré cuando las cosas se hayan calmado un poco.

—Te tomo la palabra.

—Te quiero.

—Yo también te quiero.

Mientras colgaba, Gina pensó que el imprevisto viaje de Ted a California era una bendición a medias. Por una parte, estaba deseando verlo; por otra, era un alivio no verse obligada a mantener una conversación para la que no estaba preparada.

Cuando salió de la ducha a las cinco y media de la mañana, le sorprendió agradablemente sentirse tan bien. Había dormido casi ocho horas en el avión y otras cuatro al llegar a casa. No estaba experimentando el temido jet lag que mucha gente aseguraba sufrir después de un largo vuelo de oeste a este.

Estaba ansiosa por volver al trabajo. Tras graduarse en periodismo por el Boston College, Gina tuvo la suerte de encontrar un empleo como asistente en un periódico de las afueras de Long Island. Los recortes presupuestarios obligaron a prescindir de muchos de los redactores veteranos, y al cabo de un año ya estaba escribiendo algunos reportajes.

Sus artículos sobre el mundo empresarial y financiero captaron la atención del editor de la revista Your Money. Gina no dudó en dar el arriesgado salto profesional y disfrutó de cada minuto de los siete años que estuvo trabajando allí. Pero el decreciente interés por la prensa escrita y la consiguiente caída de los ingresos por publicidad pasaron factura. Desde que la revista cerrara hacía ya tres años, Gina se había convertido en periodista freelance.

Mientras que una parte de ella se complacía con la libertad de poder centrarse en las historias que le interesaban, otra parte añoraba el sueldo fijo y la cobertura sanitaria que proporcionaba estar en plantilla. Era libre de elegir los reportajes que quería escribir, pero era muy consciente de que alguien tenía que comprarlos.

Empire Review fue su salvación. Mientras estaba de visita en Florida, unos amigos de sus padres le contaron horrorizados la novatada a la que había sido sometido su nieto de dieciocho años para entrar en una fraternidad universitaria: con un hierro candente, le habían marcado a fuego las letras griegas de la hermandad en la parte de atrás del muslo, casi a la altura de la nalga.

Las quejas presentadas ante la administración universitaria no habían servido de nada. Muchos exalumnos habían amenazado con retirar sus copiosas donaciones si se ponían restricciones a la comunidad de fraternidades de la conocida como «Vida Griega».

Empire Review accedió de inmediato a comprarle la historia. Le dieron un sustancioso adelanto y un generoso presupuesto para costear el desplazamiento y los gastos. El reportaje tuvo una repercusión enorme. Recibió cobertura mediática de los informativos nocturnos a escala nacional y Gina llegó incluso a ser entrevistada en el programa 60 Minutes.

El éxito de su reportaje sobre las fraternidades le proporcionó una gran notoriedad como periodista de investigación. Su correo electrónico se vio inundado de «soplos» de supuestos confidentes y de gente que afirmaba tener información de primera mano sobre grandes escándalos. Algunos de esos soplos fructificaron en historias que Gina acabaría investigando y publicando. El truco consistía en saber distinguir entre las pistas auténticas y las que provenían de chiflados, exempleados resentidos o aficionados a las teorías conspiratorias.

Echó un vistazo a su reloj. Tenía previsto reunirse con el editor jefe de la revista al día siguiente. Charles Maynard solía empezar la conversación con un «Y bien, ¿sobre qué quieres escribir esta vez?». Disponía de poco más de veinticuatro horas para encontrar una buena respuesta.

Se vistió rápidamente con unos tejanos y un jersey de cuello vuelto, se retocó el maquillaje y se miró en el espejo de cuerpo entero. Se parecía mucho a las fotos de juventud de su madre, que había sido reina del baile estudiantil en la Estatal de Michigan. Tenía los ojos grandes, más verdes que marrones, y unas facciones clá

Sigue leyendo y recibe antes que nadie historias como ésta