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NO LO OLVIDES JAMáS

Michel Bussi  

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Fragmento

 

Gendarmería Nacional, Brigada Territorial de Proximidad de Etretat, Seine-Maritime, 13 de julio de 2014

Del teniente Bertrand Donnadieu

Para el señor Gérard Calmette, director de la Unidad de Gendarmería de Identificación de Víctimas de Catástrofes (UGIVC), Instituto de Investigación Criminal de la Gendarmería Nacional (IRCGN), Rosny-sous-Bois

Señor director:

La pasada noche del 12 de julio de 2014, hacia las 2.45, se derrumbó la pared de un acantilado sobre el valle costero de Etigues, tres kilómetros al oeste de la localidad de Yport. Este tipo de desprendimiento no es infrecuente en nuestra costa. Los equipos de salvamento trasladados al lugar de los hechos apenas una hora más tarde pudieron determinar con certeza que el accidente no había causado ninguna víctima.

No obstante, y este es el motivo de este correo, si bien no se encontró el cuerpo de ningún paseante entre los escombros, los socorristas hicieron un extraño descubrimiento. Los huesos de tres esqueletos yacían entre los bloques de creta diseminados por la playa.

Las fuerzas de seguridad enviadas al lugar no han encontrado ninguna prenda de vestir cerca de dichas osamentas, ni ningún otro efecto personal que permita identificarlas. Podríamos formular la hipótesis de que se trata de espeleólogos atrapados en el acantilado, dado que el relieve kárstico de estas costas atrae a los amantes de las expediciones subterráneas. Sin embargo, no se nos ha comunicado la desaparición de ningún espeleólogo en los últimos meses, ni siquiera en los últimos años. Es posible que los esqueletos sean más antiguos aún, pero, a juzgar por los análisis que se han podido realizar a falta de material adecuado, no lo parecen.

Deseo hacer hincapié en que los huesos quedaron diseminados por unos cuarenta metros de playa tras el derrumbe. La Brigada Departamental de Información e Investigaciones Judiciales, dirigida por el coronel Bredin, ha procedido al levantamiento de las diferentes partes de los esqueletos. Su primer análisis confirma el nuestro: todos los huesos no parecen haber alcanzado el mismo grado de descomposición, como si, por sorprendente que pueda parecer, los individuos hubieran hallado la muerte en esa cavidad del acantilado en fechas distintas, seguramente separadas por varios años. También desconocemos la causa de su fallecimiento: la observación superficial de los huesos y los cráneos no revela ningún golpe mortal que hubiera podido ocasionar la muerte.

A falta del menor indicio probatorio o de un punto de partida para orientar la investigación, nos es imposible seguir una pista de identificación ante o post mórtem. Los interrogantes, por tanto, siguen abiertos: ¿quiénes son esos tres individuos?, ¿cuándo murieron?, ¿cuál es la causa de su fallecimiento?

Ni que decir tiene que este hallazgo espolea sobremanera la curiosidad de los habitantes de la región, ya avivada estos últimos meses por un suceso macabro, aunque a priori sin relación con la exhumación de estos tres cuerpos desconocidos.

Por ello, señor director, pese a ser consciente del volumen de casos más urgentes que tiene a su cargo y del dolor de las familias que aguardan la identificación formal de allegados recientemente fallecidos, me permito insistir para que, a título excepcional, sus servicios se ocupen de este expediente de forma prioritaria, a fin de proceder con la mayor diligencia a identificar estos tres esqueletos.

Le saluda atentamente,

TENIENTE BERTRAND DONNADIEU,

Brigada Territorial de Proximidad de Etretat

 

CINCO MESES ANTES, EL 19 DE FEBRERO DE 2014

—Cuidado, Jamal, en el acantilado la hierba estará resbaladiza.

André Jozwiak, el propietario de La Sirène, se arrepintió inmediatamente de haber dado ese consejo de prudencia. Se había puesto una gabardina y estaba delante de la puerta de su hotel-restaurante. En el termómetro colgado encima de la carta, al mercurio le costaba cruzar la línea azul que indicaba el cero. Casi no soplaba viento. La veleta clavada en una de las vigas de la fachada, un velero de hierro forjado, parecía helada por la noche.

André Jozwiak observó frente a él el amanecer en la playa, la ligera capa de hielo en los coches aparcados delante del casino, los guijarros apretados unos contra otros como huevos ateridos que una rapaz gigante hubiera abandonado, el sol medio dormido que se elevaba fatigosamente sobre el mar, más allá del acantilado muerto, cien kilómetros al este, en Picardía.

Jamal se alejaba dando pequeñas zancadas. André lo vio pasar por delante del casino y emprender la cuesta de la calle Jean-Hélie. El hostelero se echó el aliento en las manos para calentárselas. No había más remedio que servirles el desayuno a los escasos clientes que pasaban las vacaciones de invierno frente a la Mancha. Al principio, aquello le había parecido extraño, aquel joven moro discapacitado que salía a correr todas las mañanas por el sendero señalizado, con una pierna musculosa y la otra rematada por un pie de carbono metido en una zapatilla deportiva. Ahora sentía una gran ternura por ese chico. Cuando aún no tenía treinta años, a la edad de Jamal, André recorría más de cien kilómetros en bicicleta todos los domingos por la mañana, Yport-Yvetot-Yport, sin nadie que le calentara los cascos durante tres horas. Por eso, en el fondo, entendía que el chaval de París con su pata inútil necesitara dejarse la piel en los valles al amanecer.

La sombra furtiva de Jamal reapareció en el ángulo de la escalera que subía hacia los acantilados, para desaparecer de inmediato detrás de los contenedores de basura del casino. El propietario de La Sirène dio un paso adelante y encendió un Winston. No era el único lugareño levantado que desafiaba al frío; dos siluetas se recortaban a lo lejos, en la arena mojada. Una anciana llevaba atado en el extremo de una correa interminable a un perrito ridículo, tipo juguete de los que funcionan con pilas y mando a distancia, pretencioso hasta el punto de insultar a las gaviotas con sus ladridos histéricos. Doscientos metros más lejos, un tipo bastante alto, con las manos metidas en los bolsillos de una cazadora de piel marrón, gastada, estaba plantado frente al mar, provocando a las olas con la mirada como si tuviera una venganza pendiente con el horizonte.

André tiró la colilla y entró en el hotel. No quería que lo vieran así, sin afeitar, mal vestido, despeinado, con ese aspecto de hombre prehistórico saliendo de su caverna, abandonada hacía lunas por la señora Cro-Magnon.

Jamal Salaoui subía con una regularidad de metrónomo el acantilado más alto de Europa. Ciento veinte metros. Una vez dejadas atrás las últimas villas, la carretera quedaba reducida a un sendero señalizado. La vista se abría hasta Etretat, a diez kilómetros de distancia. Jamal vio recortarse las dos siluetas al final de la playa, la vieja del perrito y el tipo frente al mar. Tres gaviotas, asustadas quizá por los ladridos penetrantes del caniche, surgieron del acantilado y se interpusieron en su camino antes de alzar el vuelo una decena de metros por encima de él.

Lo primero que Jamal vio, poco después del cartel que indicaba el camping Le Rivage, fue la bufanda roja. Estaba enganchada en la cerca del camping como si quisiera señalar un peligro. Eso fue lo primero que pensó Jamal.

Un peligro.

La advertencia de un desprendimiento, de una inundación, de un animal muerto.

Pero la idea se diluyó enseguida. No era más que una bufanda enganchada en un alambre de espino, perdida por un paseante y transportada por el viento marino.

Dudó en romper el ritmo de la carrera, en volver la cabeza para observar ese trozo de tela que colgaba; en realidad faltó muy poco para que siguiera adelante sin detenerse. Todo habría sido muy diferente en ese caso, las cosas habrían dado un giro totalmente distinto.

Pero Jamal aminoró la marcha hasta parar del todo.

La bufanda parecía nueva. Era de un rojo vivo resplandeciente. Jamal la tocó, miró la etiqueta.

Cachemira. Una Burberry... ¡Aquel trozo de tela valía una pequeña fortuna! Mientras desenganchaba con delicadeza la bufanda de la cerca, Jamal pensó que la llevaría después a La Sirène. André Jozwiak conocía a todo el mundo en Yport; seguro que sabría si alguien la había perdido. Si no, se la quedaría él. Empezó de nuevo a correr acariciando la tela. No tenía claro que, una vez de vuelta en casa, en la Cité des 4.000, se la fuera a poner encima del chándal. ¡Nada menos que cachemira de quinientos euros! ¡Sería una invitación a que le cortaran la cabeza! Pero encontraría en su barrio a una chica mona que aceptaría ponérsela alrededor del cuello.

Junto al búnker, a su derecha, una decena de corderos volvieron la cabeza hacia él. Esperaban a que la hierba se descongelara con la misma mirada lobotomizada que los cretinos de su trabajo a mediodía, delante del microondas.

Justo después de pasar el búnker, Jamal vio a la chica.

Inmediatamente calculó la distancia entre ella y el acantilado. ¡Menos de un metro! ¡Estaba al borde de un precipicio de más de cien metros! Su cerebro se alarmó. Añadió otros parámetros a la inconsciencia de la joven: la ligera pendiente hasta el vacío, la escarcha sobre la hierba... Esa chica corría más peligro estando allí arriba que en el borde de la ventana más alta de un edificio de treinta pisos.

—Hola, ¿se encuentra bien?

Las cuatro palabras de Jamal volaron por el aire frío. Ninguna respuesta.

Jamal todavía estaba a ciento cincuenta metros de la chica.

Pese al frío intenso, llevaba solo un amplio vestido de color rojo rasgado en dos jirones, uno que flotaba sobre su ombligo y sus muslos, y otro que, abierto desde el cuello hasta la base del pecho, mostraba las copas del sujetador.

La chica tiritaba.

Era guapa. No obstante, en aquel momento a Jamal la imagen no le pareció erótica, sino sorprendente, conmovedora, turbadora; no había nada de sexual en aquella figura femenina. Cuando volvió a pensar en ello más tarde, para explicarlo, lo mejor que se le ocurrió fue compararla con

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