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NO ME CUENTES CUENTOS

Varias autoras  

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Fragmento

AGRADECIMIENTOS

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Este libro que tienes entre las manos nació de la iniciativa de un grupo de periodistas que se dio cuenta de que, pese a la cantidad de literatura sobre mujeres que aparecía en las librerías, no había ningún volumen que recogiera el talento español del pasado y del presente. Primero, elaboraron una lista de candidatas, tarea que no fue fácil porque, a medida que se alejaban del siglo XX, escaseaban las que habían trascendido, lo mismo que ocurría en campos como la ciencia donde, en muchos casos, su trabajo había pasado desapercibido. Sin embargo, el listado llegó a incluir a más de doscientos personajes que dejaron inicialmente en cien para poder empezar por algún sitio. Después, escribieron los primeros cuentos y comenzaron a publicarlos en internet y enseguida empezaron a sumarse al proyecto todos aquellos que oían hablar de él, entusiasmados con la idea.

No me cuentes cuentos es el resultado de la contribución desinteresada de casi ciento cincuenta personas, entre autores, ilustradores, editores y traductores, la mayoría mujeres. Suyo es este libro porque, sin su esfuerzo y dedicación, no habría sido posible abordar esta obra, que reúne mujeres españolas de todas las épocas, de toda la geografía española y de las profesiones más diversas.

Esperamos que todas ellas sirvan de inspiración a las niñas que empiezan a pensar en su futuro para que sepan que, antes que ellas, otras mujeres recorrieron con valentía y determinación el camino que ellas están a punto de emprender.

Todos los beneficios obtenidos con la venta de este libro por parte de las autoras irán destinados a la Fundación Anar, que lleva casi cincuenta años atendiendo a menores de edad con problemas o en situación de riesgo.

MUJERES DE ALTAMIRA

El arte en sus manos

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CUENTO: BELÉN CHILOECHES | ILUSTRACIÓN: MYRIAM VARELA

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Hace mucho, mucho tiempo, hace miles de años, durante la prehistoria, una niña vivía con su familia en unas cuevas cerca del mar, en lo que ahora conocemos como Cantabria.

Unos días eran más largos y otros más cortos, todavía el verano no tenía nombre, y tampoco lo tenía el invierno. Muchas cosas se iban inventando sobre la marcha.

Aquella familia era muy grande, era una tribu en la que todos trabajaban juntos y se cuidaban los unos a los otros. Todos los días, los miembros de la tribu cooperaban en equipo para conseguir comida. Los niños y niñas de la tribu ayudaban a los mayores a encender el fuego y a construir con piedras y huesos las herramientas que necesitaban para cazar, para pescar y para recolectar y transportar los alimentos.

Los días que no les tocaba cazar, a la niña y a su madre les gustaba pintar con trazos sencillos a los animales que veían. La madre enseñaba a su hija a fabricar pinturas con pigmentos naturales. Pintaban bisontes, caballos o ciervos. También dejaban las marcas de sus manos tocando las paredes, junto a los animales, como queriendo calmarles de la oscuridad de la cueva... sin saberlo, se habían convertido en las primeras artistas del mundo.

Una noche de tormenta, mientras la tribu descansaba de un largo día de trabajo, la niña se adentró hacia las profundidades de esa cueva, hasta un lugar al que nadie había llegado antes. Llevaba consigo los preciados pigmentos, eligió el lugar más bonito de aquella pared de roca, pintó su mano con pigmento y la extendió sobre la pared para que se quedara grabada como queriendo decir «Esta soy yo y aquí estoy».

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Un día, hubo un derrumbe en la cueva y la entrada quedó bloqueada. Aquella tribu tuvo que abandonarla y buscar otra cueva segura donde refugiarse. Así que, las pinturas y la huella de la niña quedaron sepultadas en su interior sin que nadie las viera durante mucho tiempo.

Tendría que ser otra niña la que, trece mil años después, las descubriera. Fue en un paseo con su padre por los alrededores de su casa, en una zona llamada Altamira. Se adentraron en una de las grietas que habían quedado al descubierto con el paso de los años y que daban acceso a la cueva.

Su padre le había contado que en aquellas cuevas habitaron las personas de la prehistoria. Y a la niña, que se llamaba María, le gustaba imaginar cómo debía de ser la vida de los niños prehistóricos de los que hablaba su padre, haciendo fuego, sin cole y desayunando ricos filetes... estaba agotada del camino y decidió sentarse en el suelo a descansar. Al levantarse, de repente, vio el techo de la cueva:

—¡Mira, papá! ¡Hay bueyes pintados!

Su padre soltó las piedras que llevaba en las manos, miró con ojos como platos al techo y las paredes de la cueva y se quedó sin palabras.

Después del descubrimiento de María, unos científicos dijeron que las pinturas de la cueva eran muy antiguas, del Paleolítico, y que algunas podían tener más de 36.000 años. También dijeron que como las escenas de los animales representaban la caza, los pintores debían de haber sido los hombres que cazaban y vivían en las cuevas... nadie se fijó en que, junto a los animales, estaban también marcadas las manos de los artistas.

Tuvieron que pasar más años todavía hasta que alguien mirara bien aquellas manos y empezara a hacerse preguntas: ¿quién había dejado esas marcas?, ¿por qué estaban ahí?

Midieron los dedos, los volúmenes y las formas. Hicieron algoritmos y fotos, compararon mucho y al final de los estudios dijeron que estaban seguros de que la mayoría de las manos pintadas en la cueva eran manos de mujer y que una de ellas, la de menor tamaño que se encontraba en la zona más alejada de la entrada, t

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